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 El avariento Editar

Archivo:El Avariento.jpg

- iNicolás...Nicolás!. Despierta Nicolás: - ¿Oyes las campanas?. Es muy noche para ese repique. - Déjame ver mujer. - Está el cielo muy limpio y el arado y el compás ya están embrocados. Es más de media noche. - Las campanas siguen sonando. No es hora de llamadas de misa. iEso va a ser una quemazón!. Vamos a asomarnos a la calle. 

- Es lo que te dije mujer, mira aquel vislumbre más allá de la calle de las parejas, por el rumbo del pozo de Camichines. 

- Dame dos baldes y déjame hablarle a mi compa-dre Goyo para que me acompañe. - ¡Compadre Goyo... Compadre Goyo!. Levántate, hay una quemazón. 

- ¿Qué pasó compadre?. - ¿No oyes las campanas?, están vueltas locas. - La quemazón está para el lado del pozo de Camichines. Vamos, te traes un bote.

- ¿Quiubo Nicolás, dónde es la quemazón?. - Acá para este rumbo, vente Pedro, tráete una pala. - iMira Goyo, sí es junto al pozo, enfrente de Eligio Vega. Ha de ser con Bernabé!. Cuando Nicolás, Goyo y Pedro llegan al sitio del incendio, ya en el lugar hay muchas personas re-unidas. 

En la oscuridad de la noche, el resplandor del fue-go ilumina toda la manzana produciendo un mo-vimiento continuo de sombras alargadas, de los que febrilmente luchan por apagar aquella hogue-ra crepitante que en ratos cobra vigor por las cam-biantes corrientes del aire invernal. 

Lejos, a muchas cuadras de distancia, se siguen escuchando los sonoros tañidos de las campanas del templo de Santo Santiago llamando a los fie-les para que vayan en auxilio de los afectados por el siniestro. 

El fino sentido desarrollado por las gentes del cam-po para intuir los peligros de los fenómenos natu-rales, los guía certeramente hacia la casa que es pasto de las llamas, donde en solidaria herman-dad se agrupan para prestar ayuda. Se quemó una pila de hoja seca y el fuego ya se propagó hasta la cocina. Bernabé, el dueño de la casa en llamas, exclama: 

- iYa sacamos a los niños, la petaquilla y los cajo-nes del ropero. Agarren por favor una pala y échenle tierra a ese reguero de lumbre para que no le llegue al chapil del maíz!. - Por aquí, apaga el cercado y tú échale agua a esa lengua de lumbre que viene por el suelo. - Suelta el macho que se está potreando en la pri-mavera. Ábreles la puerta del chiquero a los puer-cos. 

- iTú, trae agua de la pila de Eligio, y ustedes va-yan al pozo a sacar botes. Mientras los sacan, otros acarrean de la atarjea que está junto al pozo. For-men una cadena desde el pozo y pasen los baldes de mano en mano!. 

- Vamos al otro lado del cercado para que no se pase la lumbre a la casa. Por acá, échale agua. Aquí, pásame el balde. - Ya no llores mi hijita, no va a pasar nada, mira cuánta gente nos está ayudando. - Mi muñeca, papá, mi muñeca. - Ahorita te la traen, vente acá con tu mamá. - Se quemó el columpio, papá. - No te fijes en eso, hijo. - Saquen lo que queda en el jacal de este lado. - Ya se está acabando la lumbre, papá.

- Sí hijo. - Échenle más agua ahí, todavía arde. El fuego fue dominado. Decenas de voluntarios y la fortuna de la cercanía de la noria, fueron moti-vo de salvación de la mayor parte de pertenen-cias de Bernabé y su familia. Todo se fue tranquilizando. Ahora, en lugar de la hoguera, hay candiles iluminando el lugar. Las campanas han dejado de repicar. Vuelve a percibirse el silencio de la madrugada, perturba-do por los comentarios de los que apagaron el in-cendio. 

- ¿Y cómo fue que comenzó esto Berna?. - Sucede que mi madre iba al corral alumbrándo-se con un mechero. Se tropezó y al caer, se pren-dió la hoja seca que estaba cerca. Ella no se pudo levantar pronto y cuando me gritó, primero la fui a levantar y mientras, se avivó la lumbre en los manojos de hoja que estaban apilados. Ya no pu-dimos apagarla. Gracias a Dios y a ustedes, todo se apagó y no nos pasó nada. Ya el arado y el compás están más colgados. Se comienzan a oír los estornudos de los motores de vapor de los molinos. Se ven mujeres enrebozadas llevando en el hombro el balde con nixtamal. Co-mienza el movimiento de la gente de trabajo del pueblo. Se acerca la alborada. Ya todo está tran-quilo. Vuelve la calma.