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El espanta pericos Editar

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Fue un temporal escaso de lluvias. La vida del pueblo dependía de lo poco que llovía. Casi todos los habitantes del lugar, unos más, otros menos, eran labradores. 

Un comienzo promisorio del temporal los hizo precipitarse a sembrar sus tierritas y en seguida se dejó sentir una sequía alarmante. Los vecinos, preocupados, acudían al templo a santiguarse y hacer oración, pidiendo a todos los santos para que lloviera. Otras veces, con permi-so del Señor Cura, sacaban santitos en procesión. Les entristecía mirar sus milpas ralas y marchi-tas en medio de aquel arenal abrasador. Se formaban unas nublazones impresionantes y unas negruras que hacían pensar que la lluvia era segura. En algunas ocasiones retumbaba el ambiente con, los truenos, y no llovía. Temerosos de ver sus esperanzas de cosecha en peligro, se dirigieron al Señor Cura párroco para pedir su intervención con el fin de conseguir per-miso de que trajeran el Santo Entierro del Ran-cho de Villa para llevarlo en procesión por el cam-po.

Lograron lo que se proponían y cuando ya estaba en el valle el Cristo bajado de la cruz, en su Santa Urna, organizaron una procesión con rumbo a las labores de maíz. 

Hombres y mujeres con semblante mortificado, iban al pasito por el callejón que lleva al rancho de Las Campanas, cantando alabanzas, atrás del Santo Entierro. 

Alejo Contreras, dueño de ese rancho, tenía su labor en jilote y arrancó cañas de la milpa para darles a los que iban en la procesión, una caña a cada uno para que la llevaran en la diestra. Le dijeron a Severo Alcaraz, dueño de la labor que colindaba con la de Alejo, que si les daba unas cañas de milpa a los que faltaban y les dijo que no, que él no las arrancaba, que era pobre y que si se ofrecía ni llovía, y que la milpa, como esta-ba, algo le habría de dar. Doña Efigenia Rosales, que iba en la procesión, le dijo: - iPero santo cristiano!, ¿Qué se ha de hacer con que arranque unos cuantos cañutos de milpa ?. - No, a mí déjenme así - , contestó Severo. Siguió la procesión y volvieron al templo. Eso fue el martes. Para el jueves ya cayó una buena tor-menta. Pero de manera inexplicable y como en forma de superstición, del límite de la labor de 

Severo para con Alejo, llovió, y para el lado de Severo, nada. Días después lloviznó en la milpa de Severo, pero ya no tuvo salvación. Las espigas se aguadaron y se doblaron, las hojas se secaron y puros molcates dieron. Eso sí, las guías de calabaza resistieron la resequedad y dieron muchas calabazas. 

Unas mujeres le dijeron a Severo: - ¡Cuántas calabazas tienes! Y él les contestó: 

- Sí, pero no me voy a comer las calabazas, esas apenas para los burros. Lo que quiero es maíz para comer yo. 

- Eso te pasa por descreído y fijado, viejo avarien-to-, le dijeron las mujeres.

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