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En los tiempos pasados la actividad que dominaba en Tecomán era la labranza o cultivo de la tierra.


Existían también en menor escala, la cría del ganado así como el comercio y el ejercicio de diversos oficios.


En épocas anteriores al reparto agrario, la propiedad de la tierra estaba en poder de pocas personas que eran dueñas de grandes extensiones de terreno, constituyendo propiedades rústicas o bien, cuando existía alguna finca habitada por los propietarios y los peones, se le llamaba hacienda, que generalmente era una casa de grandes proporciones.


La voz agricultura con la que hoy se conoce el cuidado y cultivo de la tierra, se usó más recientemente. Antiguamente en lugar de nombrar agricultor al que la ejercía, se le llamaba labrador, labriego o campesino.


Esta actividad solamente se desarrollaba durante el temporal de aguas y casi se limitaba exclusivamente al cultivo del maíz, el ajonjolí y la calabaza. Al lugar en donde se llevaba a cabo la siembra de estos vegetales se le llamaba la labor.


El desmonte de la tierra que se iba a preparar para la siembra, se hacía en los meses de las secas en especial en el mes de marzo. A fines del mes de abril y los primeros días del mes de mayo, se hacía la quema del monte ya seco.


El temporal de lluvias siempre ha comenzado en Tecomán, durante el mes de junio. Excepcionalmente antes o después. Siguiendo a las primeras tormentas, se rompía la tierra con un arado tirado por una bestia. Enseguida se cruzaba.


Una vez preparada la tierra y aprovechando la humedad, después de alguna tormenta, se surcaba y se hacía la siembra surco por surco. Adelante iba el surcador y atrás el sembrador. Este llevaba la semilla en un costalillo colgado al hombro, depositando dos o tres granos juntos a una distancia de un paso unos de otros, y con el pie iba cubriendo la semilla con tierra suelta.


Es importante hacer notar que debido a la carencia de pastos por falta de agua, en el centro del valle de Tecomán nunca hubo grandes hatos ganaderos y por tanto no había bueyes suficientes para formar yuntas para arar la tierra. En Tecomán, salvo raras excepciones, siempre se aró la tierra con una bestia mular o caballar. Solamente en las haciendas de Caleras y Paso del Río, cercanas al río de Armería, como en Callejones, por su proximidad con el río de Coahuayana, donde contaban con bastante agua y había gran cantidad de ganado, si se usaron troncos de bueyes para preparar las tierras para las siembras de temporal.


Existían arados de una y dos manceras para ser maniobrados con una o las dos manos.


Ya finalizada la siembra, se dejaban pasar alrededor de 15 o 20 días, al cabo de los cuales se rayaba la tierra con un arado, enmedio de los surcos, con la finalidad de darle apoyo a la planta con la tierra removida. Al mismo tiempo se hacía una limpia de la maleza con una coa, acciones que en conjunto se les llamaba escarda. Al terminar esta maniobra, cuando la milpa ya tenía tres semanas de nacida, se daba fin, propiamente, a los cuidados intensivos del cultivo. Se esperaba la tregua del crecimiento de la planta, que al llegar a los 45 días estaba en espiga y a los sesenta días ya tenía elote.


Cuando la siembra era de grandes extensiones de terreno, de personas adineradas, al terminar la escarda se hacia un festejo en grande con comida y bebida, al que asistían los patrones y todos los que habían participado en la siembra y en ocasiones el festín se prolongaba por la tarde en un jaripeo, cuando se trataba de una hacienda en donde se hacía el cultivo. A esta fiesta se le llamaba “Acabo”.


La fecha en la que se iniciaba la siembra era variable según se presentara el temporal de aguas: temprano o tardío, pero casi siempre se daba comienzo en los primeros días de julio. El temporal de lluvias era muy abundante en el mes de julio, decrecía un poco en agosto, para volver a cobrar intensidad, por la frecuencia de las tormentas, en el mes de septiembre. A las lluvias de este último mes se les llamaba eloteras, porque con ellas el cultivo amacizaba el elote, etapa durante la cual es cuando más necesita del agua la planta, para cuajar el producto.


En septiembre comenzaban los paseos de la familia a la labor para disfrutar de los elotes, que allá mismo se asaban y se comían, recién cortados.


Al regreso, todos venían acompañados por costalilladas de elotes tiernitos. A estos paseos se invitaba a familiares y amigos que iban a gozar de la fragancia de los verdes campos que mitigaba el intenso calor del verano.


Las variedades de maíz que más se sembraban eran perla y tampiqueño.


La atención de la milpa siempre exponía al hombre de campo a las empapadas por las inesperadas tormentas que se presentaban a cualquier hora y que eran más frecuentes después de medio día.


En tiempos pasados, para protegerse de las lluvias en las actividades del campo, se usaba una capa de palma tejida a la que se llamaba china. Después la china fue sustituida por la manga de hule y posteriormente al casi desaparecer la manga de hule natural, se usa el polietileno.


El hombre que desempeñaba sus trabajos en el campo, salía de su hogar antes de que amaneciera, provisto del bastimento para el almuerzo y la comida. Cuando eran varios los miembros de una familia que salían muy temprano juntos al mismo lugar y si la labor no estaba muy alejada, un muchacho de edad mediana les llevaba la comida de medio día hasta el lugar de su trabajo. A este muchacho se le llamaba guachame.


Junto con el maíz se sembraba calabaza y en tiempos de elotes ya había calabacitas tiernas, que se cortaban para que la mujer de la casa preparara un guiso con carne de cerdo.


Una vez que sazonaba el elote, la milpa comenzaba a dar muestras de marchitarse y se hacía el corte de hoja, con la que se hacían manojos atados con la misma hoja del maíz retorcida y se apilaban en forma vertical en montones a los que se les llamaba monos, para que la lluvia no los dañara o se acarreaban verdes a la casa para ser usados como pastura de los animales. En los corrales de las casas existía lo que se llamaba pila de hoja, donde se almacenaban los manojos ya secos que se acarreaban del campo en cargas de bestias.


Cuando la mazorca ya estaba seca en la planta y se terminaba el temporal de aguas, se llevaba a cabo la pizca. Esta se hacía con las manos, ayudándose con un utensilio de metal en forma de cuchara puntiaguda al que se llamaba pizcalón. Se desprendía una parte de la envoltura de hojas con la mano y después con ayuda del pizcalón, con un movimiento de torsión se desprendía la mazorca que se depositaba en una gran canasta hecha de corteza de otate tejida, en forma de campana, llamada canasta pizcadora, que era llevada atada a la espalda por el pizcador. Esas mazorcas se guardaban en costales y se acarreaban en cargas de bestia al pueblo para asolearlas en una era y después almacenarlas a granel bajo techo. Cuando ya la mazorca estaba perfectamente seca, se procedía a desgranarla. En el caso de que la cantidad a desgranar no fuera grande, se hacía a mano valiéndose de un olote o con una olotera, formada por muchos olotes del mismo tamaño, atados en forma circular con dos cinchas de ixtle. En ocasiones se usaba una rueda de madera como de 40 cms., de diámetro a la que se cubría en toda su superficie con hileras de grapas de las usadas en los cercados de alambre de púas, clavadas, sobre de las que se restregaba la mazorca.


En el caso de que el maíz a desgranar fuera en gran cantidad, entonces se usaba la chitara, que constaba de un marco cuadrangular de grandes proporciones, al que se fijaba una malla tejida, tupida, de correas de cuero crudío y esta armazón se montaba sobre de cuatro horcones a una altura aproximada de metro y medio. Se vaciaban las mazorcas sobre la malla de correas y se golpeaban en forma alterna por dos hombres que subidos en la chitara, estaban provistos de grandes mazos de madera. Bajo la chitara se colocaban costales extendidos o petates en donde se recibía el maíz que se iba desgranando, el cual se encostalaba.


Al término del desgrane de las mazorcas, el maíz se comercializaba o se almacenaba bajo techo encostalado o bien a granel en un chapil, que era un depósito hecho de madera a cierta altura del suelo.


En las haciendas existían grandes bodegas de techo de teja a las que se les nombraba trojes, en donde se almacenaba el maíz.


En la antigüedad, para comercializar el maíz, no se pesaba, se medía en medidas de capacidad, que eran pequeños cajones cuadrados hechos de madera ensamblada a los que se llamaba medidas de áridos o medidas de granos. Existían de las siguientes capacidades: un litro, dos litros, de cuatro litros llamada almud, de cinco litros llamada simplemente medida y de veinticinco litros llamada cuartilla (la cuarta parte de un hectólitro). Diez medidas de cinco litros hacían medio hectólitro. A una canasta pizcadora le cabía medio hectólitro. 100 litros hacían un hectólitro y equivalía a 20 medidas.


Para medir con exactitud el maíz, se usaba un palo llamado rasero o rasador, como popularmente se le nombraba, que era una especie de regla de cuatro lados iguales.


En algunas haciendas antiguas cercanas al río Armería como el Rosario y Guaracha en Madrid, así como Caleras, había desde la segunda mitad del siglo pasado el cultivo de la palma de coco, maíz, frijol, arroz, y desde principios de este siglo el cultivo del plátano roatán, que fue traído de Tabasco.

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