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La cruz de plaza Editar

Archivo:La Cruz de Plaza.jpg

- iBuenos días lucero, mi hiedra color de rosa, le-vanta la cara para mirar tus ojos!. Por un lado del sendero y pisando el barro rese-co, cerca de su jacal, caminaba Teresa llevando en sus brazos un cabrito recién nacido. Oyó el paso de una bestia, muy cercana a ella, las voces que le dirigía el jinete y apresuró el paso. El jinete se le adelantó, trató de taparle el camino a la vez que inclinaba el cuerpo en ademán de tomarla por el brazo. Ella eludió la acción del que la acosaba, soltó el cabrito y echó a correr a su casa. Hasta allí la siguió el montado. Trinidad, la madre de la muchacha, al oír el galo-pe del caballo, salió a la puerta de la choza y pá-lida de ira y temor, se interpuso. Volvió la cara y llamó a Oso, su fiel perro. El intruso, viendo la actitud decidida de la mujer y la presencia ame-nazadora del perro, detuvo su cabalgadura y dijo: - No importa, si hoy no se pudo, mañana vuelvo y me la llevo. 

- Tiró de la rienda y dio media vuelta.

La zagala, al llegar al jacal, siguió de frente y como cervatillo asustado se internó en el monte recono-ciendo el camino del escondite de su infancia, hasta donde llegaba cuando por sus travesuras o malos comportamientos infantiles, era amenaza-da por el fajo de su padre. Pasado el momento, la mujer buscó a su hija para conocer cómo se encontraba y saber qué le había dicho aquel individuo. Trinidad ya lo conocía porque él transitaba por ese camino con frecuencia. Sabía que vivía del otro lado del río y que se apellidaba Plaza, pero no conocía su nombre. También sabía que era rico y que tenía la mala costumbre de llevarse por la fuerza a muchachas jóvenes. A medio día, cuando Genaro, hermano menor de Teresa, un adolescente de 14 años, volvió con su hato de cabras desde el monte, trayendo un ter-cio de zacate y quelites, su madre le contó lo suce-dido. Ellos eran solos. No había en los alrededo-res ningún rancho cercano. Después de oír el relato de su madre, él le dijo: - Es mejor que llevemos a Teresa mañana en la mañana a Tecomán. La llevaremos con mi tía Amalia. Que se quede allá algún tiempo. - Dices bien-, contestó la madre. — Nos iremos tem-prano. Busca las crías y encierra las chivas. 

Por la tarde, el cielo se volvió plomizo. Del lado del mar, avanzaban nubarrones y comenzó a tro-nar. 

Genaro cenó temprano y se fue a descansar a su camastro, en la casa de paja que estaba atrás de donde dormían su madre y Teresa. El cielo retumbaba y semejaba su ruido grandes piedras rodando por la ladera de un cerro. El es-truendo trazaba surcos sobre el dorso del sueño. La luz incesante y cegadora de los relámpagos, recortaba la silueta del perro aullando. Un ven-tarrón removió la hojarasca. Los ramajes crepi-taron y la tierra sedienta bebió con júbilo tras prolongada sequía. Genaro recordaba el día no muy lejano en que su padre fue fulminado por un rayo cuando regre-saba de sus labores del campo. Vino a su memo-ria la figura de aquel hombre atravesado sobre la montura de una bestia, con la cabeza como badajo, movida por el paso del animal y el cuerpo suelto, inerte, cuando era traído del lugar donde lo sorprendió la muerte. El agudo punzón del subconsciente lo inquietaba y los pensamientos se apilaban golpeando su ce-rebro como un puñado de granizos. I a tormenta cesó. Todo se fue poniendo en paz. El silencio llegó. Se oyeron los grillos, los gallos cantaron.

Apenas si probó el sueño. Ansiaba que aclarara para irse con su madre a llevar a Teresa a Tecomán. Una repentina decisión se apoderó de su mente. Si el osado raptor les diera alcance, defendería con su vida el honor de su hermana, única compañía, consuelo y alegría de su progenitora. En cuanto se comenzaron a disipar las sombras, abandonó su tapeixte. Habló a su madre y a su hermana. Prepararon sus alimentos y el bule con agua. El pastorcillo de cabras tomó el machete mocho que utilizaba para cortar la pastura de sus ani-males y la leña para el consumo de la casa. Se encaminaron por la vereda, bordeando el monte, por el llano barrialoso que separaba la Zanja Prieta de Tecomán, en el camino para Cerro de Ortega. Empujados por la brisa matinal, avanzaban sin hablar, caminando sobre la suave tierra mojada. Las pisadas apenas hollaban la resucitada y ver-de hierba. El monte tomó tonalidades amarillo rojizas cuando el disco de lumbre apareció en el horizonte, atrás de ellos. Inundó el ambiente la algarabía de parvadas de pericos y en la espesu-ra de los árboles se escuchaba el canto de las chachalacas. El pastorcillo ensimismado, silencioso, presentía en su interior que algo malo les pasaría. 

Imaginando lo que podía suceder por la promesa del intruso de volver, llevaba el ánimo resuelto y la resistente determinación de no dejarse arre-batar a su hermana y conservar la unión fami-liar. Obligado por las circunstancias, su pensa-miento casi infantil, adoptaba posturas de adul-to. 

Oyeron pisadas de caballo atrás de ellos en aquél casi solitario camino. Instintivamente volvieron la vista y Teresa exclamó: 

- iEs él! 

El jinete saludó tranquilamente y preguntó hacia dónde iban. Detuvo su marcha y ofreció su cabal-gadura para llevar a la joven. Desconfiados por su actitud del día anterior, rechazaron el ofreci-miento. El recién llegado se apeó de la bestia. Adivinando sus intenciones, el muchacho fijó su vista en él con una fuerza extraña. La furia le tocó las fibras del coraje y una oleada de cólera lo sacudió de pies a cabeza. Como un relámpago, el rapaz se abalanzó sobre él y sin tener tiempo siquiera de bosquejar algún Resto, Plaza recibió un formidable golpe de ma-chete en la cabeza. Cayó de espaldas sobre el sua-ve barro. Llevó su mano derecha al cinto y sacó el revólver. No tuvo ya fuerzas para moverse. Que-dó con la pistola en la mano.

Genaro, con felina agilidad, le golpeó la cabeza varias veces hasta verlo inmóvil. Bajó el brazo con el que blandía el machete. Por su desordenada mente pasó la idea de rematarlo con su propia pistola. Dejó el machete por un lado, se inclinó y tuvo la intención de tomar el arma de Plaza, pero al tratar de quitarle el dedo del gatillo, se produjo un disparo hiriéndolo mortalmente. El muchacho se desplomó por un lado del frustra-do raptor. El estupor enmudeció a la madre y a la hermana del zagal y mordieron su llanto. 

El ladino croar de mil ranas de los charcos cer-canos ocupaba el espacio. Tiempo después, manos piadosas clavaron en el sitio de la tragedia una cruz de fierro a la que los caminantes llamaron por muchos años, la Cruz de Plaza.

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