FANDOM


La maldición Editar

Archivo:La Maldición.jpg

El cuerpo de Delfino se ha consumido. Extenua-do, macilento, yace sobre un catre en estado ex-tremo de postración. Sufre intermitentes y convulsivantes escalofríos, seguidos de fiebre y continuos y espasmódicos accesos de tos. Lo aca-ba de santolear el cura del pueblo más cercano, que ha caminado dos horas a caballo para admi-nistrarle la extremaunción. Su mujer y sus hijos lo rodean. Lo trajeron recientemente del hospital de Manzanillo, donde los médicos lo desahucia-ron.

Él siempre ha pensado mucho en Arcadia, su mu-jer, que padece una enfermedad en el vientre que no ha podido atender por su pobreza. Ha vivido con la esperanza de poderla llevar a la ciudad con un médico que la cure. Creyó que estaba muy cerca el cumplimiento de su ilusión cuando se presentó delante de él un hecho que resultó muy importante en su vida: Un día que salió al monte cargando su viejo rifle cali-bre 22 Winchester de repetición, oyó el "pata ra-jada, pata rajada", canto inconfundible de las chachalacas. Silenciosa y cautelosamente se les acercó, porque son muy ladinas y les hizo un tiro. Vio claramente que acertó en el tiro y la chachalaca herida voló y cayó retirada del árbol en don-de estaba posada. Siguió su rastro y fue a dar a una lomita, entre el monte, que en el frente tenía una piedra laja muy grande y pudo observar por un lado de la piedra y en su parte más baja, un agujero como de resumidero del agua de la llu-via. Le causó curiosidad y pensó en volver algún día a explorar el lugar. Él ya había oído decir de historias fantásticas, de entierros y cosas referentes a los antiguos indios que poblaban la región y relacionó lo que vio con lo que había oído. - iSabes Arcadia, encontré hoy algo raro en el monte y voy a volver a ver que hallo!. Voy a convi-dar a mi compadre Melesio y voy a ir mañana. Se puso de acuerdo con Melesio y otro día se re-unieron para ir a donde se topó con la lomita de tierra tapada. Se armaron con un pico, una pala de piquete y una linterna de carburo. Arcadia les echó bastimento, se llevaron un bule grande lleno de agua y todavía con el sereno de la madrugada se fueron al monte. No erró la ruta Delfino y llegaron al lugar que está situado en el Plan de El Chical que está pasando el arroyo de El Venado. - ¡Oye compadre, yo creo que aquí hay algo mis-terioso!- , dijo Delfino a Melesio. 

Encontraron la piedra laja muy grande recarga-da sobre la loma donde estaba el resumidero. Comenzaron a mover la piedra, que después de ayudarse con el pico, pudieron embrocar y a la vista de ellos apareció la boca de una cueva con un pasadizo en donde se tuvieron que agachar para seguir adelante. En este lugar encontraron una pedacera de tepalcates. Encendieron la lin-terna de carburo y entraron después a un lugar en donde la cueva se hizo alta y cabían parados sin agacharse. Aquí encontraron unos escalones figurados en el paredón de la cueva y al comen-zar a bajar, los sorprendieron docenas de mur-ciélagos que se agitaron en vuelo. Sintieron te-mor porque a un lado, vieron esqueletos huma-nos y casi a flor de tierra, semienterradas, unas figuras de barro, sorprendentemente íntegras, de ruda y tosca belleza. Indudablemente se trataba de una tumba indíge-na. Una de las figuras era un perro cebado. Otra era una figura de un hombre jorobado y la terce-ra, era una vasija costilluda con figura de cala-baza. 

Recogieron con todo el cuidado las figuras, las envolvieron en unos trapos, las pusieron dentro de un costal que llevaban y después de permane-cer unos minutos más examinando alrededor, sa-lieron de la cueva con su herramienta y objetos encontrados. Volvieron a colocar la piedra laja en el lugar en donde estaba, tapando la cueva, bo-rraron toda seña de sus movimientos y empren-dieron el regreso a su rancho Palos Marías. - iMira Melesio!-, dijo Delfino en el regreso, estos monos que encontramos tienen trazas de ser muy viejos y yo he oído decir que tienen mucho valor para la gente que conoce del pasado de los indios. Yo los voy a guardar y nomás que haya una opor-tunidad voy a ir a la ciudad y si los puedo vender, vamos a medias. Así quedaron y siguieron el ca-mino hasta su casa. 

Ya en su hogar, Delfino y Arcadia se pusieron a curiosear las figuras que encontraron en la cue-va. 

El perro ventrudo resultó ser una vasija de una tonalidad sorprendente y de un acabado en el cocimiento del barro, diferente al de la figura humana. Ésta representa a un hombre jorobado, sentado, probablemente un sacerdote o guerre-ro, porque cubriéndole la cabeza tiene una espe-cie de casco con un unicornio al frente y una in-crustación de cabeza de serpiente por el lado de-recho. La figura tiene los brazos abiertos y en la mano derecha un utensilio con figura de mazo. También como en el caso del perro cebado, es una vasija como botellón. La tercera figura es una vasija que conserva una gran semejanza en su aspecto y en color, con una calabaza costilluda de admirable simetría. 

- iMira Arcadia!, si logro vender estos monos en la ciudad, después de darle a Melesio su parte, con el dinero que nos sobre te voy a llevar con un buen médico para que te cure el dolor de estóma-go que te da hace tanto tiempo y del que te pones tan mala. Si Dios nos socorre, pronto sanarás. Dos días después, Delfino tomó dos bolsas de cor-del, envolvió las figuras con trapos y tratando con mucho cuidado su cargamento, por la delicadeza de los objetos de barro a los golpes, salió a la ca-rretera y tomó un autobús para la ciudad. Sintió temor porque aunque para él, los monos eran de su propiedad ya que él los encontró y los desenterró, había oído decir que el gobierno no permite la venta de estos objetos. Al llegar a la ciudad, se dirigió a una tienda de ropa, preguntó por el dueño y cuando estuvo en su presencia, le preguntó si se interesaba por los monos. 

- A ver muéstramelos. 

- Mire señor, tienen todavía la tierra de donde los saqué. 

- iOye, esto me huele a un fraude, yo pienso que tú los hiciste!. 

- No señor, los saqué de una cueva por el rumbo de la costa de Michoacán. 

- ¿Cuanto quieres por ellos?.


- Pues yo he oído decir que valen mucho. Deme diez mil pesos. - iLlévate tus tepalcates!. - Bueno señor, ¿cuánto me da por ellos?. - Te doy un día de trabajo y tus pasajes. - Si fuimos dos los que los sacamos y con muchos trabajos. En esa forma a mí no me va a tocar nada. - No, no me interesan. Descorazonado, Delfino tomó sus figuras de ba-rro, salió a la calle, caminó dos cuadras y vio un rótulo que anunciaba a un licenciado. Entró a la oficina y esperó a que éste se desocupara y cuan-do lo atendió le dijo: - Señor, ¿no se interesa por unos monos de los que están enterrados?. 

- ¿De dónde los traes?. 

- Del rumbo de la costa de Michoacán. - Enséñamelos. - Sí señor, aquí los tiene. - ¿En cuánto los das?. - Quiero diez mil pesos por ellos. - Mira, yo no tengo dinero, pero te voy a conse-guir un cliente. 

- El licenciado giró su asiento, alcanzó un teléfo-no que tenía cercano, marcó un número y dijo: - Aquí está un hombre que vende unas figuras de barro antiguas, si te interesas por ellas, ven, aquí está en mi oficina. 

- Colgó el teléfono y le dijo a Delfino: - Espera un poco, ahora viene un señor que se puede interesar en comprártelas. Pasan unos minutos durante los cuales el licen-ciado hizo algunas preguntas sobre la ubicación del lugar en que fueron encontradas las figuras y otros informes que pidió a Delfino. Se oyó un toquido en la puerta. Abrió el licencia-do y penetraron dos hombres armados que pre-guntaron si ese era el hombre que vendía las fi-guras y le dijeron: 

- Ven con nosotros, vamos con el jefe que es al que le interesan los monos. 

Delfino sintió un sobresalto y comprendió la si-tuación. Recogió sus bolsas y se fue con los hom-bres armados. 

Llegaron a una oficina en donde fue llevado ante la presencia de un hombre al que llamaban licen-ciado y que le preguntó: 

- ¿De dónde vienes?. - De la costa de Michoacán, señor.

- ¿Qué no sabes que está prohibido hacer lo que andas haciendo?. - No señor, yo no sabía que no fuera legal tratar de vender algo que me encontré. - Pues no es legal. Tú debiste entregar esas figu-ras a la autoridad más cercana de donde las ha-llaste. 

- Señor, tengo mucha necesidad, mi mujer está enferma desde hace tiempo de un dolor que la pone de muerte y era nuestra única esperanza de tener un poco de dinero para traerla a la ciu-dad con un médico. - Puede ser cierto lo que dices, pero te voy a tener que recoger tus monos y arrestarte. - Señor, tenga compasión de mi mujer y de mis hijos que se quedaron solos sin protección y sin quién les proporcione el sustento. - ¿Estás diciéndome la verdad?. - Sí señor, nomás mire mi persona, si yo me dedi-cara a esto, no anduviera como ando. - Bueno, nada más te vamos a recoger esas figu-ras, las vamos a concentrar al museo y te vamos a dejar en libertad, pero no vuelvas a hacer eso. - Con dificultad, Delfino pudo completar el dinero necesario para el pasaje de regreso. Volvió triste y avergonzado consigo mismo de lo que le pasó. 

Llegó a su casa y casi llorando relató a su mujer lo sucedido y le dijo con amargura: - Tantas esperanzas que tenía yo de que los mo-nos fueran nuestra salvación para curarte, y mira lo que pasó. - Volvió a su trabajo habitual del campo, sirvien-do a patrones ocasionales y pocos días después vio quebrantada su salud. Comenzó con fiebre, tos y escalofrío. Después de tres días de enferme-dad durante los cuales siguió trabajando por ne-cesidad, dejó al fin de trabajar cuando las fuer-zas ya no le ayudaron. - Recurrió a remedios rancheros, a cocimientos de hierbas. Después acudieron a comprar unas medicinas en la tienda del rancho, habilitada de farmacia y como siguiera enfermo, su compadre Darío se ofreció a llevarlo junto con su mujer a Manzanillo, después de diez días de enfermedad. Estuvo encamado en el hospital una semana sin mejoría aparente y agotados los fondos que sus amistades le proporcionaban, regresaron al ran-cho, estando él en estado de suma gravedad. Las fiebres elevadísimas que casi lo calcinan se repi-ten a continuación de los escalofríos. No prueba un bocado y la tos no le da descanso. Los médicos dijeron en Manzanillo que había con-traído una enfermedad temible llamada histoplasmosis, que ataca a las personas que en-tran a cuevas o parajes donde habitan murciéla-gos, ya que ei mermo que ia causa vive en ei estiércol de esos animales, desarrollándose esta enfermedad en la misma forma que una tisis ga-lopante, causando graves e irreparables daños a los pulmones. Los vecinos se han congregado en su casa en si-lencio. Observan los estertores de su agonía y musitan oraciones pidiendo a Dios por él. 

Se observan rostros llorosos en los rincones de la casa. De pronto los sollozos se vuelven llanto abier-to, el murmullo de las oraciones crece y ahora es un vocerío sonoro.

¡Interferencia de bloqueo de anuncios detectada!


Wikia es un sitio libre de uso que hace dinero de la publicidad. Contamos con una experiencia modificada para los visitantes que utilizan el bloqueo de anuncios

Wikia no es accesible si se han hecho aún más modificaciones. Si se quita el bloqueador de anuncios personalizado, la página cargará como se esperaba.

También en FANDOM

Wiki al azar