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 ... Y fue por el agua Editar

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Perdí mi libertad, perdí mi familia, perdí mi siem-bra. La justicia no es pareja con todos. Que dizque por mi culpa se murió Don Abundio Crisantos, vamos pues, que yo lo maté. Yo no pien-so así porque él mismo buscó su muerte. Yo nunca le había puesto un fierro encima a nin-gún cristiano. Pero en el caso de Don Abundio, mi cuerpo hizo su deber. Las cosas fueron así: Creo que fue a fines de enero. Yo vivía con mi fa-milia en una tierrita que me habían alquilado para sembrar de riego, pegada a una propiedad de Don Abundio. La tierra la habíamos rentado entre mi hermano Silvino y yo. Fuimos a la ofici-na de irrigación a comprar el derecho para que nos dieran agua del canal para regar y todo lo arreglamos como debe ser. Cuando ya la milpa de nosotros estaba en espiga, nos tocaba el turno del agua, pero en los días an-teriores Don Abundio estaba regando sus tierras y no soltaba el agua. Lo mismo nos había sucedi-do en el turno anterior.

Como ya estaban corriendo las fechas del turno nuestro, fui a avisar a la oficina del riego y me dijeron que iban a mandar a un fontanero. Cuando el fontanero se presentó, yo no sé qué platicó con el regador de Don Abundio y se retiró, pero no me dio el agua. Yo le pregunté al regador que si le había dicho el fontanero que me diera el agua, que comprendie-ra que la milpa estaba necesitada y que si se nos pasaba el turno, nuestra labor peligraba. El regador me contestó muy bronco, que él sólo recibía órdenes de su patrón, y que me entendie-ra con él. 

Yo no quise ponérmele enfrente al señor porque corría fama de lo déspota que era con toda la gen-te y siempre quería hacer su voluntad. Él estaba acostumbrado a que todos se le humillaran a pe-dirle parecer para cuanto paso daban y los tenía azorados a todos. Era un cacique malalma, de mala entraña. 

Como no me hizo caso el regador, abrí mi com-puerta, les tape su zanja y eché el agua para nues-tra siembra. Eso fue en la tarde. Otro día en la mañana, me buscó Don Abundio en el potrero en donde andaba regando. Él iba a caballo y llegan-do, llegando, sin saludarme, me soltó una retahila de ofensas y me reclamó el por qué le quitamos el agua. 

Me dijo que yo me había compautado con mi her-mano para perjudicarlo, pero que ahí se hacía lo que él mandaba. Sacó el machete de la funda y se me dio un arrejuntón con el caballo. Yo me pepené de la rienda para tratar de tumbarlo de la silla, pero en eso el caballo se dio un sacón y me jondeó al suelo. 

Al ir cayendo, sentí un golpe en la cabeza. Se me vino una nublazón negra y se me fue durmiendo la mente. 

Cuando me volví a dar cuenta de mí, estaba tira-do, y Don Abundio ya se había bajado del caballo y lo tenía enfrente de mí. Para entonces ya había dejado el machete y tenía el verduguillo del fuete en la mano. 

Al hacer el movimiento de recular el brazo para !arme, yo me rodé en el suelo, le metí una zanca-dilla con la pierna izquierda y me apalanqué con la derecha sobre de él y lo tumbé. Al caer para atrás, soltó el verduguillo. Era su vida o la mía. ;orno ya estaba viejo, no se pudo incorporar pron-to. Me abalancé sobre el verduguillo al tiempo que él se paraba. Lo que le abultaba era la panza y allí le di dos encajadillas cortitas. Se le aflojaron las corvas y se puso transparente como de cera, como que se le estaban vaciando los dentros. Yo me sentí aturdido y hasta entonces puse cui-dado en la sangre que me bañaba la cara, del ro-zón que me alcanzó a dar con el machete, cuando me atacó desde arriba del caballo.

Allí cerca estaba la zanja. Metí la cabeza en el agua, me lavé la sangre y me restregué los ojos para quitarme lo empañado de la vista. Comencé a sentir una conformidad en el cuerpo y me di cuenta que me volvieron las fuerzas. Me fui todavía destanteado a mi casa, que estaba cerca de donde habían sucedido los hechos y le di a saber a mi mujer lo que había pasado. Ella me lavó la herida de la cabeza. Me sentí muy desfuerzado y me acosté a reposar. Cuando volví en mi conocimiento, ya me habían echado a una carcancha y me traían amarrado al pueblo unos policías. Sí, fue a fines de enero, porque había cohetes en el pueblo por las fiestas de la Candelaria. Ahora me tienen encerrado. A mi hermano ya no le dan agua para regar la siembra. Me dicen que la milpa casi se secó. ¿Que le quité la vida a un prójimo?. Eso él se lo buscó. Yo nunca tuve la intención de provocar un pleito por lo del agua. Sigo creyendo que la justicia no es pareja. Si sólo defendí mi vida. Si no me le hubiera adelantado, el difunto sería yo. Una cosa si les digo: son más de cuatro a los que había pisoteado y humillado Don Abundio, que a estas horas casi brincan de contentos.

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