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 El llano de San Bartolo Editar

Archivo:El Llano de San Bartolo1.jpg

Ese llano interminable que fue del General Martínez y ahora es de la Hacienda de Paso del Río, sí que es grande. Si se planta uno en terrenos de la Cruz del Coyunque y dirige la vista para donde el sol se mete, todo lo que alcanza uno a mirar hasta los cerros, es El Llano. Por donde quiera se ven las manadas de ganado guaco y si uno se empeña en querer contarlos, se le pierde la cuenta. 

Por cualquier lugar que se atraviese El Llano se ven manadas de yeguas. En el mes de mayo se acostumbra hacer la tusada. Los vaqueros y caporales de la Hacienda de El Casco, convidan a grupos de amigos que vivimos en el pueblo, para que les ayuden a arrear las bestias a los corrales. Ahí nos juntamos Esteban Novela, Carlos García, Vicente Salaz9r, Cirilo Novela, Pablo Novela, Sixto Cobián y muchos amigos más. 

Nos acomodamos montados formando un cerco y otros echan la aventada para arrear las yeguas al potrero de El Hospital, por el callejón de La Culebra. 

Como la tusada se hace en tiempos en que la tie-rra está más reseca, la polvareda que levanta el arreo, divisada desde lejos, parece un remolino. Estando ya la yeguada en los corrales, son de verse las furiosas peleas entre los garañones. Cuando dos machos de la manada se aproximan, relinchan, piafan, resoplan y lanzan al espacio cual pegasos, sus masas musculosas, impulsados y sostenidos por sus patas traseras, teniendo como fondo el cielo azul y el ardiente sol que hace re-lumbrar su pelambre sudorosa, al igual que el remolino de crines y de colas que se agitan cuan-do los nobles brutos convertidos en seres enaje-nados, se funden erguidos, como en un abrazo, se lanzan dentelladas destructoras, agitando sus cabezas como una devanadora. Giran y se lan-zan coces, oscureciendo el círculo de la batalla con las nubes de tierra que levantan. El más fuerte, el más combativo, el más endemoniado, en una con-fusión de relinchos y mordiscos, aleja al vencido. Comienza la pialadera de yeguas y nos juntamos de diez a quince jinetes. Unos lazando y tumban-do y otros tusando. Se apilan las crines que después servirán para hacer hilos de cinchos y cabrestos que se usan en las bestias brutas. 

Cuando termina la faena, nuestras bestias están trasijadas y a nosotros lo único que se nos mira de la cara es lo blanco de los ojos. A fines de las aguas, cuando ya ha pasado la ca-nícula, por el mes de octubre, se hace la capazón de toretes de dos años y dos años y medio. Comenzamos muy temprano. Nos hacemos nues-tras mañanitas con canela o café con un chorro de bebida fuerte para entonarnos y después de arrear el ganado a los corrales, hacemos nuestro trabajo. Ese día el almuerzo se hace con criadillas asadas. 

Como hay mucho ganado de cría, hay un caporal con cinco vaqueros en El Casco y un caporal con cinco vaqueros en Camichines. Hay potreros de engorda, que son paraneras cer-ca del río grande y un potrero chico que se llama El Hospital, a donde va a dar el ganado que se encuentra enfermo y ahí se le cura. Hay un potrero que le llamamos La Estaca del .Judío, porque ahí recalan animales ajenos que no tienen donde pasiar; son caballos, mulas, bu-rros, chivos, puercos. Ahí hay animales de todos. En tiempos pasados, cuando pegó el derriengue y el carbunco en el ganado, no se daban abasto los zopilotes y el llano nomás blanqueaba de tantos carcajes de animales.

Después, cuando pegó la fiebre aftosa, era una lástima ver tantas reses enfermas, pero fueron más las cabezas sacrificadas por los de la cam-paña, que andaban en unos jeeps amarillos, que por la enfermedad. A fe que ahora, con tantas vacunas ya son pocas las reses que se mueren por enfermedades. 

En tiempo de aguas, el llano es perfumado por flores de sierrilla, tacotes y hiedras y después de un día lluvioso, los lomillos que deja figurados la corriente en la arena, nos hacen sentir que pisa-mos tierra virgen, sin ningún rastro pintado. 

En las secas, las pitayas, las pitajayas y las cirue-las cimarronas calman nuestra sed. 

El día languidece. El cielo se tiñe de púrpura. Ya las chicharras nos aturden con sus cantos. Los pájaros vuelan a sus nidos. El ganado reconoce a sus querencias. Los bramidos de la vaca que busca a su becerro, y los grillos, rompen el silencio. Un vaquero que vuelve a su jacal, entona una can-ción campirana. Los alumbradores parecen cien-tos de cerillos que se prenden y se apagan. 

El Llano se duerme y en El Casco, en Camichines y en Santa Rosa, se encienden los candiles.

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