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El tartajo Editar

Archivo:El Tartajo1.jpg

Se llamaba Agustín González. Fue primo herma-no mío. Nos criamos juntos en los cerros, entre los encinos y los ocotes, donde el viento lleva el ruido del monte y el suelo está blandito por los ocochales de los pinos, en terrenos cercanos a Mazamitla. Era un poco más grande que yo. Nunca se supo que fuera peleonero o desordenado y se dedica-ba a su trabajo, que le gustaba mucho. Lo que hacíamos era pastorear unas vacas de mi padre y otras de mi tío Jesús, padre de Agustín; acarrear pastura y sembrar en las aguas. Cuando Agustín tenía apenas unos doce años de edad, por órdenes de mi tío Jesús, tenía que un-cir novillos para arar y seguido lo abarrajaban por allá los animales brutos. Un día que su padre lo mandó que unciera unos novillos, hubo oportunidad de que Agustín diera muestras de su valor. "Tartajo le dijo: - Ese novillo es bravo, papá. - iQué bravo va a ser esa garra de animal!. Le quiso poner la muestra de cómo uncirlo y el animal lo enganchó, lo zarandeó y lo aventó como muñeco contra el suelo. Lo fue rodando con los cuernos hasta la orilla de un precipicio que esta-ba cerca. Al ver aquello, Agustín agarró una co-bija que tenía horqueteada en un palo, le habló al novillo y se lo quitó de encima. Se le vino a "Tartajo", que le largó la cobija, brincó por enci-ma de una atarjea y logró escabullirse, mientras que mi tío pudo levantarse y ponerse fuera del alcance del enfurecido animal. Siendo Agustín chico de edad, un dicho Silvestre mató a un hermano suyo, mayor que él, que se llamaba Zenaido. Aunque "Tartajo" no lo cono-cía, supo su nombre y el grito de la sangre lo hizo pensar en vengar la muerte de su hermano. Cuando estaba añejo y ya trabajando en labores de hombre grande, en el campo, un día fue a traer agua en su bule a un pozo cercano. Junto al pozo había un nogal grande y en su sombra estaba un grupo de hombres que comían, bebían y reían, y alcanzó a oír una plática. Uno de los allí reuni-dos, le decía a otro: - ¿Sabes cuándo fue, Silvestre?, poco tiempo des-pués de que mataste a Zenaido. Al oír el nombre de su hermano, puso mucha aten-ción en quien hablaba y al que se dirigía. Siguió llenando el bule y el grupo no se dio cuenta que los oía el muchacho. Grabó en su mente su fisono-mía. 

Tiempo después supo que ese individuo se había ido a trabajar a otra parte, y lo siguió. Consiguió trabajo en donde él andaba y buscó su amistad confiado en que el tal Silvestre no sabía quién era. En ese lugar, en unos potreros a un lado de la Loma Rabona, había una siembra de trigo que ya andaban cosechando. Agustín tenía una rozadera de anillo, resistente, nuevecita, y todas las tardes, cuando salía del tra-bajo, la afilaba cuidadosamente con una piedra de amolar. 

Un día cuando se reunía el grupo en un descanso para comer su bastimento, Tartajo se dirigió a donde tenía colgado el costalillo con su comida, en un palo. Lo bajó, lo tomó con la mano izquier-da y se encaminó a donde estaba aquel indivi-duo, en ademán de ofrecerle lo que iba a comer, llevando la rozadera en la mano derecha. Silves-tre le hizo confianza porque ya lo había visto va-rios días en el trabajo, había platicado con él y dejó que se acercara. El individuo al que se dirigió Agustín, traía una daga en su funda, ancajada por el lado derecho del fajado y antes de darle tiempo de que hiciera ningún movimiento y sin hablarle, lo ensartó con la rozadera por el costado izquierdo, le dio un recorrión para el otro lado y le rajó toda la pan-za, como si lo hubiera agarrado una sierra. Sil-vestre se dobló con las tripas de fuera. Agustín arrancó carrera con la rozadera en la mano y ganó al monte. Esto pasó en la Hacienda de El Pelillo, por el rumbo de Tapalpa. 

De ahí se fue a Sayula y se dio de alta en el bata-llón del Ejército que había en ese lugar. Yo supe que lo habían visto y lo fui a buscar, y sí, ahí lo encontré. Platiqué con él y me contó cómo había estado la muerte que había hecho. Con todo y lo tartamudo que era, yo sí le entendía y le adi-vinaba lo que quería decir, porque desde chicos anduvimos juntos. No sé si vive o muere, porque en Pueblo Nuevo, de esos días para acá, no se ha vuelto a saber nada de él.

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