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Cuando aún no existían en Tecomán carreteras y vehículos de motor, había callejones llamados caminos de herradura y veredas por los que se transitaba en bestias y a pie a todo lo largo y lo ancho del valle. En esa forma se llegaba a los diferentes lugares poblados y a donde se desarrollaban trabajos de la actividad humana de esa época.

Los callejones y veredas que llevaban con rumbo al mar, eran ocupados por numerosos viandantes en las secas, ya que en muchos lugares del litoral existían salinas, donde había un intenso trabajo durante los meses comprendidos entre febrero y junio, tiempo de producción de sal.

También coincidía esa actividad con la época de paseos a los esteros y al mar, cuando éste se encontraba más tranquilo y las aguas de los esteros limpias.

Las personas que decidían ir al mar, lo hacían con el doble propósito de bañarse y de ir al pescado.

El camino para El Tecuanillo y El Tecuán que pasaba por La Palmita, La Zompaslera y El Naranjo, era muy transitado. Las autoridades de la época mandaban limpiar el callejón, desramando el monte que sobre de él caía, desde Tecomán hasta El Naranjo, para facilitar el tránsito libre de bestias. En esa época abundaban en los esteros el camarón, la jaiba y el pescado.

En la misma forma se llegaba a El Real y a Boca de Pascuales. Siendo el mar de estos últimos lugares el más cercano a Tecomán, hacia allá se hacían con más frecuencia paseos de grupos de personas a caballo. En la orilla del mar existió siempre una tupida mezquitera que dejaba pequeños claros por los que se podía llegar a la playa.

La Peña de El Real siempre ejerció una gran atracción para nuestros antepasados y hubo atrevidos nadadores de la antigüedad, que lograron hacer el viaje a nado de ida y vuelta, atraídos por el influjo del magnetismo de esa gran roca que ha sido tan admirada por todos los que nos hemos extasiado en la contemplación del mar en ese lugar.

Como a 500 metros hacia el suroeste de donde hoy se encuentra el tanque elevado del servicio de agua potable de Pascuales, existió desde los primeros años del presente siglo, sobre del médano, una casa de teja de cuatro corredores de la que hablamos en el capítulo referente a las salinas, que perteneció a los propietarios de ellas y que estaban en un sitio cercano.

Muy cerca de la casa, había una noria cuadrada.

Cuando se dejaron de trabajar las salinas y los propietarios ya no acudían a ella, los paseantes la ocupaban sirviéndoles de protección contra el inclemente sol.

Se dice que Boca de Pascuales lleva ese nombre porque allí habitaban dos hermanos que así se llamaban y se recuerda que desde antes de la época del transporte motorizado, ya existían chozas de pescadores, residentes permanentes del lugar.

Cuando comenzaron a transitar vehículos de motor por los candentes arenales del valle, se fue formando una brecha que llevaba a la Boca en medio del tupido y espeso monte de lacerantes espinas, formando el paso repetido de las ruedas, una huella más firme que el resto del terreno, por donde se tenía que transitar sin salir de ella, so pena de quedarse el vehículo enterrado en el arenal, llegándose así hasta el lugar en que desembocaba el río de Armería en el mar.

Una vez que hubo mayor afluencia de paseantes a la Boca de Pascuales, se comenzaron a instalar pequeñas enramadas donde se vendía comida, principalmente pescado, durante las secas. Basilio González fue el primer comerciante de ese ramo que se instaló en un lugar muy cercano a la desembocadura del río. Su enramada estaba sentada en un lugar elevado, como a un metro del nivel del suelo, sobre un cimiento de material y con piso de madera.

Poco tiempo después Doña lnés González también instaló una enramada con servicio durante las secas, donde vendía comida a quienes acudían a pasar el día en ese lugar.

Se avecindaron pescadores que surtían de mariscos a esas enramadas y que allí habitaban aguas y secas.

Tiempo después se instalaron con negocios similares Enrique Andrade, Donato Anguiano, Jorge Solórzano, el doctor José Ramos Alcázar y el Mayor Salvador Gallardo Ochoa.

La brecha que conducía de Tecomán a Pascuales, pasaba por El Ranchito situado donde hoy se encuentra la Vivienda Popular y la colonia Benito Juárez. Este terreno en los años veintes perteneció a Don Bartolo Núñez, después a Don Benjamín Novela y luego a Don Francisco Dueñas Radillo. Enseguida, el camino pasaba por Las Cuatas, que antiguamente formó parte de la Hacienda de Paso del Río. Más adelante se pasaba por Santa Gertrudis y La Gloria de Don Refugio Sevilla y por último por la propiedad de Don Jesús Gómez Silva que linda con el mar.

Entre 1940 y 1950, antes de la construcción de la carretera pavimentada y ya habiendo camiones de carga, el típico paseo al mar en tiempo de secas, para festejar un cumpleaños, para atender a una visita, o por el simple gusto de ir a gozar las delicias del baño en el río y en el mar, consistía en almorzar temprano y hacer los preparativos del viaje, entre ellos disponer de los alimentos que se llevarían para la comida de medio día.

Concurrían al paseo, además de la familia que lo organizaba, amistades del barrio. Siempre han sido los jóvenes los más entusiastas y ellos invitaban a muchachas y muchachos de su edad. Se llevaban equipales o sillas de tule para las personas mayores que viajaban sentadas en la parte delantera de la tarima y en la caseta del camión. Los muchachos hacían el recorrido de pie. Se ataba una soga a media altura, de lado a lado de la parte trasera de las redilas y de allí se sujetaban los que iban parados.

Como el monte era tupido y formado por árboles espinosos en su mayoría, como el guamúchil, timúchil, mezquite, huizache, palo fierro, granjén, periquillo y árboles de ramas varudas como la coliguana, había que ir esquivando los golpes de las ramas. Sin embargo, y a pesar de la incomodidad, el recorrido del camino se hacía con mucha alegría, ya que durante el tiempo que duraba el viaje, los jóvenes iban entonando canciones de moda en esa época.

Una vez que se arribaba al final del camino, cerca de la orilla del mar, había un lugar apisonado donde daban vuelta los carros y un sitio sombreado bajo unos mangles que existían en la orilla del estero, en un lugar cercano a donde ha estado por muchos años la enramada de Basilio González.

Con ansiedad por darse un chapuzón, los paseantes bajaban equipales, sillas, ollas y cazuelas con la comida y se disponían de inmediato a darse un baño que podía ser en la boca del río o en el mar. Después del baño, ya con el apetito abierto, se daba cuenta de los alimentos que se llevaban y de mariscos que se vendían preparados al momento en las enramadas del lugar. Enseguida de eso venía el reposo y se organizaba nueva sesión de canto vernáculo a cargo de los jóvenes. Después de la zambullida final, buscar a los extraviados que no aparecían y el retorno feliz en medio de nuevas canciones, para llegar al pueblo al caer la tarde.

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