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El párpado caído Editar

Archivo:El Párpado Cáido1.jpg

 - iQui'ubo Epigmenio!. ¿Cómo la pasas?. - Bien Ingeniero, ya me ve aquí muy tranquilo. Jálese la silla mi Inge. - Demasiado tranquilo. ¿Por qué no te vienes con nosotros a la brecha que estamos haciendo rum-bo a La Placita, para que se te calienten los hue-sos?. Siempre que vengo te encuentro en una sola postura, jineteando la hamaca. - ¿Qué quiere que haga Ingeniero?. Si mi vieja no me deja trabajar y si así estoy a gusto, pues que así sigan las cosas...¿No le parece?. La mujer me atiende bien, para que es más que la verdad y ya me acostumbró. 

- Amanéce, agarro mi caballo y el burro y me voy a traer la leña que mi compadre Evodio ya tiene cortada. La descargo en el patio para que se asolié y luego me le parto a la hamaca. Apenas me voy quedando, cuando ya la vieja le está echando gri-tos a uno para que se vaya a almorzar. Que el pocillo de café con galletas, que el sope calientito con requesón, que la gorda con jocoque, no falta qué. Ya almuerza uno y se le va a la hamaca y le entra a uno el sopor.

- Cuando menos acuerda uno, ya la vieja le está echando gritos para que se vaya a comer. Que la cecina asada con frijolitos chinos con un pedazo de queso, que los blanquillos estrellados, que el arroz con leche. Se le va uno a la hamaca y le en-tra el sopor. - Sin sentir se llega la hora en que la vieja lo está llamando a uno porque ya está lista la cena. Como ya se oscurece, entonces se va uno a dormir por derecho. 

- Si le digo que la vieja sí me atiende. Amanece otro día y lo mismo. - En antes, cundo tenía la otra mujer, Lugarda, yo había arreado el vicio del chínguere. Pero las guarapetas que me ponía eran muy pesadas. Amanecía pepenándomele al cántaro del agua, con el gaznate reseco y la panza ardiendo por la cruda y por eso me quité esa mala imposición. Pero tenía razón porque esa mujer me daba mo-tivos. Era retobada y le aspiraba a mandar. Me tenía muy exigido. Quería que trabajara, me li-mitaba la comida. Me echaba de mal modo un sope martajado con chile y me daba una tasa de canela. Me tenía diario relamiéndome como el perro del carnicero y a mí no me ha gustado que los bocados que me como me los estén contando. Le gustaba sembrar la imbromia y llevaba siem-pre la contra. Era rezongona y aunque estuviera escupiendo pedazos de dientes, no le tapaba la 

boca. Se enojaba hasta con el viento. Yo sentía que ya me había agarrado tirria. - Yo siempre me dije: lo que no puedes ver, en tu casa lo has de tener. Ya me trozaba de lo flaco que estaba y hasta el sueño se me espantaba. Nomás los cueros me colgaban. Ya pisaba despacito, como las bestias espiadas. - La consentí un tiempo, pero por anclarla consin-tiendo ya me andaba llevando la tiznada. Bueno, tanto como llevarme, no me llevó, pero sí me arras-tró un buen trecho y ya se me andaba mascando la soga. - Una de las cosas por las que me comenzó a dar en cara esa vieja, fue que se volvió muy resbalo-sa y un día la hallé palabreándose con uno en la puerta. - Esa vez le dije: en esta casa no hay más que un hombre que es el que manda y también no quiero aquí parones ni pegostes cuando yo no esté. Aquí no hay Más cera que la que arde. - Lo que me colmó el plato fue que un día se burló (le mí. Yo estaba en la hamaca y ella estaba en-frente echando las tortillas. Al estar torteando, agarró con el puño los machigües, me los aventó a la cara y me dijo: 

- Como que llovizna. Ya me había llenado el buche de piedritas y cuan-110 ya sentía que me hervía la sangre de muina, ya no aguardé más. Me levanté de la hamaca, agarré un leño y le dije: - Como que te cae un rayo. Y se lo dejé ir en mero enmedio de la partidura del cabello. No tuvo tiem-po ni de sorberle al moco y allí quedó hecha mon-tón atrás del metate. - ¡Ándele, eso quería, se lo estuve diciendo y no entendió!. - iY ahí nos vimos mis caras largas, hasta pron-to!. - Fui a parar más allá de la trastumbada del ce-rro y gané el monte entre huizapoles y breña. - En cambio, ésta se desvive por mí. Es muy man-sita y casi me adivina el pensamiento. Siempre hay que decir la verdad. Es muy voluntariosa y le he cobrado mucha voluntad. Como el tiempo está trabajosito, ella le mueve a su quehacer. Viene a la hamaca y me trae un abanico para que me es-pante el calor y hasta jabón de olor me tiene para que me bañe, pero a mí eso no me cuadra mucho. - Yo lo único que hago es arrimarle la leña para el fogón. - Ese caballo que mira ahí persogado, es con el que cabresteo al burro cargado con la leña. Se llama el Seven porque no tiene cola. - ¡Oye vieja!, tráeme mi nis... - Hombre ojitos no tomes anís, si dices que te hace daño el vino. - Si no le estoy pidiendo anís, le estoy pidiendo mi nis...café. - Mi vieja dice que a los palos hay que hallarles el hilo y a los hombres el lado. Yo creo que es cierto. - ¿O no, Ingeniero?.

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