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Cirilo Abundis Editar

Archivo:Cirilo Abundis1.jpg

Se había avecindado en La Fundición hace mu-chos años. Los que le habían seguido el rastro dicen que antes vivía en Las Piedras Gordas, pero que era de la Magdalena. Cuando llegó al rancho se juntó a vivir con Macaría Estrada. Vivieron largo tiempo juntos y tuvieron una hija que se llamó Fidelia. Mamila murió de un dolor de ijar cuando la hija ya estaba añeja. Después de que se murió Macaría, Fidelia se julló con un forastero y no se supo su paradero. Cirilo se quedó solo. Antes del agrarismo, en La Fundición había mu-cho ganado y hasta allí llegaban los dominios de la Hacienda de Paso del Río. Cirilo era vaquero y trabajaba para el gringo. El día de hoy Cirio Abundis está tendido. Cuatro velas lo acompañan y el único ruido en el lugar es el murmullo de los rezos de las mujeres. 

Por la mañana el rancho se sobresaltó con el es-truendo sofocado de tres balazos que le quitaron la vida y después el ruido del galope de una bes-tia que bajaba para el lado de La Magdalena en medio de una polvareda y el ladrido de los perros que la siguieron. Cirilo fue siempre un hombre valiente y decidido. En un tiempo el tigre nos estaba acabando las crías del ganado. Era un tigre viejo, empicado, que nos había matado más de treinta becerros. Cirilo y yo le seguimos los rastros por el playón del arroyo y dimos con su querencia en el aguaje de la mojotera que está junto al cerro de La Es-trella. 

Nos pusimos a espiarlo tres noches hasta que cayó a beber y Cirilo lo mató con una retrocarga. Yo tengo el cuero de ese tigre. Cuando la borrasca grande del año 59, nos que-damos aislados en el rancho, porque por un lado teníamos bufando el arroyo de La Atravesada y por el otro, el arroyo que pasa pegado al rancho. Era un mar de agua. La mujer de Eustolio Enciso estaba muy grave. Malparió y estaba morada del calenturón que te-nía. Deliraba y pegaba de gritos pidiendo agua y decía que se estaba quemando por dentro. Aque-lla creciente no acababa de bajar en tres días y Cirilo se tiró al arroyo en una mula prieta zancona que tenía, muy buena para el agua y fue al pue-blo a traer las medicinas para salvar a la infeliz mujer. En esa lluvia grande, el agual que bajó por el arro-yo, destapó unos peñascones del doble de alto de 

un cristiano y tan pesados como la máquina del tren, que allí quedaron desparramados para siempre en el playón. Meses después de la borrasca, Fortino Denís sa-lió en la mañana del rancho a buscar unos ani-males que iba a mancornar y al oscurecer no ha-bía vuelto a su casa. Nos fuimos Cirilo y yo a bus-carlo siguiendo sus huellas por el playón alum-brados por la luz de la luna que nos caía encima como cuando sale uno de una cueva y lo baña la luz del sol. Después de mucho caminar, guiándo-nos por las señas que nos dio su mujer, de donde andaban los animales que iba a agarrar, cerca de una mancha de monte, oímos un relincho. Para allá nos dirigimos y encontramos su caballo persogado, ensillado, y muy cerca, a Fortino tira-do sin moverse. 

Nos dijo casi arrastrando la lengua, que a medio día después de mancornar un torete con un cabresto, persogó su caballo y se retiró a juntar unas barañas del monte para hacer lumbre con el fin de calentar su bastimento, y que al atrave-sar un mogote sintió que pisó blandito y después una mordida. Dijó que era una culebra y que po-día asegurar que fue un solcuate, porque le miró una gamarrita figurada en el pescuezo. Contó que después de que lo mordió la culebra, ya no comió, que se bebió medio bule de agua y se acostó a reposar porque pensó que no se iba a emponzoñar. Ya no pudo levantarse. Tenía la pier- na izquierda hinchada, que no le cabía en el pan-talón, como si se la hubieran ligado con un mecate. Lo echamos a la bestia y lo trajimos al rancho. Aquí, después de ocho días, se deshinchó y sanó. Ayer por la tarde llegó un fuereño al rancho, a caballo, y dijo que andaba buscando unas bes-tias que se le habían desbalagado. Pidió permiso de pasar la noche en un corredor de la casa de Severiano Núñez. 

Hoy por la mañana unas mujeres lo vieron llegar a la casa de Cirilo Abundis y cuando éste salió a ver qué se le ofrecía, sin decirle una palabra, le hizo tres disparos, brincó a la bestia y a toda ca-rrera ganó para el lado del arroyó. Siempre se dijo que a Cirilo lo perseguían en su pueblo y que por eso se había remontado.

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