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 JOCOQUILLA Editar

Archivo:Jocoquilla1.jpg

¡Mira tío, tú no puedes entregar a José al gobierno porque es de tu sangre, y mañana o pasado no tendrás ninguna garantía ni apoyo de nadie de nuestra raza!

Además, José no tuvo la culpa. Él hizo su deber, pues defendió su vida.  Todos saben que Aurelio lo provocó y buscó el pleito, porque Aurelio, que Dios lo haya perdonado, era muy faltoso y ofensivo. Tú hazte sordo y deja que las cosas queden como están.

Eso le dije al coronel Guadalupe Lucatero, tío mío y tío también de José Quiroz Lucatero, “Jocoquilla”, primo hermano mío, que fue el que peleó con Aurelio. 

Ellos habían reñido porque ya tenían dificultades hace mucho tiempo. Eran primos hermanos. Aurelio tenía los apelativos de Arteaga y Lucatero. Los dos habían pretendido a la misma mujer. Por díceres de la gente se enemistaron y ya hacía tiempo que se recelaban uno al otro.

La gente contaba un enjambre de mentiras y los mismos amigos los ponían de punta. Unos de decían a Aurelio:

- José anda hablando de ti y dice que ya le anda por encontrarse contigo.

José era muy sosegado y Aurelio muy arrebatado.

Aquel día se encontraron en un fandango, el el rancho “Las Cebollas”, en donde vivíamos, aun la do de Coalcomán. Aurelio, riéndose, se burló de José y en seguida sacó el machete y le dio un fajo en un cuadril.  José se echó  para atrás y también  sacó su machete. Aurelio le tiró un machetazo, José se agazapó y burló el golpe. Aurelio era muy liviano de movimientos y al incorporarse José, le tiró un sablazo a la cabeza que José esquivó haciéndose a un lado, pero el machete le alcanzó a dar un sayón en el brazo izquierdo y le cortó el antebrazo. Al sentirse herido le dijo:

Primo ya me tiraste a matar.

Entonces José lo apretó y se fue sobre él, haciéndolo recular y recular.

En una reculada que dio Aurelio, se encajó en el talón del pie izquierdo una varilla de fieroo uqe estaba enterrada en el suelo, perdió el equilibrio y cayó de espaldas.

José ya herido y encendido, le dijo:

-Tú tuviste la culpa, tú comenzaste, ya te tocaba y te vas a morir.

Le lanzó un machetazo al hilo de la cabeza, enseguida otro atravesado, figurando una cruz y ahí terminó la vida de Aurelio.

Con presto José miró a Aurelio sin movimiento, a la vista de todos que habían presenciado cómo Aurelio lo desafió, recogió su machete y se fue.

En seguidita, fueron los amigos de Aurelio con la noticia de lo sucedido a donde estaba el coronel Guadalupe Lucatero y le pidieron que apresara a José.

Guadalupe Lucatero era coronel de las fuerzas federales que andaban combatiendo a los cristeros y al tener conocimiento de la riña y de la muerte de Aurelio, tuvo la intención de buscar a José, pero después de lo que yo le dije, se desentendió de él.

En esto, Santiago Quiroz, hermano de José dijo:

-Yo no quería que fuera Guadalupe el que lo apresara, yo lo voy a entregar.

Santiago llevó a José al gobierno y aclarado que estuvo la agresión de Aurelio a José, lo soltaron y le dijeron:

-Pélate de aquí.

Fue cuando José Quiroz “Jocoquilla” se vino a la costa de Colima. Cayó a Tecomán cuando él tenía unos veinticinco años de edad. Para entonces, estaba ciego de un ojo que le habían cegado las viruelas. 

Ya desde que vivía en mi rancho le decían “Jocoquilla”, porque él es bajito y blanco y le hallaron parecido con una abejita de colmena, chiquita y blanca, muy brava que así la nombran.

José, mi primo Cuco y yo fuimos cristeros y tuvimos acciones en la Guadalupe, Chichihua, Pinolapa, Los Fresnos, La Cofradía, El Salitre, La Guayabera, La Máquina, El Nacimiento y Astala.

Un mayor federal que había sido cristero y luego cambió de chaqueta, se dio a la tarea de perseguirnos con su gente y nos acosó en donde nos escondíamos y después de un intercambio de plomo, Cuco mató al mayor y  a los demás les dimos carrera.

José Quiroz, después de los hechos en que mató a Aurelio Arteaga, como ya les decía antes, huyó a la costa de Colima, y a raíz de eso cambió de carácter. Se hizo irascible, agresivo y comenzó a dar muestras de enajenación mental. 

Al darse cuenta de sus reacciones los demás empezaron a burlarse de él y se vio envuelto en pleitos con otros cristianos. Por las contínuas riñas en las que intervenía, recibió fuertes golpes y heridas. Una vez lo machetearon y a resultas de un golpe, el ojo bueno casi se le cegó, de tal modo que andaba a tientas, casi siempre agarrado de un garrote que le servía de guía. Transitaba por todo Tecomán desde la madrugada, cantando alegres canciones campiranas. 

Echaba guacos y entreveraba los cantos con sus gritos singulares:

-¡Que viva el coronel Guadalupe Lucatero!.

-¡Que viva mi general Lázaro Cárdenas!.

Cuando todavía no se apagaba la luz de las estrellas en el cielo, recorría el pueblo por media calle.

Yo me he quedado admirado por su resistencia física. Andaba como un judío errante. Comía lo que le regalaba la gente y desperdicios que encontraba. Dormía en un baldío de la orilla del pueblo, debajo de una coliguana y encima de un montón de piedras, que de seguro fueron acarreadas para los cimientos de una futura casa, en donde tenía como colchón un puño de costales y de hilachas viejas que le daban, sin más protección ni en las aguas ni en tiempo de frío. Nunca se enfermaba.

A su dormitorio llegaba al oscurecer y en la madrugada, cuando comenzaban a trabajar los molinos, ya andaba recorriendo calles cantando, echando guacos y gritando vivas al general Lázaro Cárdenas.

Tenía sus ratos de hombre tranquilo se podía platicar con él si se le hablaba de buen modo. A él le encantaba que le dijeran como saludo:

¡Quihubo compadre!

Si no le gritaban el sobrenombre que tenía, a nadie ofendía ni buscaba pleito, pero en  cuando oía un grito de …¡Jocoquilla!, ya tenía  las piedras en la mano y comenzaba a desparramar pedradas a rumbo, según de donde oía que venía el grito.

Así caminaba las calles y se le arremolinaban los niños, que, valiéndose de su ceguera, se acercaban y le gritaban:

¡Jocoquilla mata perros!

Y cuando José comenzaba a repartir pedradas, la corredera de pelados.

Teniendo ya la ira encima y sin poder mirar, no respetaba rumbo y a veces apedreaba casas. Algunas gentes grandes afectadas por la piedriza y que no tenían nada que ver con su enojo, se hacían justicia por su mano y lo garroteaban o lo apedreaban a su vez.

Cuando se hizo el drenaje en Tecomán, algún tiempo después de la borrasca grande del 59, se abrieron  muchas zanjas y pozos hondos para los registros. Un día, en la madrugada, Jocoquilla cayó a un pozo de esos y se golpeó de fea forma. Quedó como un Santo Cristo. Lo tuvieron en la Cruz Roja por muchos días y allí lo curaron.

Así, por muchos años, Jocoquilla fue parte del ambiente y del paisaje de Tecomán, en donde era conocido por todo el mundo y despertaba la curiosidad de todos, porque además  de su locura, la firmeza de su voz, sus desplantes y su figura, lo hacían ser diferente.

Su indumentaria la formaba a base de ropa que los prójimos le daban. Pantalones que casi siempre le quedaban grandes, camisas con el faldón suelto. Calzaba botas, sombrero chico y un costalillo colgado al hombro en donde guardaba comida y piedras que juntaba en la calle. En su rostro, la barba espesa, crecida de varios días, pero todavía negra.

De pronto desapareció de Tecomán. No sé si vive o muere. Dicen que se lo llevaron al asilo de Colima. No sé.

Lo que sí sé, es que donde esté todavía y mientras tenga fuerza en su voz, en las madrugadas aún han de resonar sus gritos de guerra:

-¡Que viva el coronel Guadalupe Lucatero!.

-¡Que viva mi general Lázaro Cárdenas!.

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