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Consejas  populares

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En un universo imaginativo y fantasioso de las gentes, que ha ido muriendo en el transcurso de los tiempos, surgieron en la antigüedad las consejas populares, conocidas ahora solamente por las narraciones impresas o por relatos de personas en edad proyecta. Ellos han mirado cómo el mundo ha modificado el pensamiento y las cos-tumbres y cómo han dejado de contarse los mie-dos callados. 

Esas tradiciones y creencias hablaban de sata-nás, de tesoros ocultos, de almas en pena que se manifestaban en forma de espectros, de apareci-dos, de alucinaciones, de sucedidos nocturnos en los que el diablo tomaba forma de animales mons-truosos de ígnea mirada y actitud amenazante, que formaban parte de una mentalidad acorde a las condiciones de otros tiempos. 

A esos innumerables mitos pertenecen los hechos acontecidos, aquí narrados. 

Don Isidoro Barreto tenía tres ordeñas: una en El Reparo, en un punto situado en el camino que va de Tecolapa al Ojo de Agua, al norte de la hacien-da, del cual por muchos años se abasteció la ran-chería del vital líquido. Otra en El Plan, donde estaba la hacienda vieja, en el sitio en que hoy es la escuela, y la tercera, cerca de la casa de la Unión, que se encontraba en las proximidades de la puerta de Caleras. En este último lugar, que fue mesón y que estaba en la orilla del Camino Real, en tiempos de arrie-ros, recuas, hatajos y conductas, vivían Ramón Gutiérrez y su mujer Romana, que atendían esa ordeña. Narraba Ramón que en los alrededores del lugar, espantaban. Cuando por circunstancias especia-les algunos jinetes se veían obligados a transitar de noche, llegaron a platicar que miraban un bul-to blanco que se les enancaba en la bestia. En otras ocasiones distintos viajeros contaban que habían visto en ese mismo lugar, un perro negro, de enorme tamaño, que despedía un brillo fulgu-rante de sus ojos y que se abalanzaba sobre de ellos. Algunos más, relataban que cerca de esa casa les salía en las noches un cerdo de colosal tamaño que gruñía al paso de los caminantes, quienes tenían que apresurar el paso por temor de aquel descomunal animal. Resultaron frecuentes los relatos sobre sucesos de esa índole, porque en aquellos tiempos, muchos arrieros, en especial carboneros, salían con su carga hacia Colima en la madrugada y ellos fue-ron testigos de esos anormales sucedidos. 

Gregorio Cardona era un trabajador radicado en Tecomán, originario de Villa de Alvarez, en don-de vivían sus padres. Un día llegó y le dijo a su patrón: - Don José: ¿me puede hacer el favor de prestar-me setenta y cinco pesos?. Los necesito porque me avisaron que mi padre está muy enfermo en la Villa y quiero ir a verlo. - Sí, como no — le contestó Don José. Gregorio se fue a la Villa y llegando se bañó. Ese mismo día le comenzó una fiebre muy alta y re-pentinamente se agravó y murió. Cuando se en-contraba grave le dijo a su hermano Jesús: - Hazme el favor de ir a Tecomán y le dices a Don José que no he podido ir porque desde el día en que llegué comencé a estar enfermo y quiero que le digas algo que yo no le conté nunca porque pen-sé que no me iba a creer. Le dices que hace poco, una vez que andaba desmontando en su terreno, cuando estaba com-pletamente solo, agachado, haciendo mi trabajo, de pronto, al enderezarme, vi muy cerca de mí a un individuo vestido como se acostumbraba an-tes y me dijo que él había sido capitán de los asaltantes de Valenzuela, cuando por allí pasaba el Camino Real, y que cerca de ese lugar, junto al tronco de una higuera, había enterrado el dinero de un asalto. Al darme las señas del lugar, des-apareció sin que yo viera que caminara. Ya no tuve tiempo de buscar nada. Cuéntale eso a Don José a ver si a él le interesa.-Jesús fue a Tecomán y le platicó a Don José lo que le encargó Gregorio que le dijera. A los pocos días falleció Gregorio y Don José no intentó hacer la búsqueda. 

En una ocasión Higinio Gónzalez el molinero, in-vitó a José a Chalipa. Ya estando en el campo y cuando Higinio se había retirado a la casa del rancho, en un lugar cercano, José se quedó sen-tado bajo la sombra de una guásima. Al volver la cara, de improviso, vio cerca de él a un hombre montado, con una carrillera atravesada en el pe-cho, que portaba un sombrero grande, levanta-do, y le dijo: - Me llamo Onofre Garibay. Allí debajo de la rama de ese sasanil que hace codo y apunta para el suelo, está un entierro del dueño de este rancho, al que matamos porque no nos entregó la canti-dad que le pedíamos. En su agonía nos dijo dón-de tenía enterrado el dinero, pero se nos vino una borrasca muy grande y tuvimos que irnos pronto de aquí, porque muy cerca pasaba un corredero de agua muy pesado. Después sostuvimos un en-cuentro con fuerzas federales, nos retiramos y ya no volvimos. 

Al cambiar José la vista para otro lado, desapa-reció el jinete. José le contó a Higinio lo que había visto. Pasado el tiempo, éste convidaba a José a que volvieran al mismo lugar, pero por sus ocupaciones, no pu-dieron reunirse pronto para volver. Por fin un día se pusieron de acuerdo y al regresar al sitio de la aparición, ya habían derribado todo el monte y encontraron solamente troncones, por lo que se perdieron totalmente las señas dadas por el apa-recido. 

En lo alto del cerro de Callejones existe un lugar en donde el conjunto de rocas naturales forman cuadros figurando corrales. Cerca de allí había una casa y frente a ella y mirando hacia lo alto del cerro, un paredón muy alto. Hacia el lado con-trario, está un pozo muy grande de formación natural rodeado de rocas y, junto a la boca del pozo, un árbol de mojo de gran altura. El socavón es una especie de tiro que conduce a una cueva (9) cuyas paredes se aprecian, según los que han estado allí, bellas figuras doradas que reflejan las luces usadas por los que han penetrado a ese si-tio. 

Se cuenta que ese lugar era refugio de asaltantes que merodeaban por esos contornos en tiempos de la revolución y los cristeros. Las gentes mayo-res aseguran que allí existen entierros y narran que uno de los propietarios de un terreno cerca-no, al ir arreando ganado se detuvo a descansar cerca de la cueva, a la sombra del mojo y que se infiere que encontró un tesoro y que a la vez su-frió una impresión muy grande, sin poderse sa-ber qué vio, porque llegó a su casa privado del habla, azorado, con la mirada perdida y con un garniel que cargaba en la cabeza de la silla, lleno de monedas de oro. 

Platicaba Francisco Castañeda, de Callejones, que una vez que su padre andaba acompañado por un compadre de San Miguel del Ojo de Agua, en una barranca del mismo cerro, pasaron por tres viguetas que servían de puente. Más tarde, ya queriendo oscurecer, al regresar al mismo lugar, vieron que las viguetas estaban muy podridas, cosa que no habían observado al pasar horas antes. Tuvieron desconfianza porque los trozos de madera estaban sobre una garganta de la ba-rranca muy profunda y decidieron dormir en la falda del cerro. Al ir por la mañana siguiente al mismo lugar, ya las viguetas habían desapareci-do, siendo que el cerro era un paraje solitario. Contaba el padre de Francisco que en lo alto de ese cerro, el día de San Miguel, se oyen repiques de tres sonidos diferentes, como que provienen de campanas de distinto tamaño. 

José Guadalupe Gónzalez "Bigotes", personaje popular de Tecomán, que ha probado suerte en muchos oficios, sin serle fiel a ninguno, cuando cuenta sus aventuras platica que hace muchos años se encaminaba rumbo a la playa de Tecuanillo, por la noche, a sacar huevos de caguama. Antes de llegar a la casa del rancho, ya muy cerca del mar, había un jacalón rodeado de palos de mango. Dice que, cuando ya se encon-traba como a 200 metros de ese lugar, comenzó a ver un resplandor como cuando hay una lumbra-da y que él supuso que de seguro estaban que-mando estopa de coco seco. Como llevaba ciga-rros, pero no cerillos, pensó: con la lumbre pren-do mi cigarro y me llevo una estopa seca. Allá en la playa la enciendo y ya tengo lumbre para toda la madrugada. Siguió caminando para donde se miraba el vis-lumbre y entre más caminaba, lo seguía viendo verca de él, pero no llegaba al lugar en donde se originaba el resplandor. No lo perdió de vista y aun cuando caminó más allá de donde estaba el Jacalón, el destello se seguía alejando hasta que me dejó de ver. Relata que, aunque le entró temor por aquel su-ceso que no comprendía, siguió caminando con rumbo al mar y se tuvo que resignar a pasar la noche sin chupar su cigarro.

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