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 El canto de mal agüero Editar

 

Archivo:El Canto de Mal Aguero1.jpg

- iNo es posible, no lo creo, mis sentidos me enga-ñan! 

- Tengo ocho días sin dormir. Ese canto infernal me llena la cabeza, me aturde los sentidos todos los días en cuanto oscurece. Ese animal es el de-monio que me quiere enloquecer. Me persigue, me acosa, me aguijona. - Siempre he tenido temor a la muerte. Esa ave agorera anuncia mi fin. Ya disparé la escopeta al salate y se pasó al guamúchil. Lo corrí de ahí y se fue al aguacate. Le volví a disparar y se fue a la rosa morada. Y ahora aquí está, aquí lo oigo, me taladra la cabeza. Me voy a un cuarto, me voy a otro, me voy a un rincón, me encierro en la bode-ga. En dondequiera lo oigo. Me sigue, me envuel-ve, me aprisiona. El canto del pichacuate se oye más insistentemen-te, incesante, sin pausa, sin descanso. Y en los oídos de Gaudencio resuena y se amplifica. La repetición de un chillido lúgubre y lastimero ocu-pa todo el silencio de la noche. Los gemidos y los largos aullidos que desde el patio del rancho lanza "Tizón", su fiel guardián, aumen-tan su inquietud.

Su mujer y el sobrino Librado, en ratos duermen y en ratos lo observan, temerosos de que vaya a perder la razón. Gaudencio les huye. No quiere tener palabras con ellos, ya que piensa que hicie-ron un pacto con el diablo y están buscando su muerte porque codician las talegas de alazanas y plateadas que con tanto esfuerzo logró reunir en su vida con privaciones y tenacidad. Hace ocho días que no prueba bocado que Micaela su mujer le ofrece, porque desconfía de sus inten-ciones. A escondidas se procura alimento. Hace los mismos días que no atiende sus ocupaciones habituales debido a que no pega los ojos de noche y se le va el día en dormitar y en vigilar los pasos de su esposa y su sobrino. Hace dos días Micaela llamó a un médico del pue-blo cercano y Gaudencio se enfureció y lo corrió. La última noche, en el paroxismo de la descon-fianza, y obnubilado por el canto del pichacuate, cavó un pozo en su habitación, tomó un bote le-chero con tapadera, lo forró por dentro con un ceñidor, introdujo las monedas y lo enterró. Tapó el pozo, emparejó la tierra, movió con dificultad un viejo y pesado mollejón y lo puso encima de donde hizo el pozo. Durante el día de hoy, salió de su habitación sólo una vez, ya oscureciendo. Micaela y Librado lo vieron que se dirigió a la cocina, de donde trajo un botellón con agua, lo metió en su cuarto y se encerró. 

Hoy por la noche no encendió la luz. Se oyeron murmullos como si platicara con alguien. Después gritos despavoridos y lamentos. En sus oídos y su cabeza seguía resonando el canto repetido, incan-sable, fastidioso, del pichacuate. Se oía su respi-ración jadeante y maldijo al diablo en voz alta. Sintió correr por su rostro un sudor frío. Se escu-charon ruidos como de una carrera adentro de su habitación. Pidió ayuda a Dios. Las fuerzas le flaquearon. Sus piernas no obedecieron y se des-plomó. Se arrastró haciendo un esfuerzo sobre-humano y se vio que abrió la puerta del corredor. En ese instante se hizo un silencio absoluto. El tecolotillo dejó de cantar. En seguida Micaela y Librado percibieron un aleteo dentro del cuarto de un ave grande, que a través de la penumbra del corredor, vieron salir de la habitación sobre el cuerpo de Gaudencio. Le alcanzaron a distin-guir el pecho y pudieron darse cuenta que se tra-taba de un tecolote. El ave se alejó por el patio en la oscuridad y todo quedó en silencio. Encendieron una vela y se encaminaron a la puer-ta de la habitación de Gaudencio. Estaba tendi-do, inmóvil, sin respiración, con los ojos abiertos, el rostro sangrante, con un rictus de terror. Las manos crispadas y en ellas, pequeñas plumas de color chano, sedosas, aterciopeladas, pegadas a la piel con un sudor viscoso.