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Antes de la era del ferrocarril y de los vehículos motorizados, el transporte se hacía a bordo de carruajes de tracción animal o cabalgando sobre bestias caballares, mulares o asnales.

En los lugares de paso y de destino de los viajeros, existían establecimientos llamados posadas o mesones en donde se daba albergue a las personas que utilizaban ese medio de transporte.

En esos tiempos, la pareja hombre-bestia de carga era indisoluble y donde quiera que el hombre pasaba o llegaba, los lugares eran apropiados para brindarles atención tanto a él como a sus animales.

Usualmente el mesón era una construcción espaciosa, con un gran zaguán, un pasillo empedrado ancho y largo y muchas habitaciones. Había en él, una fonda o restaurante, y en su parte más interior caballerizas o pesebres para descanso y alimentación de los solípedos.

En Tecomán, en los últimos lustros del siglo pasado y los primeros del presente, el único mesón que existía era el de Anita Carrasco, nombrada por sus familiares más cercanos y amigos íntimos “Mi Chita”, qué, como muchos habitantes de Tecomán de aquél entonces, era nacida en Valenzuela.

Esta casa estaba situada en lo que hoy es la esquina de las calles Torres Quintero y 18 de Julio.

A ese lugar llegaban a hospedarse todas las personas que teniendo propiedades o negocios en la región, radicaban en otras partes, principalmente en Colima.

Allí paraban gobernantes, comerciantes, terratenientes, pasajeros, las conductas que traían caudales y valores así como los hatajos guiados por arrieros que transportaban mercancías que comúnmente procedían o tenían como lugar de destino a Coalcomán que transitaban por Coahuayana y Chacalapa.

Era lugar de refugio donde encontraban los viandantes comida recién preparada y alivio al cansancio del viaje, así como sitio donde se conocían primeramente las noticias venidas de otras partes.

Se mezclaban en el lugar los finos caballos, ropajes elegantes y buenos modales de los terratenientes y hombres de negocios y los humores de las bestias de carga y del cuero crudío de los aparejos, así como el expresivo lenguaje de los malhablados y pícaros arrieros.

En esa posada se hacían transacciones comerciales, se finiquitaban negocios y también desde allí se vigilaba la marcha de las propiedades de algunos de los viajeros.

Para proveerse de carne, Anita tenía una matanza de cerdos con la que cubría las necesidades del negocio y los excedentes se expendían en una carnicería que allí mismo había.

Frente al mesón de Anita, Don Pedro Gaytán tenía panadería y vendía carne de res en la casa que en los últimos años fue de Don Juan Jiménez.

En la orilla sur de la población, el terreno que ahora es conocido como Las Bugambilias, que hace 50 años perteneció al Lic. Manuel Gudiño y después a los señores Leaño, era propiedad a principios del siglo, del Sr. José García y en él había una gran noria en la que el Sr. García instaló el primer motor para bomba que hubo en Tecomán, con el que extraía agua para regar una siembra de zacate que se utilizaba como pastura. De allí se abastecía el mesón de Anita del alimento para las bestias de los huéspedes. Se vendía en grandes manojos que el propietario de la siembra daba a razón de cinco centavos por cada manojo. Un mozo del Sr. García a quien apodaban “Carnitas”, se encargaba del reparto del forraje.

En ese celebérrimo mesón, también paraban los representantes de comunidades indígenas de otros lugares como Salagua y Campos, que venían a reunirse con la cacique de los indios de Tecomán, Plutarca Ramírez, que llevaba una gran amistad con Anita Carrasco.

En 1884, se desató una epidemia de fiebre amarilla o Vómito Negro en todo el estado de Colima y muchos indígenas sucumbieron, entre ellos Plutarca Ramírez. Al desaparecer la cacique, Anita jefaturó a esa diezmada comunidad, e intervino en el Reparto Indígena de Ixtlahuacán que se llevó a efecto en 1885. El Ing. Felipe Amoroux elaboró el plano de esa repartición a la vez que hizo el alineamiento de las calles de Tecomán.

Durante siete lustros, el mesón de Anita Carrasco prestó servicios eficientes, coincidiendo con los tiempos en que estuvo en el poder Don Porfirio Díaz, época a la que los viejos llamaron “tiempos normales”, porque hubo paz y tranquilidad.

Al sobrevenir la revolución, se alteraron la paz, la tranquilidad, el orden, así como la seguridad en los caminos, lo que causó una gran depresión en todos los negocios.

El mesón desapareció cuando aunada a estos motivos, se presentó la circunstancia de que llegaban a la población tropas revolucionarias presionadas por las de otro bando, se posesionaban de la posada y exigían hospedaje y comida para ellos y pastura para sus animales sin paga, causando la quiebra del negocio.

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