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Cuando llegó la revuelta Editar

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El viejo iba caminando sobre las redondas y ter-sas piedras de la calle, que abundan unos metros abajo en el arroyo de San Antonio. Sus pisadas resonaban en los muros ennegrecidos y lamosos de aquella cuartería con puertas deshechas por el tiempo, techos desplomados y pisos invadidos por la maleza, que ofrecían una imagen ruinosa de un pasado grandioso no muy lejano. Me lo había encontrado en la Barranca del Agua el día anterior en que las sombras de la noche devoraban los últimos fulgores y la lluvia se pre-cipitaba sobre de mí cuando llegué a caballo bus-cando un refugio. Estaba bajo el techo de un co-rredor y le pregunté: 

- ¿Qué tan lejos queda San Antonio?. 

- No mucho- me contestó. Pero no le conviene se-guir en la oscuridad y bajo la lluvia. ¿Por qué no pasa la noche aquí en mi casa y mañana yo lo acompaño?. Aquí hay pastura para su caballo y dónde descanse usted. 

Pude ver que se trataba de un viejo de cabeza blanca, fuerte y rugoso como una higuera cente-naria, enjuto, erguido y arrogante.

- Pase, no se moje-. - Nieves,- le dijo a su hijo- abre el portón para que pase el señor.-- Puede dejar su caballo en aquel cobertizo. - ¿Usted ya conoce el lugar a donde va?, me pre-guntó. - No, no lo conozco. - ¿Y qué asunto le trae a ese lugar abandonado?. - Vengo en busca de los descendientes de Diego Villalvazo. - Mañana iremos por la mañana me- dijo. Desensillé mi caballo, lo llevé al abrevadero y le di su ración de forraje. Me ofrecieron un cuarto cómodo y allí pasé la no-che. Al día siguiente en la mañana, salimos para San Antonio. - ¿ Cómo me dijo que se llama?- me preguntó en el camino. Nazario Villalvazo-. - Yo me llamo Estanislao Gudiño-. - ¿Qué parentesco le llama con Diego Villalvazo?-. 

- Soy su sobrino-. Ya las hiedras y los tacotes pintan de colores la floresta a los lados del sendero. En el ramaje de la nogalera que sirve de nodriza a la fronda es-meralda de los cafetales, se oye el gorjear alegre de los jilgueros y mirlas que se posan en el follaje perlado por la brisa cristalina que dejó la tormen-ta de la noche anterior. En las faldas de los cerros como un gigantesco vaho, se desprenden ténues nubecillas que forman una niebla casi transpa-rente, en la garganta de las montañas. Al voltear un recodo del cerro, se divisa un case-río. 

- Ahí es San Antonio-, me dijo Estanislao. Al irnos acercando, se tiene la impresión de un lugar muerto, abandonado. Ni cantos de gallos, ni un ladrido, ni un relincho, ni humo de fogones sobre de las casas. Todo silencio, todo estático. A la entrada del caserío se encuentra un gran espacio enmontado que me señala Estanislao y me dice: 

Aquí era el jardín y allá enfrente, vivía yo-. En seguida se encuentra una plaza de grandes dimensiones, empedrada, estando casi en el cen-tro de ella, un añoso salate y más allá una doble hilera de viejos naranjos agrios. Al fondo de la plaza, una gran arquería de piedra, sostén de un acueducto. En una esquina de la plaza, una her-mosa capilla y una enorme araucaria al frente de ella. Formando cuerpo con la capillla, las ruinas de la finca de una gran hacienda, con sus amplios corredores y al centro una artística fuente ador-nada con un ánade como hidrante. Cerrando el cuadro de la plaza, enfrente y en un costado de la gran finca, una cuartería destruida. - Los Villalvazo todos se acabaron. Unos se mu-rieron y otros se fueron huyendo de la revuelta-. El viejo se queda inmóvil y como si sus oídos cap-taran el trajín del lugar en tiempos pasados, con suspiros disimulados dijo: - Todo esto era la hacienda. Ese acueducto que usted ve, nos traía el agua del río desde El Panal, necesaria para mover la turbina con la que fun-cionaba la planta beneficiadora del café, que es-taba atrás de la capilla. En esa cuartería vivían los peones de la hacienda... aquellos tiempos...-. - San Antonio era un rancho alegre y vigoroso. Con actividad constante, lleno de sol y de luz du-rante el día y arropado de noche por el suave ru-mor del arroyo que corre mansamente allá abajo entre grandes riscos. Rancho formado por su majestuosa finca y risueñas casas de adobe, en-jalbegadas, que lucían orgullosas sus rojos techos de teja y que año con año se transfiguraba du-rante las fiestas del Santo Patrono al verse inva-dido por la aristocracia de Colima que en briosos 

caballos o en elegantes carruajes, llegaban a pa-sar el verano. 

- iDesaparecía la quietud del rancho!. - Se remozaba el templo y repicaban las campa-nas. Se limpiaban de zacate los empedrados. Se hacía limpieza de los vidrios de las farolas del alumbrado público. Los rojos pisos de las casas relumbraban. Se oía en todo el rancho el nutrido tortear de manos de las cocineras. Se echaban más tortillas que de costumbre. Olía a humo y al aroma de los guisos. - Después se llenaban las calles de ligeros y multi-colores vestidos de percal, de caras bonitas, de floreadas cabezas, de sombreros de paja ador-nados con brillantes listones, que después de per-forar las anchas alas y acariciar rosadas meji-llas, se anudaban abajo de la barbilla; de precio-sos rebozos de seda, rojos, morados, verdes, ama-rillos, blancos, azules, tornasolados, que después de cruzar los jóvenes pechos, caían en bella cas-cada de brillantes flecos, por la espalda. - Comenzaban los paseos al arroyo. Pordoquiera se escuchaban rasguear las guitarras, notas agu-das de mandolina y alegres canciones que el eco recogía amoroso y las traía apagadas hasta el rancho. 

- Al declinar el día, venían por donde baja el arro-yo, los brillantes atardeceres de fuego.

- Llegaba la noche. Se encendían allá muy altas, las estrellas, y los jacales se impregnaban del sua-ve olor del café y del pan recién horneado. Se can-taba, se reía, con beneplácito de la luna que be-saba con luz blanca y plateada, la escena. - Llegó la revolución. Llegó como llegan todas las revoluciones. Llegó destruyéndolo todo, derribán-dolo todo y sólo por un milagro no rodó el rancho estrepitosamente hasta el arroyo; pero quedó des-trozado y triste, con tristeza del crepúsculo. Huyó la gente. Enmudecieron las campanas. Cesaron las canciones y las risas. Calló la torteadera de manos de las cocineras. Se acabaron los paseos. Ya no apareció más el aroma del café en las me-sas. Quedó tan sólo como implorante y eterna ora-ción, el canto monótono y triste del agua mansa del arroyo, que ha ido carcomiendo la tierra, ha-ciendo más honda su corriente. Allá atrás, en el jardín, se secó el árbol de la canela que Don Arnoldo había traído de una tierra lejana. - Aquí vivía Diego Villalvazo-. Y me señala una de las casas, que como todas, no tiene puerta ni techo. 

- Hace años que no tengo razón de ninguno de sus descendientes. El último Villalvazo que vivió aquí, fue Florentino. Se dedicaba a llevar carga al otro lado del río. En los finales de la revolución, un día que iba con sus mulas cargadas, lo confundieron con un revolucionario; lo lazaron, lo arrastraron 

a cabeza de silla y lo colgaron en una higuera blanca que está enfrente del Panal, donde están las compuertas del agua del acueducto. Allí estu-vo colgado tres días y nadie se atrevió a descol-garlo por temor de que le pasara lo mismo que a él. Por fin, lo descolgaron y lo enterraron allí mis-mo, a un lado del paredón del río, donde lo ha-bían colgado; no alcanzaron ni a llevarlo al pan-teón. Allí, el rastro de los Villalvazo desapareció.

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