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Macuaz

Guasón, dicharachero, ocurrente, confianzudo, sangre liviana, así era "Macuaz". Se encargaba de llevar la leche de la hacienda de Coastecomatán a Colima, todos los días en la ma-drugada. Su hora de salida era a las cuatro de la mañana para estar en Colima a las ocho. Emplea-ba dos bestias mulares, una que llevaba estiran-do con cuatro botes de veinte litros, y en la que él montaba llevaba dos botes de diez litros. Él se entendía con arreglar las monturas y los bo-tes, y la ruta que seguía era bordeando La Espe-ranza y El Cerano, para pasar el río cerca de Coquimatlán. A la hora de la comida ya estaba de regreso en el rancho con sus arreos. Al bajar el sol, después de dormir una siesta, se encaramaba en la barda del gran portón que ha-bía en la entrada de la hacienda y ahí se pasaba largo rato divisando la lejanía: el potrero de El Cárcamo, el cerro de Los Chupalcojotes, el potrero de El Chical, los cerros de El Chino y de Jicotán y después se ponía a tocar su organillo de boca marca "Centenario", del que no se despegaba. Sus canciones favoritas eran: Las Gaviotas, La Norteña, Rayando el Sol y Cielito Lindo.

Laureano y yo éramos ordeñadores. Un día, ya pardeando, llegó y me dijo: - Oye Carlos, dile a Laureano que se apuren a ordeñar porque mañana quiero llegar más tem-prano a Colima con la leche. Ajusto 21 años y voy a ir a visitar a mi tía Regina, la que me crió, y quiero alcanzar a comprar empanadas de coco en El Buen Viaje, que las hacen muy buenas y a ella le gustan mucho. Me festejaré a su lado para acordarme de cuando era chico. - No te apures Macuaz, me voy a dormir más tem-prano para madrugar, nomás ya deja de tocar tu flauta. Tocas muy bonito pero me desvelas. - Diciéndole eso y me le dejé caer tendido a la hamaca. 

- En eso quedamos-, me dijo. Estaba haciendo mucho calor y en esos días sofo-cados, paso las noches en la hamaca que tengo en el corredor y ahí me quedo hasta que se hace la hora de ordeñar. 

- Está muy nublado y puede que llueva, le dije a mi mujer María Camila. Imagínate, el corral está todo atascoso por la lluvia de ayer y si llueve aho-ra, cómo se nos irá a poner para la ordeña. Pero no adelantemos vísperas y vamos a pegar los ojos. - ¡Ándale Carlos, acuérdate de lo que te dije ano-che, me quiero ir temprano-, vino y me dijo Macuaz 

en la madrugada hasta la hamaca en donde yo estaba. 

A mí se me hizo corto el rato que dormí, pero como estaba nublado, no podía guiarme por las estre-llas. Me movió los pies y me dijo: - Si te apuras, también a ti te traigo empanadas. Se fue haciendo punta hasta el corral a prender los aparatos y a acomodar los botes. Serían las dos de la mañana. Comenzó a soplar un vientecillo fresco y a relampaguear. Lejos, como para Zacualpan y el lado del volcán, se oía como que estaban vaciando carretadas de piedras en el cielo. 

Nos pusimos a ordeñar Laureano y yo y nos apu-ramos para que no nos agarrara la tormenta, pero me entró preocupación por Macuaz, que al llevar la leche, tenía que pasar el Río Grande. Ya tenía listas las dos mulas con sus monturas y Laureano le dijo: - Vale, todo está tronando para allá arriba, de donde viene el río. Aunque la leche se quede, yo diría que no te arriesgaras a que te vaya a sor-prender una creciente del río. No vayas. - No faltaba más. Ya me han agarrado muchas tormentas y nunca he dejado de llevar la leche a Don Esteban. Él tiene compromisos de entregos con muchas gentes y no puedo fallarle. Vacíen la leche de los tarros, ayúdenme a cargar los botes en las mulas y me voy! - Yo le dije: - Mira Macuaz, voy a ensillar mi mula y te voy a acompañar hasta el paso del río. - Yo no necesito quién me cuide, pero ya verás si quieres ir -, me dijo. - Para cuando cargamos los botes, ya comenzaba a lloviznar. 

- Se montó en su bestia, agarró la gamarra de la que iba cargada, le echó una mirada al cielo, se persignó y me dijo: 

- ¡Vámonos!. 

- Cuando íbamos llegando al río, se desató la tor-menta. Las culebrillas de los relámpagos se ve-nían una tras de otra. Se comenzó a oír el estré-pito de la corrientada y en la luminosidad de las descargas eléctricas, alcancé a columbrar que el río venía regularmente crecido. Me le arrimé y le dije a gritos: - Más vale no pasar, yo veo la corriente pesada. - Si no quieres, no pases. Yo sí voy a pasar. Así he pasado muchas veces-, me dijo. En ese preciso instante y en medio de un gran estruendo de los rayos, me di cuenta que la corrientada se hacía más violenta. 

- iNo Macuaz, devuélvete! 

- ¡Regrésate Macuaz! - iMaaacccuuaazz! Se perdió mi grito en el fragor de las turbulentas aguas. 

En el resplandor de un relámpago, lo miré que iba cerca de medio trecho del ancho río, pero vi que la mula cargada se le sentaba. En otro vislumbre ya no vi la mula cargada y al-cancé a mirar como él y su montura se perdían en el oscuro torrente. 

Impotente de poder hacer algo por él, me devolví a la hacienda y le platiqué a Laureano lo que ha-bía pasado. Amaneciendo nos fuimos él y yo a recorrer la pla-ya del río buscándolo, todo el día. No lo encontra-mos. Ese mismo día en la mañana, volvió a la ha-cienda, sola, sin montura, la mula en la que Macuaz iba montado. 

Al tercer día seguimos buscando por el río, más abajo, y lo encontramos atorado en el tronco de un sabino, en un tapume que el río había forma-do, cerca de Periquillo. Ya no se oyeron más en Coastecomatán ni su flau-ta, ni las notas de Cielito Lindo, La Norteña, Las Gaviotas y Rayando el Sol.

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