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El rastro del malechor Editar

Archivo:El Rastro del Malechor 1.jpg

i...Trrraaannn...!

Resonó hueco, sofocado, el trueno de un disparo que al correr y rebotar en el cerro de San Miguel, bajó con el aire al valle en ecos rasgados como lamentos lejanos. 

No era tiempo de monte verde. Era ese tiempo de zacates, tacotes y espigas secas, cuando el aire sopla frío con olor a palos quemados, en una mañana en la que los primeros fulgores iban desbaratando las sombras de la noche y caían sobre el monte cenizo apenas mojado por el sereno. 

Ruperto acababa de ensillar su bestia. Higinio estaba preparando los aperos de la suya. Diego, El Diablo, acomodaba una costalera y yo me encontraba encorrellando una canasta pizcadora con cuero crudío. 

En seguida oímos el galope de dos bestias, pero con rumbos distintos. En tres zancadas yo ya te-nía la carabina en las manos. Agarramos nuestras monturas y nos fuimos en dirección a donde escuchamos el disparo, que no era muy lejos.

El rancho está en un altito. Al bajar al camino, divisamos el falsete donde está el palo alto, abierto, y junto a él, un cuerpo tirado. Nos arrimamos, escudriñamos con la vista el derredor. Todo silencio. Yo me apié del caballo y reconocí que el hombre tendido era Donaciano Birrueta, el dueño de la propiedad en donde trabajamos. Él acostumbraba llegar al rancho diario a esa hora a caballo. 

Cuando nosotros llegamos al lugar, su bestia ya no estaba. Inferimos que se bajó del caballo con las riendas en la mano para abrir el falsete y, al trueno, la bestia se desbocó y arrendó al pueblo. Me agaché. Lo enderecé, le vi el rostro como de cera y un solo quejido dio: iAy Dios!. Soltó el cuerpo y ladeó la cabeza. Tenía el pecho y la espalda empapados de sangre. Les dije a Higinio y a Diego : - Échenlo a una de las bestias de ustedes y llévenlo a su casa al pueblo. Den parte a las autoridades. 

Tú Ruperto, vente conmigo. Vamos a seguir a ese gusano mala entraña que le disparó. Había en el camino rastros de la bestia de Donaciano y tantito antes de llegar al falsete, señas de que el caballo se dio un atrancón. 

Como a veinte pasos del lugar en donde quedó el difunto, en la orilla del camino, en el monte, ha-llamos un paraje, que de seguro fue en donde se apostó y lo espió el malhechor. Había un cartucho usado tirado, del O para retrocarga de calibre 12. Encontramos huellas de huaraches con garbancillos, que no se usan en la costa. En una horqueta de un palo, estaba atravesada una chaqueta de gamuza. Bajé la chaqueta, la comparé con mis hombros y la vi de mi cuerpo. Medí los rastros de los huaraches y median como los míos. Yo los uso del 27. 

Le dije a Ruperto: - Ya sabemos mucho de la sabandija esa: no es del rumbo, es arribeño, es delgado, de mediana estatura y no ha hecho muchos trabajos de estos antes, porque en su huida, no echó de ver que dejó rastros. Tiene sangre fría. No se atarantó ni tantito y le hizo el tiro en el momento en que lo tenía que hacer, por la espalda. Tenía los nervios bien comandados. Estuvo aquí atejonado, espiándolo desde antes de que amaneciera. Por un lado había señas de que había desahogado una necesidad corporal. Adentro del monte, con rumbo contrario a donde llegó el finado, estaban las ramas del zacate dobladas. Seguimos su rastro. Como a cien metros del paraje, había un atolladero fresco, de alguna bestia caballar que estuvo ahí colgada un tiem-po. Encontramos en el lugar un cabrestante re-ventado. Como que al momento del trueno, la bes-tia se asustó y lo trozó. Le dije a mi compañero: - Vamos a seguirlo, no debe ir lejos, no conoce es-tos rumbos y se va a perder. Había señas de que el tirador siguió a pie. Ruperto y yo íbamos a caballo. Yo llevaba la carabina en la mano, la mente clara y la yema del dedo puesta en el gatillo. Cuando llegamos a un lienzo de alambre, momen-táneamente perdimos el rastro. Nos desviamos buscando una pasadera en la cerca. Encontramos un portillo en el cercado y volvimos por el otro lado al punto en donde perdimos las huellas. Las vol-vimos a hallar y las seguimos. Llegamos a un lugar sombreado y húmedo en don-de hay un higueral y palos de agua. Por ahí pasa un corredero de agua formado por los esquilmos nacidos al pie del cerro. Los rastros se perdían en la orilla del agua. Atra-vesamos el jagüey y los encontramos nuevamen-te. Ahí el malhechor dudó. Hallamos huellas que iban para un lado y que después volvían al mis-mo sitio. 

Ya era cerca de medio día. El cielo era triste, plo-mizo, lleno de calma. Esa mezcla de humo, polvo y bruma que empaña la atmósfera. Ni una sola alma encontramos por esos lugares. Sólo unas reses que al vernos resoplaron y huye-ron en estampida. El monte se cerraba en breña-les y zarzas. Únicamente por un lado había un claro por donde seguimos adelante con las hue-llas perdidas en un suelo resquebrajado por la prolongada resequedad. De pronto escuchamos dos truenos seguidos igua-les al que oímos temprano cuando cayó herido Donaciano. En seguida otros truenos diferentes. Nos detuvimos y nos escondimos atrás de unas parotas. Después de ocho a diez disparos, se hizo silencio. Oímos rumor como de plática y un relincho. La yegua en que iba Ruperto contestó el relincho y nosotros no nos movimos. Vimos venir dos bestias al trote montadas por soldados que nos marcaron el alto con las armas en la mano. 

- iQuiénes son ustedes. Qué buscan!. - Venimos del rancho de La Escondida siguiendo a un malhechor. - iSuelten el arma. Caminen!. iJálenle adelante!. Caminamos un trecho y estaban otros tres solda-dos desmontados. Uno se miraba herido.

Aquí traigo a estos que me los hallé aquí atrás de donde venía el individuo ese. Traían un arma. Un cabo se adelantó y me dijo: - ¿A quién buscan?. - Venimos siguiendo a un individuo que mató al patrón hoy en la mañana. Divisé un cuerpo tendido sobre el suelo y luego le vi los huaraches con garbancillos y le dije al cabo: - Ése es, el que está tirado. Eran unos soldados de la partida de caballería de Coahuayana que venían en busca de unos robavacas que se habían huido, se toparon con el criminal que llevaba la angustia anudada en el pecho y la mente turbada, les hizo frente y ahí acabó su vida.

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