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Entre 1930 y 1940, bajo los portales que había en la primera cuadra de la calle Independencia y el inicio de Dos de Abril, fuera del Curato y del templo de Santo Santiago, se instalaron puestos de comestibles. Primeramente los carniceros colocaron sus mesas en el corredor donde hoy se encuentra el jardín de niños “Aniceto Castellanos”, que después cambiaron al portal frente a la casa cural. Enseguida, junto a ellos, se establecieron puestos de verduras y comercios de abarrotes.


En 1942, siendo presidente municipal Manuel Muñoz, se acondicionó un terreno contiguo al curato, en su lado oriente, donde se formó un pequeño mercado y se reunieron dentro de él, los puestos existentes en la calle. En ese predio actualmente se encuentran una tienda de telas y otros comercios.


Con el tiempo, ese terreno fue insuficiente y los comerciantes comenzaron a invadir de nuevo los corredores de los portales próximos al mercado, cubriendo amplia zona los puestos fijos establecidos, que durante casi 20 años concentraron el movimiento comercial de Tecomán.


En los primeros tiempos del mercado, como solamente había luz eléctrica de 7 a 10 de la noche, al abrir el recinto en la madrugada, el alumbrado se hacía con aparatos de petróleo y una que otra lámpara de gasolina. A fines de la década de los años cuarentas, ya hubo luz toda la noche.


Al construirse el mercado Cuauhtémoc por el Banco de Obras y Servicios Públicos, en l960 fueron alojados en él todos los negocios que existían en la zona comercial citada.


En el antiguo mercado, que comenzaba su actividad a las 5 de la mañana, había un gran portón metálico enrejado situado al centro del frente del local. Frente al portón y en el interior, una gran pila de agua de forma circular. Hacia el fondo y en el centro, estaba un techo de madera y teja de barro, muy alto, figurando solamente una galera, sin muros, orientado de norte a sur y a un nivel más bajo, a ambos lados, tejados formando aleros. Bajo ese techo estaban instaladas las mesas de la carne, en dos hileras de seis cada una, también de norte a sur. Allí se expendía carne de res y de cerdo.


En los lados oriente y poniente así como a izquierda y derecha de la puerta de entrada, existían pendiendo de la barda circundante, cobertizos o caedizos, como son más comúnmente llamados, también de teja, bajo los cuales se alineaban puestos de verduras y comestibles.


En el brocal de la gran pila circular, colocaban su aromática y apetitosa mercancía, las vendedoras de fruta para la leche: calabaza, camote, tamales de elote, plátano enmielado y tamales de ceniza, a quienes se les nombraba genéricamente, las calabaceras.


Rodeando a la pila, se acomodaban las mesas de los vendedores de pepena.


En los 18 años que permaneció el mercado en ese lugar, son recordados como locatarios, a los siguientes:


Tablajeros, carne de res: Juan Caro, Vicente Salazar Núñez y después su hijo Arturo, José Cabrera, Andrés Cabrera, Mariano Rodríguez, Pedro Zamora, Miguel Salazar, Juana Cadenas, Carmen Valdovinos “Carmelito”, Francisco Núñez, José María Nuño, Porfirio Granados y Rafael Arreguín en un local contiguo al mercado. Carne de cerdo: Salvador Novela, Jesús Novela, Lucio Gutiérrez, Odilón Zamora, José Solano y Ma. Cruz de Solano, José Salazar Espíritu y fuera del mercado, J. Guadalupe Márquez en la calle Progreso.


Leonarda Hernández Gutiérrez “La Tía” y Jesús González Pérez “El Tío”, puesto de verduras. Timoteo Sánchez verduras y tienda de abarrotes. Susana, nuera de Timoteo, verduras. Rosita y Carlitos, dos ancianitos que tenían puesto de verduras dentro del mercado. Félix Sánchez “Gorra Prieta”, tenía puesto de abarrotes y un perico muy hablador. Pancho Castellanos “Pancho el pescador” vendía lo que sacaba del mar. Wenceslao Ceballos, padre de Jorge Ceballos, vendía pollo lavado. Chepa y “Juegas” vendían chicharrones. Concha Carrillo tenía puesto de frutas y verduras. María Pacheco ollas y verduras. Juanita Márquez vendía ollas. María Gómez ollas y cazuelas. Amalia tenía un puesto de comida. Alejandro Paz, verduras. Juanita García hacía unos sabrosos sopes fritos en la manteca que vendía acompañados de vaporoso café que exhalaba finas fragancias.


Fuera del mercado, en los puestos de la calle, estaban: Magdalena Hernández con un comercio de abarrotes que después fue de Pedro Gallegos. Agustín Sánchez “Catarro” tenía un puesto de granos y abarrotes. Emilio Pizano, zapatos y huaraches. Jesús y Angel Velázquez, ropa hecha y calzado. Antonia Sandoval. Francisco Segura vendía elotes asados, figuras para nacimiento y heno. Tiburcio Ruiz vendía churros. Ramón Velasco expendía cerveza de raíz. J. Guadalupe López, papá de Lipa, tenía puesto de mercería. Doña Santos de Valdez tenía un puesto casi frente a la puerta del curato, donde vendía choco milk. Salvador Silva vendía cacahuates que guardaba en canastas pizcadoras. Carmen Contreras tenía mercería. Angelina Velasco, mercería. José Delgado, mercería. Juan Ramírez, mercería. Chayo vendía pozole afuera de la iglesia. “La Pollita” también vendía pozole. Andrea Moreno tuvo un puesto de comida por un tiempo corto. Fernanda vendía atole.


Una mención especial hay que hacer de Ramona García, una de las locatarias más populares, la querida “Mocha”, que con Doña Chuy su mamá, durante todo el tiempo que permaneció el mercado en ese lugar, tuvieron puesto de verduras a la derecha de la puerta de acceso.


José Núñez, el popularísimo “Fierrero”, tuvo un puesto de ferretería por el lado poniente del curato.


En la casa inmediata al mercado, por el lado oriente, vivían dos ancianitas muy religiosas, Chonita y Chanita, que tenían un pozo de agua y pilas, en donde dejaban bañar a los locatarios y ellos les retribuían con verduras y comestibles.


Fuera del mercado, tenía un puesto en donde vendía cuadros con figuras de santos, un personaje extraño: eternamente pelado a rape, desnudo de la cintura hacia arriba en todo tiempo, a quien nadie conocía por nombre, pues todos le llamaban simplemente “Marcos”.


Los mercados han sido en todas las épocas, lugares en donde ha reinado la alegría entre los vendedores. En especial en el lugar que describimos, las bromas y gracejadas de los carniceros, la algarabía con la que festejaban algún chiste, las pláticas íntimas a voz en cuello que eran escuchadas por todos los compradores y el bullicio de un lugar poblado por tantas personas, le daban un atractivo singular que se disfrutaba durante la búsqueda de alguna mercancía.


Vino el cambio de lugar. Muchos de los comerciantes abandonaron esa actividad, otros prosiguieron el mismo giro comercial en el nuevo mercado. Otros más se instalaron en lugares independientes.


Aquél antiguo predio, que ocupado por tan variados comercios aparecía de gran tamaño, ya solo, se empequeñecía. En él quedaron tantos recuerdos y sucedidos, tantas vivencias de tantos seres, que como las golondrinas de Bécquer, se fueron para no volver.

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