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Las manos ensangrentadas Editar

Archivo:Las Manos Ensangrentadas.jpg

Mi madre había muerto de un ataque cuando yo andaba acabalando los 12 años. Su desaparición repentina fue un hecho que causó una gran im-presión en mi padre. Él era hasta entonces un hombre alegre y platicador que gustaba de la con-versación con los amigos. Por la tarde, cuando volvía de su trabajo en el campo, se sentaba en la puerta de la casa que da a la calle y allí pasaban los amigos que lo saludaban y le decían chanzas, unos; otros se detenían a platicar con él. Allí se oían las novedades del rancho. Que si a Odilón el hijo de Elías lo tumbó y lo arrastró una yegua y lo dejó como muerto. Que si Paula, la hija de Otilia se fue con uno y no comparece. Que si va a haber toros en las fiestas. Y así todo se iba sabiendo y él pasaba el rato. Antes de la muerte de mi madre, Jugaba conquián y brisca con Filemón y Ezequiel que venían a mi casa. Después de que faltó mi madre, él ya no volvió a ser el mismo. Ya nunca se sentó en la puerta de la calle a platicar. Ya no vinieron a jugar baraja con él Filemón y Ezequiel. Perdió el buen humor y la alegría de vivir. Siempre se la pasaba triste y pen-Nativo. Un cada y cuando se le alegraban los ojos. Fumaba mucho. Con la viejita de un cigarro, pren-día el otro. Dejaba correr el tiempo sentado o acos-tado en la hamaca del corredor mirando sin ver, con la vista triste, silencioso, el gesto indiferente, con el ser perdido en la nada. Clavaba la mirada en el tejamanil del techo o en el cerro de San Mi-guel que nos queda enfrente. Su único consuelo era atender unas gallinas y una cría de pollos que tenía en el corral. A ellos dedi-caba su tiempo. Un día me ordenó: "Anda a la tienda y cómprame una caja de ciga-rros".

Me señaló la mesa y me dijo: "Toma dinero de allí"

Yo me fui a traer el encargo. Cuando salí de la casa, lo dejé bien. Poco rato me entretuve en la tienda en donde vendían los ciga-rros, que me quedaba como a dos cuadras de don-de vivíamos. Ya venía de vuelta cuando un mu-chacho me hizo una seña a distancia llamándo-me y me daba a entender que me apurara. Como ese muchacho era muy mentiroso, yo no le creí. Me volvió a hacer la misma seña y me gritó: "Ven pronto, te necesitan en tu casa". Me entró curiosidad y me apresuré a llegar. Al entrar, me encontré a mi padre de rodillas, escar-bando con las manos el piso, en el corredor, que era de tierra. Ya tenía un pozo así de hondo y lo

había hecho con las puras uñas. Se le veían los dedos desollados, sangrantes y seguía escarban-do. Yo me asusté y le pregunté para qué escarba-ba. No me contestó ni volteó a verme y siguió re-moviendo la tierra con las manos. Me le abracé, lo sujeté, pero él hizo un movimiento y me lanzó a un lado. Le quise entregar los cigarros que me había encargado y no me hizo caso, siguió escar-bando.

Era impresionante verlo hincado a un lado de aquel montón de tierra hundiendo las manos frenéticamente en el suelo como si tuviera mucha prisa en terminar. Su rostro bañado en sudor, la camisa empapada y la mirada fija en el pozo sin reparar en nada de lo que le rodeaba. Era inex-plicable que en el poco rato que tardé en volver, hubiera pasado aquello. Llamé a los vecinos; lo sujetaron y lo llevaron a la cama. Lo acostaron. Se miraba casi exhausto. Tenía los dedos descarnados y las manos tintas en sangre. Mi hermana le lavó aquel lodo rojizo y le restañó las heridas. Le frotó la cara con alcohol alcanforado. Las vecinas llevaron árnica cocida. Recostado sobre el brazo de mi hermana, apuró el contenido del jarro. Después se quedó dormi-do. El sueño se prolongó. Ya no habló ni conoció a nadie. Estaba de una pieza, inerte. Tan sólo se le veta en sus labios un casi imperceptible movimien-to, igual, repetido, como si intentara llamar a al-guien y con el devaneo de saborearse, como si tuviera sed. Sin comer, sin abrir los ojos.

Seis días retahilados lo estuvimos velando y en sus últimos momentos, yo ya me caía de sueño. De estar prendido como una brasa, de pronto se fue enfriando a término de ponerse como un gra-nizo.

Se fue agotando, se fue acabando, como un sirio consumido. Dejó de entrever la llama de la vela a través de sus ojos entreabiertos donde solamente se miraban las pupilas grandes y oscuras. Ningún suspiro, ninguna mueca de dolor, ningún espasmo. Sólo se dejó oír el ruido sibilante de su respiración. Su corazón se apagó a la hora en que el sol poniente, velado por el humo de los desmon-tes, era un disco amarillento y triste. Cuando se comenzó a escuchar el murmullo de los aleteos premonitorios del tecolote y la lechuza, que rom-pían la calma inerte del caserío y que hizo que las gallinas que se estaban subiendo a las ramas del aguacate, lanzaran un chillido largo y teme-roso.

Nunca supimos qué sintió, qué presentimiento tuvo, qué mensaje oyó o qué perturbación de su mente lo llevó al impulso de desgarrarse las ma-nos escarbando aquel pozo. Era su sino.

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