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El buscador de chispitas Editar

Archivo:El Buscador de Chispitas1.jpg

Yo andaba en los cerros, montado en un macho retinto muy bueno para andar, en busca de mis primos a los que les había perdido el rastro hacía mucho tiempo. Cuando salí de Coahuayana con rumbo a Palos Marías, estaba esclareciendo. Caminé por llanos soleados y sombreadas barranquillas y al pasar por la Barranca de la Parotita, divisé en un arro-yo a un hombre ya mayor, encuclillado en la orilla de la corriente con una batea en las manos. Ha-cía mucho rato que no encontraba en el camino a ninguna alma. Me acerqué y lo saludé. En una sombra cercana estaba una mula ensillada, persogada, y por un lado de él, una retrocarga de cuatro cartuchos recargada en unas piedras. Con-testó Mi saludo y siguió en la misma postura. Era un hombre viejo que no se había hecho la rasura en muchos días, de barba y bigote blan-cos, de piel blanca tostada por el sol, de mediana estatura, vestido con calzón largo y cotón de man-ta. Le pregunté qué hacía y me respondió que es-taba lavando chispitas. Meneaba la batea, tiraba el agua y con una bolita de azogue atrapaba las chispitas que recogía con el cañuto de una pluma de ala de gallo, y las depositaba en un frasco de vidrio. 

Me desmonté y me puse a platicar con él. Me dijo que ya que reunía una cantidad considerable, después de varios días de búsqueda, las llevaba a vender a Coahuayana o a Villa Victoria. Se incorporó y me dijo que se llamaba Ramón Campos. Me preguntó: - ¿Cómo te llamas? . - Ignacio González -, le contesté. - ¿Qué andas haciendo?. Después de darle razón a lo que iba, me contó que el conocía a los familiares a quienes yo bus-caba. Que vivían un poco retirado de su casa, pero que al día siguiente, temprano, me podría acom-pañar a ese lugar. Me dijo que en ese rato se diri-gía a su casa y me convidó a ir con él. Yo acepté, ya que de tan buena voluntad se ofrecía a guiar-me. Su presencia inspiraba confianza y respeto. Recogió sus aperos y salimos con rumbo a su mo-rada. 

En el camino me dijo que esa noche me invitaba a ir a buscar venados. Era el mes de diciembre, cuando comienzan a florear los ozotes y me refi-rió que en el cerro a donde iríamos, había mu-chos árboles de esos, a donde acuden los venados 

a comer la flor, pero que había un tigre que los estaba ahuyentando y que él pensó ir en busca del tigre esa noche y me preguntó si me animaba a ir con él. Le dije que sí. Yo llevaba un rifle Winchester de seis tiros. 

Llegamos a su casa, en donde estaba su esposa, que era una mujer también mayor, acompañada por un nieto de unos diez años de edad. Comi-mos, descansamos un rato y ya con el sol bajo, tomamos el camino del monte. 

Fuimos a dar, ya oscureciendo, a un ojo de agua que estaba al pie de un paredón, junto a un mojo muy grande. Él se subió por el paredón a una hor-queta del árbol y ahí se quedó con su escopeta. Yo me fui a otro mojo que estaba enfrente de ese lu-gar, como a 40 metros del aguaje. Pasó un rato sin novedad y de pronto oí clarito el rugido de un animal . Lo volví a oír en dirección a donde se había quedado el viejo. Me inquietó que después de eso no hubo ningún trueno y me bajé aluzando a ese' sitio con la lámpara de carburo. No miré nada y avancé hacia el jagüey. Llegué abajo del mojo y me gritó Don Ramón: 

- ¿Qué quieres?. - ¿A qué vienes?. - Oí bufar a un animal y me entró preocupación por usted. El viejo soltó la risa y me enseñó: tenía una bufadera en la mano. Después la revisé con cal-ma. Era una balsa de bule, trozada, de mediano tamaño, que tenía la boca por donde se le sacan las tripas, tapada con una vejiga de toro cosida. Tenía dos portillos en lados opuestos y a través de ellos pasaba un cordón encerado de mayor lon-gitud que el ancho de la balsa, anudado en sus dos extremos y que había sido puesto antes de cerrar la boca de la balsa con la vejiga. Le jalaba el cordón, y el ruido que producía el frote, era ni más ni menos como el rugido de un tigre o de un leoncillo. La usaba para llamar al tigre. 

Me dijo: - Súbete al palo de nuevo y no vengas si oyes bu-far otra vez. Allá quédate. Me devolví a mi puesto y en quietud esperé. Por un largo rato solamente oí los graznidos de las lechuzas y el canto de algún pichacuate. Como una hora después pude oír nuevamente un bufido y más al rato, otro. Después del segundo mugido, en el silencio de la noche, escuché un pujido diferente y más lejano, que resonó. El mis-mo estentóreo ruido se repitió y se oyó más cerca, y miré como el viejo encendió su lámpara enfo-cando a un lado del aguaje y después percibí dos truenos y el ruido inconfundible en la hojarasca, que hace un animal cuando se revuelca. Se oyó un pujido largo que fue perdiendo fuerza y en se-guida un resoplido y luego el silencio. Después de un momento en que ningún ruido se oía, me gritó Don Ramón: 

- iVen, ya cayó el tigre!. Me bajé del árbol, tomé el rifle, lo preparé y cami-né con cautela. Prendí mi lámpara y al enfocarla, lo miré a él junto a un bulto manchado, tirado en el suelo. Era el tigre perseguido por el viejo.

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