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Las alas gigantescas Editar

Archivo:Las Alas Gigantescas.jpg

Herminia, la madre de Baltazar, había ensayado todos los remedios que le decían para curarle los ataques. Ya le había dado a comer carne de jaba-lí que para todo sirve. También zanate cocido sin sal. Cocimiento de estopa de coco tostada con ho-jas de vainillo. Sangre fresca de pichón tierno. Le había dado sangre de un gato prieto hervida con un pedazo de oreja. Ya tenía la piel del estómago lisa como lavadero de tanto ponerle sinapismos y cataplasmas. La planta de los pies tan rasposa como la lengua de una vaca debido a tantas plantillas de ceniza, cal y alcanfor y de jitomate con sal. Desesperadamen-te porque el mal no se le retiraba, intentaba ha-cerle todo lo que le decían. Supo que el cocimiento del polvo de los cajillos secos de un arbusto llamado pirindo daba buen resultado para esa enfermedad y se dispuso a darle el remedio.

Baltazar ya tenía la tez amarillenta y había per-dido el apetito. En los pocos momentos en que amacizaba el sueño, tenía pesadillas y le tembla-ba todo el cuerpo.

En los más recónditos rincones de la oscuridad de su mente, se iba fraguando un intenso temor a la muerte y cuando se le descombraba el pensa-miento, le pedía casi a súplicas a su madre que buscara la forma de curarlo. Su cuerpo era como una guía de calabacillas muerta, a fines de las aguas. Los ratos en que descansaba de los sacudimientos del cuerpo, los pasaba debajo de un palo cahuite al arrullo del viento. La enferme-dad martirizaba su carne y enervaba sus fuer-zas. Su vitalidad había casi desaparecido y su-fría su aciaga suerte. Herminia pensó que antes de que se le apretara el nudo, tenía que hacer algo para salvarlo. Con-siguió los cajillos sazones de pirindo, los puso a tostar en un comal, y los molió; después agregó agua y los coció a fuego lento. Cuando tuvo pre-parado el brebaje, se lo dio a tomar con la espe-ranza de que eso fuera su alivio. Lo dejó en repo-so. Una hora después Baltazar fue presa de un escalofrío que le hacía brincar la carne y retem-blar la cama. Sentía que los huesos se le desbara-taban. Le castañeteaban los dientes y no podía hablar. Sentía las tripas hechas torzal. Se le voló la cabeza y se agolpaban los pensamientos apilándose como leños en su turbada mente. Herminia oía que le gorgoreaba el buche y se le veían los ojos desorbitados y enrojecidos. Su alien-to era abrasador. Percibía una gran resequedad en la boca y a señas pedía a su madre, agua. Con

vacilantes y erráticos movimientos se le pegó con avidez al botellón hasta saciarse. Su cuerpo se estremecía cual frágil flor alrededor de una na-na. Sentía que su vida era mezquinamente pe-queña y no podía controlar su febricitante cuer-

po.

De los estremecimientos pasó a la excitación. Pudo hablar y lanzaba alaridos. Señalaba a Herminia con la mano, que veía un murciélago descomunal de alas gigantescas que lo cobijaba con su enor-me sombra. Lo veía destrozar con sus garras las entrañas de un ser humano y miraba en sus car-nes descubiertas de un color bermellón intenso, las palpitantes vísceras laceradas. Percibía como el quiróptero hundía sus afilados dientes en aque-llas frescas carnes y succionaba con fruición el vital líquido rojo que manaba a borbotones. Veía como el gigantesco animal movía perezosamente las delgadas y casi translúcidas alas mientras devoraba con ansiedad aquellas entrañas. Miró y oyó como el animal al hacer una pausa, lanzó un agudo chillido y abandonando aquella presa, revoloteó a su alrededor aproximándose cada vez más a él. Al agotar su resistencia, y la escasa capacidad de control que le quedaba, que-dó exánime y su desordenada mente dejó de te-ner percepciones. Herminia le bañó la testa y la cara con agua helada, le palmeó azotándole las mejillas, le abaniqueó el rostro, le dio a oler cebo-lla y poco a poco aquel cuerpo estrujado y casi deshecho por las emociones vividas durante su cruel alucinación, se fue normalizando. Fue re-cuperando la conciencia, mostrando una calma y un sosiego que hasta entonces no había sentido. Con el cuerpo relajado, fue haciendo a Herminia el relato pormenorizado de las expresiones ex-perimentadas en lo que él imaginó un sueño, ya libre de convulsiones y angustias.

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