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Después de la labranza y la cría de ganado, el comercio era la actividad humana más importante en la antigüedad.


La venta de comestibles y artículos para el hogar ha sido una de las tareas más importantes en toda la historia de la humanidad, en cualquier grupo establecido y configuró en el pasado uno de los principales giros comerciales.


En las tiendas antiguas de Tecomán se vendían los víveres y provisiones más usados en su forma natural, antes de que apareciera la industrialización y cambiara las costumbres alimenticias de la población. Así se expendían como más importantes alimentos: leche, pan, azúcar, café, galletas, sal, maíz, frijol, arroz, carne, panocha o piloncillo, cacao, chocolate, verduras y legumbres. Algunos de estos alimentos se producían en la región y otros se traían de otras partes.


También se encontraban en las tiendas objetos y utensilios usados en el hogar: velas de sebo, velas de parafina, petróleo, cerillos, veladoras, aparatos o quinqués, mecheros, ocote, carbón, linternas de mano, candeleros.


Tecomán, aún antes de la existencia de carreteras, había sido la salida natural, por más cercana y accesible, para los pueblos y ranchos de la costa de Michoacán, de tal manera que cuando el transporte se hacía todavía a lomo de bestias, se había establecido un comercio con esa región por medio de cargas de mulas que eran conducidas por un arriero, que era el hombre encargado de guiar las recuas con el cargamento. En esa forma, de la costa de Michoacán se traían maíz, ajonjolí, granza, jamaica, algodón, cascalote y pieles de animales.


Eran compradores de granos en la antigüedad: Don Pedro Gutiérrez, Don Jesús Sánchez, Don Francisco Dueñas Radillo y en menor escala, Don Jesús Cabezud. Don Pedro Gutiérrez fue el primer particular que construyó una bodega en la estación del ferrocarril. Estaba situada en el lado norte y allí almacenaba maíz, granza y sal, que embarcaba por tren. En fechas posteriores, en la década de los años cuarenta, cuando comenzó el auge de los palmares, fueron compradores de copra, Don Carlos Ceballos Silva y Don Jesús Díaz Cuevas, que también compraban maíz y ajonjolí. Después de Don Pedro Gutiérrez, Don Ladislao Moreno Barreto edificó también una bodega en la estación, para los productos de sus ranchos.


Tuvieron comercio de artículos de primera necesidad y abarrotes en general a principios de siglo: Don Emiliano García, Don Celedonio R. López, Don Crescencio Salazar, Don Bartolo Núñez, Don Ramón Solórzano y su esposa Doña Romana Brizuela, Don Gregorio Zúñiga, Don Donaciano Terrones en la conocida esquina de ” El Gallito " Don Antonio Alcaraz, Don Ramón Alcaraz, Don Teodoro Gaytán, Don Crescencio Palomino, Don Nepomuceno Urzúa, María Gaytán y María Castellanos.


Carnicerías: de Don Higinio Yépez, Don Sebastián Saucedo, Don Ramón Solórzano, Don Federico Moctezuma, Don Aniceto Cabrera, Don Pedro Gaytán. En fechas posteriores, y antes de que se pusiera en servicio el antiguo mercado municipal que estuvo ubicado en un costado del curato, tuvieron expendios que antiguamente se les nombraba solamente mesas de la carne, en el portal oriente de la calle 18 de julio, en donde hoy se encuentra el jardín de niños: Don José Cabrera Tene, Don Juan Caro y Don Miguel Salazar. En el portal de enfrente, en el lugar en que está hoy el moderno edificio de una mueblería, estuvieron Don Vicente Salazar Núñez y Don Francisco Zamora, entre 1939 y 1940. Más adelante las mesas de la carne fueron cambiadas a la calle Dos de Abril, unas en el portal del curato y otras en la acera de enfrente, fuera del atrio de Santo Santiago, bajo la sombra de los pinos casuarina que allí existían, y seguían expendiendo los ya nombrados tablajeros en último término y además Mariano Rodríguez, Román Rosales, Timoteo Chagoyán y Rafael Arreguín.


En los tiempos antiguos, debido al clima caluroso de Tecomán, y por la falta de medios de refrigeración, ya que se carecía de electricidad contínua y no existían fábricas de hielo, se acostumbraba hacer el sacrificio de animales en la madrugada, para comenzar a expender la carne al amanecer. Después, cuando ya hubo carretera a Colima y se comenzó a traer de allí hielo en barras envueltas en costales cotenses y forradas de aserrín, se cambió el horario de la matanza a las tres de la tarde, para vender la carne de las seis en adelante y la que quedaba, se guardaba en hielo y se vendía en la mañana siguiente.


Siempre los vendedores de alimentos perecederos han tenido recursos para no perder la mercancía y en el caso de los tablajeros, cuando les quedaba carne sin vender se hacía cecina si era de res y chorizo y longaniza en el caso de que fuera de cerdo.


Para efectuar operaciones comerciales que se regían por el peso y tratándose de objetos no muy voluminosos y de animales pequeños, era muy empleada la balanza romana por ser fácil de transportar, siendo muy usada por los compradores de cerdos, así como para pesar la carne en el rastro.


Fueron panaderos muy conocidos en la antigüedad Don Felipe Sánchez, Don Antonio Alcaraz, Don Pedro Gaytán, Doña Tula Ruvalcaba, Don Rafael del Río, Don Manuel Velasco.


Eran tiendas de ropa muy populares: la de Don Jesús Sánchez, de Don Plácido García, La Violeta, la tienda de María Gaytán de La Marina, que estuvo situada en la esquina donde es hoy el billar de Don Juan Jiménez. Posteriormente tuvieron tienda de ropa: Don Rafael Ceballos, Don Rafael Iglesias, Don Carlos Padilla, Don Adolfo Rodríguez, Don Arnoldo Peralta, Don Daniel Yeme, y Doña Elisa Villarreal.


En la antigüedad, los primeros molinos industriales para nixtamal que se conocieron, fueron de vapor y eran movidos por una caldera que quemaba leña. En esa época, el primer tercio del presente siglo, tuvieron molino de esas características, Don Jesús Alvarez, Don Pedro Gutiérrez y Don Antonio García Barragán. Posteriormente hubo molinos con motor de combustión interna, que trabajaban con tractolina o petróleo y más adelante, eléctricos. En esta última etapa fueron propietarios de este tipo de molinos: Don Gregorio Hernández, Don Higinio González, Don Merenciano López, Don Magdaleno Robles, Don Ascención García, Don Felipe Espinosa, Don Fortunato Gallegos, Don José Gallegos, Don Antonio Gallegos, Don Máximo Gallegos, Don José Alvarez Rodríguez, Don José Cervantes, Don José Gutiérrez y Don Jesús Oseguera.


Esta relación de nombres de personas importantes del pasado de Tecomán, nos hace recrear las épocas idas y vienen al recuerdo sus voces, sus rostros, sus ademanes, su indumentaria, apareciendo en muestra memoria sus figuras inconfundibles, en una sucesión de imágenes multiplicadas como las que nos mostraría un caleidoscopio.


Los ecos pasados se escuchan en los vientos matutinos, en los policromos atardeceres y nuestra mente guarda el recuerdo de las quietas y silenciosas noches de la antigüedad, cuyos únicos sonidos eran los cantos cercanos y lejanos de los gallos y los estertores ruidosos que por la madrugada lanzaban al aire los molinos de nixtamal. Los que vivimos en nuestra niñez y juventud aquella época, asociamos todas esas vivencias con los seres queridos que partieron y a los que vemos nítidamente en esa pantalla, en su diaria existencia, participando con los demás en esa inacabable lucha que es la vida.


Un aspecto pintoresco de la vida antigua de Tecomán, lo constituían los vendedores ambulantes, de los cuales, por el papel que representó su mercancía en la alimentación popular, hay que hacer un recordatorio de los birrieros, que han desaparecido de las calles, ya que las escasas birrierías que perduran, son negocios establecidos.


La birria de chivo, un platillo de la región de Jalisco y Colima, era ofrecida en venta por las calles, muy cerca de medio día. El grito estentóreo de “caliente y gorda” que en forma maliciosa y sorpresiva lanzaba el birriero cerca de grupos distraídos en alguna conversación, tomaba de sorpresa y hasta algún sobresalto causaba, a la vez que llegaba a los últimos rincones de las casas.


El birriero cargaba en la cabeza un cajón de madera, limpio y cepillado, dentro del cual llevaba una cazuela con la carne preparada, el jugo de la misma, salsa picante, tortillas envueltas en una servilleta y un cuchillo.


En el hombro llevaba las cabrillas, tijeras plegadizas de madera, donde colocaba el cajón para despachar. Cuando decidía detenerse en algún lugar sombreado, bajaba y abría sus cabrillas, colocaba el cajón, raspaba en él el cuchillo para llamar la atención y lanzaba su sonoro grito.


El más antiguo birriero que se recuerda en Tecomán, fue Enrique Madrigal apodado “Bello lindo”. Al morir Enrique, que fue asesinado, su hermano Severiano del mismo apellido y la esposa de éste Baldomera, mejor conocida por Dómera, siguieron el negocio.


Después hubo un birriero que recorría las calles al grito de “birria de chivo moro”. Era José Cárdenas conocido como “Chinicuila”.


Matea Novela vendía una suculenta birria por la tarde y en la noche, por fuera del atrio del templo de Santo Santiago.


Mere Alcaraz vendía en la esquina de Doña Chuy Amezcua.


Miguel Jiménez “Juegas” era muy popular y cuando comenzó la venta de la birria, lo hacía en la esquina del curato cuando el mercado municipal estaba situado en la calle Dos de Abril en un local ubicado en el costado oriente de la casa cural.


Manuel Candelario fue muy conocido birriero de la antigüedad.


Otros personajes populares de la época antigua, fueron los vendedores ambulantes de chicharrones, que aparecieron cuando el pueblo creció, ya que con anterioridad se freían y se expendían en el lugar en el que se vendía la carne.


Al llegar la inmigración de trabajadores del campo procedentes de otros Estados de la República, la población se incrementó.


El chicharronero antiguo traía su mercancía en una gran batea en la cabeza y al igual que el birriero, traía consigo sus cabrillas y llamaba la atención por sus gritos.


Juan Caro se hizo notar por su grito: “de puerco y puerca”.


José Cárdenas “Chinicuila”, alternaba la venta de birria con los chicharrones.


Chepa Montes fue muy conocida.


Mundo Delgado se oía a distancia con su grito “de puerco....”.


En la época antigua, cuando el pan se vendía a domicilio, el panadero fue un personaje de gran arraigo popular. Muy de mañana y a las cuatro de la tarde, el vendedor de pan recorría la población con un gran canasto de corteza de otate en la cabeza, en el que llevaba el oloroso pan recién horneado, cubierto con una gran servilleta. Sobre su pequeño sombrero, llevaba, bajo el canasto, un rodete de tela rellenado, que le servía de colchón. También llevaba al hombro las cabrillas para posar el canasto.


Los domingos y los días festivos, los vendedores de fruta de horno hacían la delicia de la chiquillería con la venta de esa variedad de pan.


Otro vendedor ambulante que se hacía notar en la antigüedad por lo apetitoso de la mercancía que ofrecía en venta, era el vendedor de pitayas, fruta de una efímera temporada en el mes de mayo, que era traída por el pitayero en un canasto en la cabeza, el cual ya está completamente desaparecido en la actualidad. Era más angosto que un chiquihuite, pero más alto y era conducido lleno de frescas y recién cortadas pitayas cubiertas por puntas de ramas verdes de inocuos vegetales que conservaban la frescura de la fruta al defenderla de los caniculares rayos del sol, pues la venta se hacía al filo de medio día, a la hora en que más se apetecía la llamativa y sabrosa fruta. Hoy en día, los escasos vendedores la traen en baldes o en canastos jitomateros.


De Ixtlahuacán venían mujeres vendedoras de bate, refrescante bebida preparada con polvo de chan molido y remojado a la que se agregaba una miel hecha con panocha. Las mismas vendedoras de bate traían también mezcal tamal, hecho con masa de maíz desecada, así como encaladillas.


Las bolas de maíz inflado al fuego, preparadas con una variedad llamada tepite, a las que se les rociaba una miel de piloncillo, encantaban a los golosos chiquitines.


Los sorbetes de nieve de garrafa, se comenzaron a vender cuando se trajo hielo de Colima, ya que en la antigüedad no lo había en Tecomán.


La tuba de las ventrudas balsas, se traía de Colima.


Las charamuscas eran golosinas muy gustadas.


El pinole hecho con harina de maíz tostado, se vendía en los novenarios religiosos.


Las sartas de tejocotes en forma de rosarios, que eran traídas de Ciudad Guzmán en los meses de Noviembre y Diciembre, eran presumidas por los mocosos.


Las burritas de Santa Ana, figuras hechas con hojas secas de mazorca, figurando un asno con una carga de huacales, dentro de los cuales venían caramelos de colores, de un sabor muy especial, llenaban de alegría a los niños.


Las bolas de dulce del tamaño de una gran canica que venían envasadas en botes de lámina, eran muy solicitadas por los chiquillos.

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