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MACUAZ 

Cuentos y relatos cortos del género rural 


José Salazar Cárdenas              

                                         ÍNDICE 
      Jocoquilla
      El rastro del malechor 15
      Los chorros de lumbre 23
      El espanta pericos 29 
      El avariento 35 
      Un repique a deshoras 41 
      La cajeta 47 
      Cirilo Abundis 53 
      El llano de San Bartolo 59 
      El canto de mal agüero 65
      ... Y fue por el agua 71 
      Un fierro pa" el eclis 77 
      Después del borrego 83 
      El párpado caído 91
      MACUAZ 99
      El tartajo 107 
      El buscador de chispitas 113 
      La casa de tejamanil 121 
      La culebra de agua 127 
      Arroz amargo 133
      La maldición 139
      Visión satánica 151 
      Las alas gigantescas 159 
      Las manos ensangrentadas  165 
      Las ollas 171 
      Consejas  populares 179 
      Un marrano bilioso 189 
      El Cristo del Tepeguaje 197 
      La cruz de plaza 205 
      Un día de fiesta en Nogueras 213 
      Cuando llegó la revuelta 221


Secretaría de CULTURA 

GOBIERNO DEL ESTADO DE COLIMA 


Lic. Jesús Silverio Cavazos Ceballos Gobernador Constitucional del Estado

 Lic. Juan José Sevilla Solórzano Secretario General de Gobierno

 Licda. Ana Cecilia García Luna Secretaria de Cultura

 C.P. Juan Manuel Chavira Larios Director General Técnico 

Lic. Salvador Silva Padilla Director General de Artes y Humanidades 

D.G. Víctor Uribe Clarín Coordinador Editorial 

Ilustraciones: Álvaro Rivera Rima 

D.R. 2006 Gobierno del Estado de Colima / Secretaría de Cultura Calzada Galván Norte s/n esquina Ejército Nacional Tel. (312)31 3 06 08 / C.P. 28000 / Colima, Colima Impreso y hecho en México / Printed and made in Mexico ISBN 968 5556 62 8 Prohibida su reproducción parcial o total sin permiso del autor 

Impreso en Colima, Colima, México





JOCOQUILLA


¡Mira tío, tú no puedes entregar a José al gobierno porque es de tu sangre, y mañana o pasado no tendrás ninguna garantía ni apoyo de nadie de nuestra raza!

Además, José no tuvo la culpa. Él hizo su deber, pues defendió su vida.  Todos saben que Aurelio lo provocó y buscó el pleito, porque Aurelio, que Dios lo haya perdonado, era muy faltoso y ofensivo. Tú hazte sordo y deja que las cosas queden como están.

Eso le dije al coronel Guadalupe Lucatero, tío mío y tío también de José Quiroz Lucatero, “Jocoquilla”, primo hermano mío, que fue el que peleó con Aurelio. 

Ellos habían reñido porque ya tenían dificultades hace mucho tiempo. Eran primos hermanos. Aurelio tenía los apelativos de Arteaga y Lucatero. Los dos habían pretendido a la misma mujer. Por díceres de la gente se enemistaron y ya hacía tiempo que se recelaban uno al otro.

La gente contaba un enjambre de mentiras y los mismos amigos los ponían de punta. Unos de decían a Aurelio:

- José anda hablando de ti y dice que ya le anda por encontrarse contigo.


José era muy sosegado y Aurelio muy arrebatado.


Aquel día se encontraron en un fandango, el el rancho “Las Cebollas”, en donde vivíamos, aun la do de Coalcomán. Aurelio, riéndose, se burló de José y en seguida sacó el machete y le dio un fajo en un cuadril.  José se echó  para atrás y también  sacó su machete. Aurelio le tiró un machetazo, José se agazapó y burló el golpe. Aurelio era muy liviano de movimientos y al incorporarse José, le tiró un sablazo a la cabeza que José esquivó haciéndose a un lado, pero el machete le alcanzó a dar un sayón en el brazo izquierdo y le cortó el antebrazo. Al sentirse herido le dijo:


Primo ya me tiraste a matar.


Entonces José lo apretó y se fue sobre él, haciéndolo recular y recular.


En una reculada que dio Aurelio, se encajó en el talón del pie izquierdo una varilla de fieroo uqe estaba enterrada en el suelo, perdió el equilibrio y cayó de espaldas.


José ya herido y encendido, le dijo:


-Tú tuviste la culpa, tú comenzaste, ya te tocaba y te vas a morir.


Le lanzó un machetazo al hilo de la cabeza, enseguida otro atravesado, figurando una cruz y ahí terminó la vida de Aurelio.


Con presto José miró a Aurelio sin movimiento, a la vista de todos que habían presenciado cómo Aurelio lo desafió, recogió su machete y se fue.


En seguidita, fueron los amigos de Aurelio con la noticia de lo sucedido a donde estaba el coronel Guadalupe Lucatero y le pidieron que apresara a José.


Guadalupe Lucatero era coronel de las fuerzas federales que andaban combatiendo a los cristeros y al tener conocimiento de la riña y de la muerte de Aurelio, tuvo la intención de buscar a José, pero después de lo que yo le dije, se desentendió de él.


En esto, Santiago Quiroz, hermano de José dijo:


-Yo no quería que fuera Guadalupe el que lo apresara, yo lo voy a entregar.


Santiago llevó a José al gobierno y aclarado que estuvo la agresión de Aurelio a José, lo soltaron y le dijeron:


-Pélate de aquí.


Fue cuando José Quiroz “Jocoquilla” se vino a la costa de Colima. Cayó a Tecomán cuando él tenía unos veinticinco años de edad. Para entonces, estaba ciego de un ojo que le habían cegado las viruelas. 


Ya desde que vivía en mi rancho le decían “Jocoquilla”, porque él es bajito y blanco y le hallaron parecido con una abejita de colmena, chiquita y blanca, muy brava que así la nombran.


José, mi primo Cuco y yo fuimos cristeros y tuvimos acciones en la Guadalupe, Chichihua, Pinolapa, Los Fresnos, La Cofradía, El Salitre, La Guayabera, La Máquina, El Nacimiento y Astala.


Un mayor federal que había sido cristero y luego cambió de chaqueta, se dio a la tarea de perseguirnos con su gente y nos acosó en donde nos escondíamos y después de un intercambio de plomo, Cuco mató al mayor y  a los demás les dimos carrera.


José Quiroz, después de los hechos en que mató a Aurelio Arteaga, como ya les decía antes, huyó a la costa de Colima, y a raíz de eso cambió de carácter. Se hizo irascible, agresivo y comenzó a dar muestras de enajenación mental. 


Al darse cuenta de sus reacciones los demás empezaron a burlarse de él y se vio envuelto en pleitos con otros cristianos. Por las contínuas riñas en las que intervenía, recibió fuertes golpes y heridas. Una vez lo machetearon y a resultas de un golpe, el ojo bueno casi se le cegó, de tal modo que andaba a tientas, casi siempre agarrado de un garrote que le servía de guía. Transitaba por todo Tecomán desde la madrugada, cantando alegres canciones campiranas. 


Echaba guacos y entreveraba los cantos con sus gritos singulares:


-¡Que viva el coronel Guadalupe Lucatero!.


-¡Que viva mi general Lázaro Cárdenas!.


Cuando todavía no se apagaba la luz de las estrellas en el cielo, recorría el pueblo por media calle.


Yo me he quedado admirado por su resistencia física. Andaba como un judío errante. Comía lo que le regalaba la gente y desperdicios que encontraba. Dormía en un baldío de la orilla del pueblo, debajo de una coliguana y encima de un montón de piedras, que de seguro fueron acarreadas para los cimientos de una futura casa, en donde tenía como colchón un puño de costales y de hilachas viejas que le daban, sin más protección ni en las aguas ni en tiempo de frío. Nunca se enfermaba.


A su dormitorio llegaba al oscurecer y en la madrugada, cuando comenzaban a trabajar los molinos, ya andaba recorriendo calles cantando, echando guacos y gritando vivas al general Lázaro Cárdenas.


Tenía sus ratos de hombre tranquilo se podía platicar con él si se le hablaba de buen modo. A él le encantaba que le dijeran como saludo:


¡Quihubo compadre!


Si no le gritaban el sobrenombre que tenía, a nadie ofendía ni buscaba pleito, pero en  cuando oía un grito de …¡Jocoquilla!, ya tenía  las piedras en la mano y comenzaba a desparramar pedradas a rumbo, según de donde oía que venía el grito.


Así caminaba las calles y se le arremolinaban los niños, que, valiéndose de su ceguera, se acercaban y le gritaban:


¡Jocoquilla mata perros!


Y cuando José comenzaba a repartir pedradas, la corredera de pelados.


Teniendo ya la ira encima y sin poder mirar, no respetaba rumbo y a veces apedreaba casas. Algunas gentes grandes afectadas por la piedriza y que no tenían nada que ver con su enojo, se hacían justicia por su mano y lo garroteaban o lo apedreaban a su vez.

Cuando se hizo el drenaje en Tecomán, algún tiempo después de la borrasca grande del 59, se abrieron  muchas zanjas y pozos hondos para los registros. Un día, en la madrugada, Jocoquilla cayó a un pozo de esos y se golpeó de fea forma. Quedó como un Santo Cristo. Lo tuvieron en la Cruz Roja por muchos días y allí lo curaron.


Así, por muchos años, Jocoquilla fue parte del ambiente y del paisaje de Tecomán, en donde era conocido por todo el mundo y despertaba la curiosidad de todos, porque además  de su locura, la firmeza de su voz, sus desplantes y su figura, lo hacían ser diferente.


Su indumentaria la formaba a base de ropa que los prójimos le daban. Pantalones que casi siempre le quedaban grandes, camisas con el faldón suelto. Calzaba botas, sombrero chico y un costalillo colgado al hombro en donde guardaba comida y piedras que juntaba en la calle. En su rostro, la barba espesa, crecida de varios días, pero todavía negra.


De pronto desapareció de Tecomán. No sé si vive o muere. Dicen que se lo llevaron al asilo de Colima. No sé.


Lo que sí sé, es que donde esté todavía y mientras tenga fuerza en su voz, en las madrugadas aún han de resonar sus gritos de guerra:


-¡Que viva el coronel Guadalupe Lucatero!.


-¡Que viva mi general Lázaro Cárdenas!.





i...Trrraaannn...!


Resonó hueco, sofocado, el trueno de un disparo que al correr y rebotar en el cerro de San Miguel, bajó con el aire al valle en ecos rasgados como lamentos lejanos. 


No era tiempo de monte verde. Era ese tiempo de zacates, tacotes y espigas secas, cuando el aire sopla frío con olor a palos quemados, en una mañana en la que los primeros fulgores iban desbaratando las sombras de la noche y caían sobre el monte cenizo apenas mojado por el sereno. 


Ruperto acababa de ensillar su bestia. Higinio estaba preparando los aperos de la suya. Diego, El Diablo, acomodaba una costalera y yo me encontraba encorrellando una canasta pizcadora con cuero crudío. 


En seguida oímos el galope de dos bestias, pero con rumbos distintos. En tres zancadas yo ya te-nía la carabina en las manos. Agarramos nuestras monturas y nos fuimos en dirección a donde escuchamos el disparo, que no era muy lejos.

El rancho está en un altito. Al bajar al camino, divisamos el falsete donde está el palo alto, abierto, y junto a él, un cuerpo tirado. Nos arrimamos, escudriñamos con la vista el derredor. Todo silencio. Yo me apié del caballo y reconocí que el hombre tendido era Donaciano Birrueta, el dueño de la propiedad en donde trabajamos. Él acostumbraba llegar al rancho diario a esa hora a caballo. 

Cuando nosotros llegamos al lugar, su bestia ya no estaba. Inferimos que se bajó del caballo con las riendas en la mano para abrir el falsete y, al trueno, la bestia se desbocó y arrendó al pueblo. Me agaché. Lo enderecé, le vi el rostro como de cera y un solo quejido dio: iAy Dios!. Soltó el cuerpo y ladeó la cabeza. Tenía el pecho y la espalda empapados de sangre. Les dije a Higinio y a Diego : - Échenlo a una de las bestias de ustedes y llévenlo a su casa al pueblo. Den parte a las autoridades. 

Tú Ruperto, vente conmigo. Vamos a seguir a ese gusano mala entraña que le disparó. Había en el camino rastros de la bestia de Donaciano y tantito antes de llegar al falsete, señas de que el caballo se dio un atrancón. 

Como a veinte pasos del lugar en donde quedó el difunto, en la orilla del camino, en el monte, ha-llamos un paraje, que de seguro fue en donde se apostó y lo espió el malhechor. Había un cartucho usado tirado, del O para retrocarga de calibre 12. Encontramos huellas de huaraches con garbancillos, que no se usan en la costa. En una horqueta de un palo, estaba atravesada una chaqueta de gamuza. Bajé la chaqueta, la comparé con mis hombros y la vi de mi cuerpo. Medí los rastros de los huaraches y median como los míos. Yo los uso del 27. 

Le dije a Ruperto: - Ya sabemos mucho de la sabandija esa: no es del rumbo, es arribeño, es delgado, de mediana estatura y no ha hecho muchos trabajos de estos antes, porque en su huida, no echó de ver que dejó rastros. Tiene sangre fría. No se atarantó ni tantito y le hizo el tiro en el momento en que lo tenía que hacer, por la espalda. Tenía los nervios bien comandados. Estuvo aquí atejonado, espiándolo desde antes de que amaneciera. Por un lado había señas de que había desahogado una necesidad corporal. Adentro del monte, con rumbo contrario a donde llegó el finado, estaban las ramas del zacate dobladas. Seguimos su rastro. Como a cien metros del paraje, había un atolladero fresco, de alguna bestia caballar que estuvo ahí colgada un tiem-po. Encontramos en el lugar un cabrestante re-ventado. Como que al momento del trueno, la bes-tia se asustó y lo trozó. Le dije a mi compañero: - Vamos a seguirlo, no debe ir lejos, no conoce es-tos rumbos y se va a perder. Había señas de que el tirador siguió a pie. Ruperto y yo íbamos a caballo. Yo llevaba la carabina en la mano, la mente clara y la yema del dedo puesta en el gatillo. Cuando llegamos a un lienzo de alambre, momen-táneamente perdimos el rastro. Nos desviamos buscando una pasadera en la cerca. Encontramos un portillo en el cercado y volvimos por el otro lado al punto en donde perdimos las huellas. Las vol-vimos a hallar y las seguimos. Llegamos a un lugar sombreado y húmedo en don-de hay un higueral y palos de agua. Por ahí pasa un corredero de agua formado por los esquilmos nacidos al pie del cerro. Los rastros se perdían en la orilla del agua. Atra-vesamos el jagüey y los encontramos nuevamen-te. Ahí el malhechor dudó. Hallamos huellas que iban para un lado y que después volvían al mis-mo sitio. 

Ya era cerca de medio día. El cielo era triste, plo-mizo, lleno de calma. Esa mezcla de humo, polvo y bruma que empaña la atmósfera. Ni una sola alma encontramos por esos lugares. Sólo unas reses que al vernos resoplaron y huye-ron en estampida. El monte se cerraba en breña-les y zarzas. Únicamente por un lado había un claro por donde seguimos adelante con las hue-llas perdidas en un suelo resquebrajado por la prolongada resequedad. De pronto escuchamos dos truenos seguidos igua-les al que oímos temprano cuando cayó herido Donaciano. En seguida otros truenos diferentes. Nos detuvimos y nos escondimos atrás de unas parotas. Después de ocho a diez disparos, se hizo silencio. Oímos rumor como de plática y un relincho. La yegua en que iba Ruperto contestó el relincho y nosotros no nos movimos. Vimos venir dos bestias al trote montadas por soldados que nos marcaron el alto con las armas en la mano. 

- iQuiénes son ustedes. Qué buscan!. - Venimos del rancho de La Escondida siguiendo a un malhechor. - iSuelten el arma. Caminen!. iJálenle adelante!. Caminamos un trecho y estaban otros tres solda-dos desmontados. Uno se miraba herido.

Aquí traigo a estos que me los hallé aquí atrás de donde venía el individuo ese. Traían un arma. Un cabo se adelantó y me dijo: - ¿A quién buscan?. - Venimos siguiendo a un individuo que mató al patrón hoy en la mañana. Divisé un cuerpo tendido sobre el suelo y luego le vi los huaraches con garbancillos y le dije al cabo: - Ése es, el que está tirado. Eran unos soldados de la partida de caballería de Coahuayana que venían en busca de unos robavacas que se habían huido, se toparon con el criminal que llevaba la angustia anudada en el pecho y la mente turbada, les hizo frente y ahí acabó su vida.





Había en la hacienda un viejo muy mentiroso y fanfarrón. A todas horas se vivía contando exa-geraciones y profiriendo valentonadas y blasfe-mias. Un día vino a la plática el tema de un tigre que ya se había oído en la noche, cerca del rancho y que quería llevarse unos becerros que estaban en el chiquero. Ya se le había escuchado bufar en las noches anteriores en el potrero cercano al corral, y Simón, que así se llamaba el exagerado, le dijo a Don Tano el administrador: - Así como usted me ve, nomás deme tiempo de afilar mi machete y yo me le enfrento a ese ani-mal, no es nada para mí. - Estás comprometido Simón, si quieres agarra la bufadera para que más pronto venga. - No, no hay necesidad. Soy capaz de no dormir para espiarlo. Al día siguiente de la plática, en la noche, se oye-ron los bufidos del tigre en el potrero, muy cerca y atrás del corral y Simón no apareció, hasta que Don Tano salió al corral, hizo unos disparos al aire con la carabina y se dejó de oír el animal.

Un día Don Tano y los vaqueros Rosendo y Arnulfo, urdieron un plan: - Ora verá ese viejo hablador, le vamos a poner una estratagema para quitarle lo fanfarrón. Aho-ra en la noche, cuando él llegue de regreso de Coquimatlán, ya le vamos a tener preparada una sorpresa. Ahorita les voy a explicar que van a hacer. Y los puso de acuerdo en el plan. Consiguieron un cántaro de gollete. Le hicieron dos portillos arriba y a los lados, simulando ojos. Más abajo y en medio, le hicieron un agujero ho-rizontal figurando la boca. Le pegaron unos chiles guajillos abiertos y exten-didos en los portillos y prendieron una vela aden-tro del cántaro. Lo dejaron adentro de la hacien-da, a un lado del portón en donde está el balcón. Se pusieron a espiar la llegada de Simón, y un rato después se oyeron unos guacos. Venía cae que no cae, campaneándose para un lado y otro del camino, con el machete terciado por un lado. - Hijos de María Santísima, aquí está Simón pa' lo que gusten y manden. - Ahí viene, escóndanse y quédense quietos. Al llegar a donde estaba el cántaro, Simón pegó un reparo y sacó el machete. Primero reculó y lue-go rodeando el cántaro, fue a parar en su carrera hasta el corredor de la hacienda. 26 José Salazar Cárdenas Llegó agitado, tartamudeando y asombrado. Salió Don Tano y le dijo socarronamente: - ¿Qué te pasa Simón?. Te veo muy fatigado. - Don Tano, se me acaba de aparecer el diablo. Se alzaba un tanto así del suelo, echaba chorros de lumbre por los ojos y la boca, y se me atravesaba en el camino. - No puede ser eso Simón. ¿No serán imaginacio-nes tuyas?. - No Don Tano, le aseguro que acabo de mirar al diablo. - A ver, dime ¿dónde lo miraste?. Mientras, Rosendo y Arnulfo fueron y quitaron el cántaro de donde estaba, lo llevaron a la galera que servía de bodega y lo escondieron. - Ahorita lo llevo Don Tano para que vea dónde mero lo encontré. - A ver, vamos. - Aquí fue Don Tano, aquí miré al diablo. - Pero si aquí no hay nada Simón. Yo no veo nada. ¿No será que ya ves visiones?. - Le juro Don Tano que aquí lo acabo de ver. Rosendo y Arnulfo, retirados de ellos, soltaron la carcajada.

- ¡Mira nomás, como coloradea el suelo de cirue-las!: 

- Te vas a la casa y te traes el tecomate, la sal y el alacate-, me dijo mi tío. - La sal está ya aventajada en la mesa. Dile a Jacinta que te la dé. Pero pícale porque los tesmos te van a ganar. Me quedan colgando los pies y no alcanzo los es-tribos de la silla de montar, pero así me le subí a la yegua mora, le eché chicotazos y me arranqué a la casa. El ciruelar está en el rancho, cerca del pueblo. En el callejón hay monte para los dos lados. Hay granjenes, coliguanas, timúchiles, palosfierro, mezquites y otros palos. Iba encarrerado pensando en los encargos y en un abrir y cerrar de ojos, se me vino una rama de palofierro, derecho a la cabeza. No alcancé a es-quivarla y ...a mirar estrellas. Es seguro que duré un buen rato sin saber de mí, porque me acuerdo que me levanté del arenal, con tierra hasta en las orejas y todavía destanteado, alcancé a ver la yegua como a 30 pasos de mí. En un rato en que Dios me alivianó el pensamiento, caminé hasta donde estaba el animal, me le subí y me fui al pueblo. Volví al ciruelar con el tecomate de bule y el alacate. 

- ¿Dónde está la sal?, grandísimo atarantado-, me dijo mi tío. Con toda seguridad cuando llegué al pueblo des-pués del golpe, todavía iba aturdido, porque olvi-dé decirle a mi tía Jacinta de la sal. Yo no le conté nada a mi tío de lo del golpe que me di en la cabe-za. Le tengo miedo porque es muy recio conmigo.Cabal que no me mataría por no hacer lo que él dice, pero no dejaría de darme unos cuan-tos cuerazos. 

Di rienda pa' tras, recogí la sal de la casa y cuan-do llegué de vuelta al ciruelar, ya llevaba el sudor de la espalda señalado como salitre en el cotón. Era a punto de medio día. En ese rato pusimos a hervir el agua en el cazo, con leña que teníamos preparada, le agregamos la sal y me puse a juntar ciruelas maduras en una canasta que tenemos para eso. En seguida las vaciamos en el cazo. Ya hervidas, las ciruelas de ser coloradas, que-dan amarillas y pachiches. 

Después, las sacamos del cazo con el alacate, que es un cucharón que se hace con la parte de arri-ba de un bule ya curtido, que se troza por mitad, se le hacen unos portillos con una lezna para ase-gurarle un cabo de palo que sirve de agarradera. Tenemos ya preparado y extendido en el suelo, zacate de ese que crece en las salinas. Después de sacar las ciruelas del cazo, las colocamos so-bre el zacate para que se asoleen y se sequen. En la noche las tapamos con costales para que no les caiga el sereno, porque tardarían más en secar-se y se les lava la sal. Una vez que han durado unos cuatro días en el sol, se voltean, y en unos días más, ya están las ciruelas pasadas. Así no desperdiciamos tanta ciruela cuando se viene la maduración de golpe. Vengo diario al ciruelar porque hay muchos ani-males que nos hacen perjuicio. Tengo que correr a los tesmos, las ardillas, los pericos y toda clase de pájaros como calandrias, charas, urracas y otros. 

Los que más guerra nos dan son los pericos. Me canso de sonarles un bote con una piedra y allí siguen. Les tengo que aventar como cinco o seis pedradas arrebiatadas con la honda para que se vayan. Ganan y se van al monte, pero cuando menos acuerdo, ya están otra vez mordiendo ci-ruelas en los palos y allí sigo aventando pedradas hasta que se me cansa el brazo. Así es igual todos los días mientras dura la maduración de las ciruelas. 


Fue un temporal escaso de lluvias. La vida del pueblo dependía de lo poco que llovía. Casi todos los habitantes del lugar, unos más, otros menos, eran labradores. 

Un comienzo promisorio del temporal los hizo precipitarse a sembrar sus tierritas y en seguida se dejó sentir una sequía alarmante. Los vecinos, preocupados, acudían al templo a santiguarse y hacer oración, pidiendo a todos los santos para que lloviera. Otras veces, con permi-so del Señor Cura, sacaban santitos en procesión. Les entristecía mirar sus milpas ralas y marchi-tas en medio de aquel arenal abrasador. Se formaban unas nublazones impresionantes y unas negruras que hacían pensar que la lluvia era segura. En algunas ocasiones retumbaba el ambiente con, los truenos, y no llovía. Temerosos de ver sus esperanzas de cosecha en peligro, se dirigieron al Señor Cura párroco para pedir su intervención con el fin de conseguir per-miso de que trajeran el Santo Entierro del Ran-cho de Villa para llevarlo en procesión por el cam-po.

Lograron lo que se proponían y cuando ya estaba en el valle el Cristo bajado de la cruz, en su Santa Urna, organizaron una procesión con rumbo a las labores de maíz. 

Hombres y mujeres con semblante mortificado, iban al pasito por el callejón que lleva al rancho de Las Campanas, cantando alabanzas, atrás del Santo Entierro. 

Alejo Contreras, dueño de ese rancho, tenía su labor en jilote y arrancó cañas de la milpa para darles a los que iban en la procesión, una caña a cada uno para que la llevaran en la diestra. Le dijeron a Severo Alcaraz, dueño de la labor que colindaba con la de Alejo, que si les daba unas cañas de milpa a los que faltaban y les dijo que no, que él no las arrancaba, que era pobre y que si se ofrecía ni llovía, y que la milpa, como esta-ba, algo le habría de dar. Doña Efigenia Rosales, que iba en la procesión, le dijo: - iPero santo cristiano!, ¿Qué se ha de hacer con que arranque unos cuantos cañutos de milpa ?. - No, a mí déjenme así - , contestó Severo. Siguió la procesión y volvieron al templo. Eso fue el martes. Para el jueves ya cayó una buena tor-menta. Pero de manera inexplicable y como en forma de superstición, del límite de la labor de 

Severo para con Alejo, llovió, y para el lado de Severo, nada. Días después lloviznó en la milpa de Severo, pero ya no tuvo salvación. Las espigas se aguadaron y se doblaron, las hojas se secaron y puros molcates dieron. Eso sí, las guías de calabaza resistieron la resequedad y dieron muchas calabazas. 

Unas mujeres le dijeron a Severo: - ¡Cuántas calabazas tienes! Y él les contestó: 

- Sí, pero no me voy a comer las calabazas, esas apenas para los burros. Lo que quiero es maíz para comer yo. 

- Eso te pasa por descreído y fijado, viejo avarien-to-, le dijeron las mujeres.



- iNicolás...Nicolás!. Despierta Nicolás: - ¿Oyes las campanas?. Es muy noche para ese repique. - Déjame ver mujer. - Está el cielo muy limpio y el arado y el compás ya están embrocados. Es más de media noche. - Las campanas siguen sonando. No es hora de llamadas de misa. iEso va a ser una quemazón!. Vamos a asomarnos a la calle. 

- Es lo que te dije mujer, mira aquel vislumbre más allá de la calle de las parejas, por el rumbo del pozo de Camichines. 

- Dame dos baldes y déjame hablarle a mi compa-dre Goyo para que me acompañe. - ¡Compadre Goyo... Compadre Goyo!. Levántate, hay una quemazón. 

- ¿Qué pasó compadre?. - ¿No oyes las campanas?, están vueltas locas. - La quemazón está para el lado del pozo de Camichines. Vamos, te traes un bote.

- ¿Quiubo Nicolás, dónde es la quemazón?. - Acá para este rumbo, vente Pedro, tráete una pala. - iMira Goyo, sí es junto al pozo, enfrente de Eligio Vega. Ha de ser con Bernabé!. Cuando Nicolás, Goyo y Pedro llegan al sitio del incendio, ya en el lugar hay muchas personas re-unidas. 

En la oscuridad de la noche, el resplandor del fue-go ilumina toda la manzana produciendo un mo-vimiento continuo de sombras alargadas, de los que febrilmente luchan por apagar aquella hogue-ra crepitante que en ratos cobra vigor por las cam-biantes corrientes del aire invernal. 

Lejos, a muchas cuadras de distancia, se siguen escuchando los sonoros tañidos de las campanas del templo de Santo Santiago llamando a los fie-les para que vayan en auxilio de los afectados por el siniestro. 

El fino sentido desarrollado por las gentes del cam-po para intuir los peligros de los fenómenos natu-rales, los guía certeramente hacia la casa que es pasto de las llamas, donde en solidaria herman-dad se agrupan para prestar ayuda. Se quemó una pila de hoja seca y el fuego ya se propagó hasta la cocina. Bernabé, el dueño de la casa en llamas, exclama: 

- iYa sacamos a los niños, la petaquilla y los cajo-nes del ropero. Agarren por favor una pala y échenle tierra a ese reguero de lumbre para que no le llegue al chapil del maíz!. - Por aquí, apaga el cercado y tú échale agua a esa lengua de lumbre que viene por el suelo. - Suelta el macho que se está potreando en la pri-mavera. Ábreles la puerta del chiquero a los puer-cos. 

- iTú, trae agua de la pila de Eligio, y ustedes va-yan al pozo a sacar botes. Mientras los sacan, otros acarrean de la atarjea que está junto al pozo. For-men una cadena desde el pozo y pasen los baldes de mano en mano!. 

- Vamos al otro lado del cercado para que no se pase la lumbre a la casa. Por acá, échale agua. Aquí, pásame el balde. - Ya no llores mi hijita, no va a pasar nada, mira cuánta gente nos está ayudando. - Mi muñeca, papá, mi muñeca. - Ahorita te la traen, vente acá con tu mamá. - Se quemó el columpio, papá. - No te fijes en eso, hijo. - Saquen lo que queda en el jacal de este lado. - Ya se está acabando la lumbre, papá.

- Sí hijo. - Échenle más agua ahí, todavía arde. El fuego fue dominado. Decenas de voluntarios y la fortuna de la cercanía de la noria, fueron moti-vo de salvación de la mayor parte de pertenen-cias de Bernabé y su familia. Todo se fue tranquilizando. Ahora, en lugar de la hoguera, hay candiles iluminando el lugar. Las campanas han dejado de repicar. Vuelve a percibirse el silencio de la madrugada, perturba-do por los comentarios de los que apagaron el in-cendio. 

- ¿Y cómo fue que comenzó esto Berna?. - Sucede que mi madre iba al corral alumbrándo-se con un mechero. Se tropezó y al caer, se pren-dió la hoja seca que estaba cerca. Ella no se pudo levantar pronto y cuando me gritó, primero la fui a levantar y mientras, se avivó la lumbre en los manojos de hoja que estaban apilados. Ya no pu-dimos apagarla. Gracias a Dios y a ustedes, todo se apagó y no nos pasó nada. Ya el arado y el compás están más colgados. Se comienzan a oír los estornudos de los motores de vapor de los molinos. Se ven mujeres enrebozadas llevando en el hombro el balde con nixtamal. Co-mienza el movimiento de la gente de trabajo del pueblo. Se acerca la alborada. Ya todo está tran-quilo. Vuelve la calma.


iQué calientitas se ponen las majadas de las va-cas en las madrugadas de estos días de frío!. En el rancho hay un corral en donde ordeñamos, un chiquero para los becerros y atrás del corral, dando al potrero, allí duermen las vacas, pegaditas al corral. Yo soy becerrero. Muy de mañanita, cuando comienzan a cantar alegre los gallos, ya me están jalando los pies. - iÁndale Macedonio, ya es horal. Apenas siento y oigo. Pienso que estoy soñando. Sigo envuelto en mi poncho hasta la cabeza. 

- iMacedonio, ya es horal. Y otro jalón de pies. Entonces me siento, me estiro, me pongo los huaraches, me'paro. Siento que los tengo al revés y me siento otra vez a ponérmelos bien. Me pongo de pie de nuevo y me doy otra estirada, bostezo, me restriego los ojos, me pongo el gábán y me voy al corral. Pero siento que todavía voy dormido. Me dirijo primero a levantar a la vaca Cajeta. Hasta eso que es mi vaca consentida. Es casi, casi, igual que una mujer, porque siempre se hace del rogar, pero es mansita y manejable como ella sola. Tengo que hablarle de buen modo para que al fin me entienda. Llego y le platico: - Ándale chula, ven a ver a tu hijo, ya está impa-ciente. ¿No lo oyes bramar?. Oye cómo te llama. Anda corazón. Ella entorna los ojos, mueve las quijadas, pero sigue echada. -Anda monina, levántate, no seas mala con tu hijo. Ella da un pujido que apenitas la oigo, sigue rumiando y continúa echada. Entonces con una vara que llevo en la mano, le doy un varazo en el lomo y de mala gana se levanta, se sacude con la cola, y la encamino al corral. Como todavía tengo sueño, arriendo a donde la Cajeta estaba echada, siento muy calientita la majada, el estiércol sequesito y bien remolidito. Me acurruco, me tapo con mi gabán y cuando me estoy quedando dormido, llega el ordeñador voci-ferando, me bulle y pajueleándome con un pial, me dice: 

- iYa de a tiro te luces tú Macedonio, levántate a echar el becerro de la Cajetal. Suelto el becerro y me voy a buscar a la vaca Cor-bata. Ésta no es tan mansita como la Cajeta, es retobada. Le hablo de lejos: 

- Corbata, Corbata. 

Para que es más que la verdad, es más volunta-riosa que la otra porque luego, luego, se levanta. Me da envidia lo calientito de la majada, pero si me vuelvo a arrejolar entre las vacas, cuenten con que no dilata en venir otra vez el ordeñador con el pial en la mano. Mejor me voy arreando a la Corbata y luego voy a soltar su becerra, y así sigo dando más vueltas que un malacate. Conforme se les va ordeñando, les voy echando su alimento en los comederos a las vacas. Ya que están contentas, atendidas de todo a todo y cuan-do ya dan pujidos de satisfacción, las echo afuera del corral. 

- A esa vaca de llaves levantadas no te le arrimes, porque es más maldita que las otras- , me dice el ordeñador. 

- No te le acerques por atrás a la barcina porque patea. 

- Macedonio, no dejes ir al becerro de la Guaca porque está engusanado y hay que curarlo. - Hay que ponerle un rifle en el pescuezo a la vaca Mariposa, que es más liviana que un venado y no respeta ningún cercado. Se nos va llenando de luz el corral. Apagamos los mecheros de petróleo. Se juntan los botes de le-che. Se apartan los tarros. Se recogen los piales. Se ordenan los comederos.

Ellos se llevan la leche para el pueblo y yo me que-do en el rancho. Ya no me voy a acostar en las majadas. Me voy a mi cama a completar mi sue-ño.







Se había avecindado en La Fundición hace mu-chos años. Los que le habían seguido el rastro dicen que antes vivía en Las Piedras Gordas, pero que era de la Magdalena. Cuando llegó al rancho se juntó a vivir con Macaría Estrada. Vivieron largo tiempo juntos y tuvieron una hija que se llamó Fidelia. Mamila murió de un dolor de ijar cuando la hija ya estaba añeja. Después de que se murió Macaría, Fidelia se julló con un forastero y no se supo su paradero. Cirilo se quedó solo. Antes del agrarismo, en La Fundición había mu-cho ganado y hasta allí llegaban los dominios de la Hacienda de Paso del Río. Cirilo era vaquero y trabajaba para el gringo. El día de hoy Cirio Abundis está tendido. Cuatro velas lo acompañan y el único ruido en el lugar es el murmullo de los rezos de las mujeres. 

Por la mañana el rancho se sobresaltó con el es-truendo sofocado de tres balazos que le quitaron la vida y después el ruido del galope de una bes-tia que bajaba para el lado de La Magdalena en medio de una polvareda y el ladrido de los perros que la siguieron. Cirilo fue siempre un hombre valiente y decidido. En un tiempo el tigre nos estaba acabando las crías del ganado. Era un tigre viejo, empicado, que nos había matado más de treinta becerros. Cirilo y yo le seguimos los rastros por el playón del arroyo y dimos con su querencia en el aguaje de la mojotera que está junto al cerro de La Es-trella. 

Nos pusimos a espiarlo tres noches hasta que cayó a beber y Cirilo lo mató con una retrocarga. Yo tengo el cuero de ese tigre. Cuando la borrasca grande del año 59, nos que-damos aislados en el rancho, porque por un lado teníamos bufando el arroyo de La Atravesada y por el otro, el arroyo que pasa pegado al rancho. Era un mar de agua. La mujer de Eustolio Enciso estaba muy grave. Malparió y estaba morada del calenturón que te-nía. Deliraba y pegaba de gritos pidiendo agua y decía que se estaba quemando por dentro. Aque-lla creciente no acababa de bajar en tres días y Cirilo se tiró al arroyo en una mula prieta zancona que tenía, muy buena para el agua y fue al pue-blo a traer las medicinas para salvar a la infeliz mujer. En esa lluvia grande, el agual que bajó por el arro-yo, destapó unos peñascones del doble de alto de 

un cristiano y tan pesados como la máquina del tren, que allí quedaron desparramados para siempre en el playón. Meses después de la borrasca, Fortino Denís sa-lió en la mañana del rancho a buscar unos ani-males que iba a mancornar y al oscurecer no ha-bía vuelto a su casa. Nos fuimos Cirilo y yo a bus-carlo siguiendo sus huellas por el playón alum-brados por la luz de la luna que nos caía encima como cuando sale uno de una cueva y lo baña la luz del sol. Después de mucho caminar, guiándo-nos por las señas que nos dio su mujer, de donde andaban los animales que iba a agarrar, cerca de una mancha de monte, oímos un relincho. Para allá nos dirigimos y encontramos su caballo persogado, ensillado, y muy cerca, a Fortino tira-do sin moverse. 

Nos dijo casi arrastrando la lengua, que a medio día después de mancornar un torete con un cabresto, persogó su caballo y se retiró a juntar unas barañas del monte para hacer lumbre con el fin de calentar su bastimento, y que al atrave-sar un mogote sintió que pisó blandito y después una mordida. Dijó que era una culebra y que po-día asegurar que fue un solcuate, porque le miró una gamarrita figurada en el pescuezo. Contó que después de que lo mordió la culebra, ya no comió, que se bebió medio bule de agua y se acostó a reposar porque pensó que no se iba a emponzoñar. Ya no pudo levantarse. Tenía la pier- na izquierda hinchada, que no le cabía en el pan-talón, como si se la hubieran ligado con un mecate. Lo echamos a la bestia y lo trajimos al rancho. Aquí, después de ocho días, se deshinchó y sanó. Ayer por la tarde llegó un fuereño al rancho, a caballo, y dijo que andaba buscando unas bes-tias que se le habían desbalagado. Pidió permiso de pasar la noche en un corredor de la casa de Severiano Núñez. 

Hoy por la mañana unas mujeres lo vieron llegar a la casa de Cirilo Abundis y cuando éste salió a ver qué se le ofrecía, sin decirle una palabra, le hizo tres disparos, brincó a la bestia y a toda ca-rrera ganó para el lado del arroyó. Siempre se dijo que a Cirilo lo perseguían en su pueblo y que por eso se había remontado.






Ese llano interminable que fue del General Martínez y ahora es de la Hacienda de Paso del Río, sí que es grande. Si se planta uno en terrenos de la Cruz del Coyunque y dirige la vista para donde el sol se mete, todo lo que alcanza uno a mirar hasta los cerros, es El Llano. Por donde quiera se ven las manadas de ganado guaco y si uno se empeña en querer contarlos, se le pierde la cuenta. 

Por cualquier lugar que se atraviese El Llano se ven manadas de yeguas. En el mes de mayo se acostumbra hacer la tusada. Los vaqueros y caporales de la Hacienda de El Casco, convidan a grupos de amigos que vivimos en el pueblo, para que les ayuden a arrear las bestias a los corrales. Ahí nos juntamos Esteban Novela, Carlos García, Vicente Salaz9r, Cirilo Novela, Pablo Novela, Sixto Cobián y muchos amigos más. 

Nos acomodamos montados formando un cerco y otros echan la aventada para arrear las yeguas al potrero de El Hospital, por el callejón de La Culebra. 

Como la tusada se hace en tiempos en que la tie-rra está más reseca, la polvareda que levanta el arreo, divisada desde lejos, parece un remolino. Estando ya la yeguada en los corrales, son de verse las furiosas peleas entre los garañones. Cuando dos machos de la manada se aproximan, relinchan, piafan, resoplan y lanzan al espacio cual pegasos, sus masas musculosas, impulsados y sostenidos por sus patas traseras, teniendo como fondo el cielo azul y el ardiente sol que hace re-lumbrar su pelambre sudorosa, al igual que el remolino de crines y de colas que se agitan cuan-do los nobles brutos convertidos en seres enaje-nados, se funden erguidos, como en un abrazo, se lanzan dentelladas destructoras, agitando sus cabezas como una devanadora. Giran y se lan-zan coces, oscureciendo el círculo de la batalla con las nubes de tierra que levantan. El más fuerte, el más combativo, el más endemoniado, en una con-fusión de relinchos y mordiscos, aleja al vencido. Comienza la pialadera de yeguas y nos juntamos de diez a quince jinetes. Unos lazando y tumban-do y otros tusando. Se apilan las crines que después servirán para hacer hilos de cinchos y cabrestos que se usan en las bestias brutas. 

Cuando termina la faena, nuestras bestias están trasijadas y a nosotros lo único que se nos mira de la cara es lo blanco de los ojos. A fines de las aguas, cuando ya ha pasado la ca-nícula, por el mes de octubre, se hace la capazón de toretes de dos años y dos años y medio. Comenzamos muy temprano. Nos hacemos nues-tras mañanitas con canela o café con un chorro de bebida fuerte para entonarnos y después de arrear el ganado a los corrales, hacemos nuestro trabajo. Ese día el almuerzo se hace con criadillas asadas. 

Como hay mucho ganado de cría, hay un caporal con cinco vaqueros en El Casco y un caporal con cinco vaqueros en Camichines. Hay potreros de engorda, que son paraneras cer-ca del río grande y un potrero chico que se llama El Hospital, a donde va a dar el ganado que se encuentra enfermo y ahí se le cura. Hay un potrero que le llamamos La Estaca del .Judío, porque ahí recalan animales ajenos que no tienen donde pasiar; son caballos, mulas, bu-rros, chivos, puercos. Ahí hay animales de todos. En tiempos pasados, cuando pegó el derriengue y el carbunco en el ganado, no se daban abasto los zopilotes y el llano nomás blanqueaba de tantos carcajes de animales.

Después, cuando pegó la fiebre aftosa, era una lástima ver tantas reses enfermas, pero fueron más las cabezas sacrificadas por los de la cam-paña, que andaban en unos jeeps amarillos, que por la enfermedad. A fe que ahora, con tantas vacunas ya son pocas las reses que se mueren por enfermedades. 

En tiempo de aguas, el llano es perfumado por flores de sierrilla, tacotes y hiedras y después de un día lluvioso, los lomillos que deja figurados la corriente en la arena, nos hacen sentir que pisa-mos tierra virgen, sin ningún rastro pintado. 

En las secas, las pitayas, las pitajayas y las cirue-las cimarronas calman nuestra sed. 

El día languidece. El cielo se tiñe de púrpura. Ya las chicharras nos aturden con sus cantos. Los pájaros vuelan a sus nidos. El ganado reconoce a sus querencias. Los bramidos de la vaca que busca a su becerro, y los grillos, rompen el silencio. Un vaquero que vuelve a su jacal, entona una can-ción campirana. Los alumbradores parecen cien-tos de cerillos que se prenden y se apagan. 

El Llano se duerme y en El Casco, en Camichines y en Santa Rosa, se encienden los candiles.




- iNo es posible, no lo creo, mis sentidos me enga-ñan! 

- Tengo ocho días sin dormir. Ese canto infernal me llena la cabeza, me aturde los sentidos todos los días en cuanto oscurece. Ese animal es el de-monio que me quiere enloquecer. Me persigue, me acosa, me aguijona. - Siempre he tenido temor a la muerte. Esa ave agorera anuncia mi fin. Ya disparé la escopeta al salate y se pasó al guamúchil. Lo corrí de ahí y se fue al aguacate. Le volví a disparar y se fue a la rosa morada. Y ahora aquí está, aquí lo oigo, me taladra la cabeza. Me voy a un cuarto, me voy a otro, me voy a un rincón, me encierro en la bode-ga. En dondequiera lo oigo. Me sigue, me envuel-ve, me aprisiona. El canto del pichacuate se oye más insistentemen-te, incesante, sin pausa, sin descanso. Y en los oídos de Gaudencio resuena y se amplifica. La repetición de un chillido lúgubre y lastimero ocu-pa todo el silencio de la noche. Los gemidos y los largos aullidos que desde el patio del rancho lanza "Tizón", su fiel guardián, aumen-tan su inquietud.

Su mujer y el sobrino Librado, en ratos duermen y en ratos lo observan, temerosos de que vaya a perder la razón. Gaudencio les huye. No quiere tener palabras con ellos, ya que piensa que hicie-ron un pacto con el diablo y están buscando su muerte porque codician las talegas de alazanas y plateadas que con tanto esfuerzo logró reunir en su vida con privaciones y tenacidad. Hace ocho días que no prueba bocado que Micaela su mujer le ofrece, porque desconfía de sus inten-ciones. A escondidas se procura alimento. Hace los mismos días que no atiende sus ocupaciones habituales debido a que no pega los ojos de noche y se le va el día en dormitar y en vigilar los pasos de su esposa y su sobrino. Hace dos días Micaela llamó a un médico del pue-blo cercano y Gaudencio se enfureció y lo corrió. La última noche, en el paroxismo de la descon-fianza, y obnubilado por el canto del pichacuate, cavó un pozo en su habitación, tomó un bote le-chero con tapadera, lo forró por dentro con un ceñidor, introdujo las monedas y lo enterró. Tapó el pozo, emparejó la tierra, movió con dificultad un viejo y pesado mollejón y lo puso encima de donde hizo el pozo. Durante el día de hoy, salió de su habitación sólo una vez, ya oscureciendo. Micaela y Librado lo vieron que se dirigió a la cocina, de donde trajo un botellón con agua, lo metió en su cuarto y se encerró. 

Hoy por la noche no encendió la luz. Se oyeron murmullos como si platicara con alguien. Después gritos despavoridos y lamentos. En sus oídos y su cabeza seguía resonando el canto repetido, incan-sable, fastidioso, del pichacuate. Se oía su respi-ración jadeante y maldijo al diablo en voz alta. Sintió correr por su rostro un sudor frío. Se escu-charon ruidos como de una carrera adentro de su habitación. Pidió ayuda a Dios. Las fuerzas le flaquearon. Sus piernas no obedecieron y se des-plomó. Se arrastró haciendo un esfuerzo sobre-humano y se vio que abrió la puerta del corredor. En ese instante se hizo un silencio absoluto. El tecolotillo dejó de cantar. En seguida Micaela y Librado percibieron un aleteo dentro del cuarto de un ave grande, que a través de la penumbra del corredor, vieron salir de la habitación sobre el cuerpo de Gaudencio. Le alcanzaron a distin-guir el pecho y pudieron darse cuenta que se tra-taba de un tecolote. El ave se alejó por el patio en la oscuridad y todo quedó en silencio. Encendieron una vela y se encaminaron a la puer-ta de la habitación de Gaudencio. Estaba tendi-do, inmóvil, sin respiración, con los ojos abiertos, el rostro sangrante, con un rictus de terror. Las manos crispadas y en ellas, pequeñas plumas de color chano, sedosas, aterciopeladas, pegadas a la piel con un sudor viscoso.



Perdí mi libertad, perdí mi familia, perdí mi siem-bra. La justicia no es pareja con todos. Que dizque por mi culpa se murió Don Abundio Crisantos, vamos pues, que yo lo maté. Yo no pien-so así porque él mismo buscó su muerte. Yo nunca le había puesto un fierro encima a nin-gún cristiano. Pero en el caso de Don Abundio, mi cuerpo hizo su deber. Las cosas fueron así: Creo que fue a fines de enero. Yo vivía con mi fa-milia en una tierrita que me habían alquilado para sembrar de riego, pegada a una propiedad de Don Abundio. La tierra la habíamos rentado entre mi hermano Silvino y yo. Fuimos a la ofici-na de irrigación a comprar el derecho para que nos dieran agua del canal para regar y todo lo arreglamos como debe ser. Cuando ya la milpa de nosotros estaba en espiga, nos tocaba el turno del agua, pero en los días an-teriores Don Abundio estaba regando sus tierras y no soltaba el agua. Lo mismo nos había sucedi-do en el turno anterior.

Como ya estaban corriendo las fechas del turno nuestro, fui a avisar a la oficina del riego y me dijeron que iban a mandar a un fontanero. Cuando el fontanero se presentó, yo no sé qué platicó con el regador de Don Abundio y se retiró, pero no me dio el agua. Yo le pregunté al regador que si le había dicho el fontanero que me diera el agua, que comprendie-ra que la milpa estaba necesitada y que si se nos pasaba el turno, nuestra labor peligraba. El regador me contestó muy bronco, que él sólo recibía órdenes de su patrón, y que me entendie-ra con él. 

Yo no quise ponérmele enfrente al señor porque corría fama de lo déspota que era con toda la gen-te y siempre quería hacer su voluntad. Él estaba acostumbrado a que todos se le humillaran a pe-dirle parecer para cuanto paso daban y los tenía azorados a todos. Era un cacique malalma, de mala entraña. 

Como no me hizo caso el regador, abrí mi com-puerta, les tape su zanja y eché el agua para nues-tra siembra. Eso fue en la tarde. Otro día en la mañana, me buscó Don Abundio en el potrero en donde andaba regando. Él iba a caballo y llegan-do, llegando, sin saludarme, me soltó una retahila de ofensas y me reclamó el por qué le quitamos el agua. 

Me dijo que yo me había compautado con mi her-mano para perjudicarlo, pero que ahí se hacía lo que él mandaba. Sacó el machete de la funda y se me dio un arrejuntón con el caballo. Yo me pepené de la rienda para tratar de tumbarlo de la silla, pero en eso el caballo se dio un sacón y me jondeó al suelo. 

Al ir cayendo, sentí un golpe en la cabeza. Se me vino una nublazón negra y se me fue durmiendo la mente. 

Cuando me volví a dar cuenta de mí, estaba tira-do, y Don Abundio ya se había bajado del caballo y lo tenía enfrente de mí. Para entonces ya había dejado el machete y tenía el verduguillo del fuete en la mano. 

Al hacer el movimiento de recular el brazo para !arme, yo me rodé en el suelo, le metí una zanca-dilla con la pierna izquierda y me apalanqué con la derecha sobre de él y lo tumbé. Al caer para atrás, soltó el verduguillo. Era su vida o la mía. ;orno ya estaba viejo, no se pudo incorporar pron-to. Me abalancé sobre el verduguillo al tiempo que él se paraba. Lo que le abultaba era la panza y allí le di dos encajadillas cortitas. Se le aflojaron las corvas y se puso transparente como de cera, como que se le estaban vaciando los dentros. Yo me sentí aturdido y hasta entonces puse cui-dado en la sangre que me bañaba la cara, del ro-zón que me alcanzó a dar con el machete, cuando me atacó desde arriba del caballo.

Allí cerca estaba la zanja. Metí la cabeza en el agua, me lavé la sangre y me restregué los ojos para quitarme lo empañado de la vista. Comencé a sentir una conformidad en el cuerpo y me di cuenta que me volvieron las fuerzas. Me fui todavía destanteado a mi casa, que estaba cerca de donde habían sucedido los hechos y le di a saber a mi mujer lo que había pasado. Ella me lavó la herida de la cabeza. Me sentí muy desfuerzado y me acosté a reposar. Cuando volví en mi conocimiento, ya me habían echado a una carcancha y me traían amarrado al pueblo unos policías. Sí, fue a fines de enero, porque había cohetes en el pueblo por las fiestas de la Candelaria. Ahora me tienen encerrado. A mi hermano ya no le dan agua para regar la siembra. Me dicen que la milpa casi se secó. ¿Que le quité la vida a un prójimo?. Eso él se lo buscó. Yo nunca tuve la intención de provocar un pleito por lo del agua. Sigo creyendo que la justicia no es pareja. Si sólo defendí mi vida. Si no me le hubiera adelantado, el difunto sería yo. Una cosa si les digo: son más de cuatro a los que había pisoteado y humillado Don Abundio, que a estas horas casi brincan de contentos.




- Buenos días, Don Ramón. - Buenos días. - Vengo a ver si le interesan estas piedritas. - Enséñamelas. - Aquí están. - ¿Cuánto quieres por ellas?. - Se las quiero dar a cambio. - ¿Qué necesitas?. - Tengo ganas de colgarme un fierro pa' el eclis. - ¿Cómo te llamas?. .- Pedro Lorenzo. - ¿De dónde vienes?. - De Pómaro. - ¿Nomás esta bolsita traes?. - Sí. - Déjame buscarte uno.

- Mira aquí tengo esta fusca casi nueva, es de ci-lindro, de nueve tiros, calibre 22. Ve nomás las rayas del cañón. Enterita, flamante, está precio-sa. Fíjate cómo le relumbra el pavón. Como ves, tiene las cachas de cuerno de venado. Además te regalo una caja de parque si te la llevas. - Oiga ¿Y no tiene una de esas que sólo le caben seis tiros en la mazorca, más rollizos?. - Te la puedo conseguir, pero esa te cuesta el do-ble de piedritas. - Bueno, me llevo ésta. - Juan, anda a la casa y trae una caja de tiros 22, es de color amarillo y está junto de otras en el pri-mer entrepaño del armario que está cerca de la petaquilla. ¡Vuélale!. - Siéntate Pedro, ahorita vuelve el muchacho. - Oiga Don Ramón, hablando de otra cosa, me die-ron de encargo que vendiera estos dos cueros de mojocuán, ¿me los compra?. - No, eso te lo compra aquí casi enfrente, Jesús Cabezud, en la casa pintada de azul. - ¿Encontraste el parque, Juan?. - Sí, aquí está. - Aquí tienes tu pistola, aquí está tu parque, es del más fino, Super X. Los tiros que te vayan so-

brando los sacas a asolear cada 15 días, para com-batir la humedad. 

- Juan, dale a Pedro un bote de bolas de dulce para que le quite lo amargo al café. - Adiós, Don Ramón. 

- Adiós. 

- Pasaron ocho días y Pedro volvió a la tienda de Don Ramón. 

- Oiga señor, este fierro no me sirve. - No puede ser, yo tenía bien calada esa pistola. Quemaba bien los tiros. - De quemarlos, sí los quema, pero no me sirve. - ¿Traes algunos casquillos?. - Sí, aquí traigo unos. - Muéstramelos. - Aquí los tiene. - Pero si los pica en el mero centro, tiene que es-tar bien esa arma. ¿Por qué no te sirve?. Ya días andaba dándome guerra un puerco Bañero que se mete a mi labor y antier, cuando llegué a la milpa, el animal estaba doblando ca-ñas y tragándose los elotes. Lo alcancé a agarrar cortito y le quemé varios tiros. Estoy seguro que no le jerré, cuando menos le metí dos, pero el puer- co nomás se frunció, bufó, arrancó carrera y no lo hallé. Yo lo que quería era que al prendión, para-ra las patas el camichín. - Bueno, entonces la que tu ocupas es la 38 de ca-ñón largo que te dije. Te la cambio, pero te adver-tí que te costaba más piedritas. - Aquí traigo otra bolsita igual a la que le di. - La pistola que te ofrecí ya se la llevaron. Aquí tengo una igual a aquella, pero nuevecita, que te cuesta tres bolsitas de piedras relumbrosas. Con dos bolsitas te pones a mano. - No traigo más que una. - Bueno te la puedo dar por una más, si me dices donde te encuentras esas piedras alazanas. - Me las hallé en un río. - Pero, ¿dónde está ese río?. - No, mejor me devuelvo y cuando tenga más pie-dras vengo por el cuete de tiros más gruesos.



Sabina ayuda a su marido Dionisio a subir la es-calera que conduce a la oficina del Agente del Ministerio Público, a donde han acudido a pedir justicia. Dionisio tiene el brazo derecho caído, el pecho lle-no de cicatrices y mueve con dificultad el brazo y la pierna izquierdos. Llegan a la oficina y Sabina dice: 

- Señor juez, ya hace mucho tiempo que nos traen vuelta y vuelta y no vemos que la policía haga nada. Mi esposo quedó inválido como usted lo ve, y tiene ratos que se le va el sentido a resultas de los golpes y heridas que recibió. Yo tengo que tra-bajar duro junto con mis hijos para salir adelan-te, y los culpables andan riéndose de nosotros. ¿Qué no van a pagar lo que hicieron?. - Dionisio, tú explícale al señor qué fue lo que pasó. - Verá usted: nosotros tenemos una parcela en el (lalage, a orillas del río grande. Un domingo, a principios de Noviembre, el entonces presidente electo de Ixtlahuacán nos invitó a un convivio que organizó para festejar su triunfo en las eleccio-nes municipales.

Mi hermano me había avisado que ese día mata-ría un borrego para ofrecer una comida en el río para el señor Pablo Hernández, comerciante que se dedica a la compra de plátano, y que los invi-tados pasarían por mi parcela. Antes de irnos a Ixtlahuacán comenzaron a pa-sar camionetas por mi tierrita. Como ya estaba avisado por mi hermano de la comida que habría, no me tomó de extraño, sobre todo porque con mucha frecuencia dejábamos pasar gente con rumbo al río, por mi casa. Lo único que les reco-mendaba era que cerraran el falsete para que no se saliera el ganado. Ese día, en la vida de Dionisio y Sabina, el ama-necer fue transparente con fulgores encendidos y una brisa fresca del norte que avisa que el tiem-po va a cambiar en la costa. Es un viento recon-fortante que anuncia la terminación de los calo-res. Es como un soplo de bienestar que llega al final de un sacrificio. Las palomas alas blancas pasan surcando el cie-lo azul en compactas y zumbantes parvadas en busca de alimento y tierras cálidas, expulsadas de su solar nativo por los tempranos cierzos invernales. 

Dionisio prosigue su relato. - Después, supe que la mayor parte de las perso-nas que fueron con Don Pablo al río, se devolvie-ron temprano, y que los que se quedaron al últi-

mo fueron unos oportunistas que llegaron a la hora de la comida. 

- Nos fuimos a Ixtlahuacán mi mujer y yo. Allá convivimos con muchas personas conocidas en aquel lugar, y yo estaba con el pendiente de que se nos había hecho tarde, porque tenía que dar de beber al ganado en el río. - Llegamos a la casa y como está en lo alto, se al-canza a divisar para el lado de la playa y me di cuenta que todavía había varias camionetas es-tacionadas cerca del río. 

- Ensillé la mula y me dirigí hacia ese lugar. Ya las vacas estaban hechas bola enfrente del falsete, bramando porque tenían sed. - Al llegar al cercado, vi que las camionetas esta-ban tapando el paso en el falsete por donde yo debería arrear el ganado. Miré a un grupo de personas entre las que conocí a unos de San Mi-guel El Seco y otros de Las Conchas. Les pedí que ppr fávor movieran los vehículos para pasar las vacas a que bebieran en el río. - Al dirigirme a ellos, me di cuenta que estaban borrachos todos. Yo no oí que hicieran ningún co-mentario, pero se levantaron del grupo tres indi-viduos que se me acercaron, y cuando menos acor-dé, ya los tenía encima de mí echándome leñazos y golpes. De lo último que me acuerdo es que oí un trueno de disparo. De lo demás, ya no me acuerdo nada, pero mi mujer sí sabe lo que pasó enseguida. A ver Sabina, ahora tú hablas. - Cuando yo oí los disparos, les dije a mis hijos: - Vayan a ver que pasó. Su padre anda allá para donde se oyeron los balazos. Mis hijos agarraron un arma y se fueron con ese rumbo. Yo me fui atrás de ellos. Cuando mis hijos llegaron al río ya nomás alcanzaron a mirar las camionetas que se retiraban por otro camino en la playa y la polva-reda que dejaron. Vieron la mula en que andaba montado Dionisio y a él no lo miraron. Se dirigie-ron a donde estaba la mula y yo llegué enseguida de ellos. Lo encontramos tirado, inconsciente, bañado en sangre por los golpes que tenía en la cabeza y las heridas del pecho, tieso, como muerto. 

- Mis muchachos no alcanzaron a ver quiénes eran los que lo hirieron, pero Dionisio sí los vio y sabe quiénes son. Casi fue mejor que mis hijos no ha-yan podido conocerlos porque a lo mejor pagan justos por pecadores. - Ya estaba oscureciendito. Echamos a Dionisio a una bestia y lo llevamos hasta donde encontra-mos un carro. Lo trajimos a Tecomán. Cuando lle-gamos a la Cruz Roja, seguía tieso, con las quija-das trabadas y apenas se le echaba de ver el re-suello. Los doctores que lo examinaron nos dije-ron que la única esperanza de vida que tenía, era que lo lleváramos a Colima, pero que ellos creían que no viviría. 

- Lo llevamos a donde nos indicaron, pero allá nos dimos cuenta de que tenía un balazo que le atra-vesó el brazo izquierdo, la caja del cuerpo, y le salió por el otro lado traspasándole el brazo de-recho. Tenía otro balazo en el cuello y golpes en la nuca y en la cabeza. - De Colima nos mandaron a Guadalajara. Allá lo operaron. Duraron lo doctores como seis horas en la operación y dijeron que si vivía, sería un mila-gro. Le quitaron un hueso del pecho por los des-trozos que le hicieron las balas. - Después de varios meses, sanó del pecho, pero de la mente no quedó bien. Tiene ratos en que platica como es y puede dar razón de todo, pero para que es más que la verdad, en ratos puros desatinos dice y habla como si se hubiera bebido media botella de vino. 

- Digo yo, si hubiera habido motivo porque algo debiera él, pero lo único que hubo fue que les pi-dió que lo dejaran pasar con el ganado y porque los. incomodó, esos indinos lo andaban matando. - ¿Ya hasta para defender lo de uno se tiene que sufrir y exponer la vida?. - ¿A usted le parece justo esto señor juez?.







- iQui'ubo Epigmenio!. ¿Cómo la pasas?. - Bien Ingeniero, ya me ve aquí muy tranquilo. Jálese la silla mi Inge. - Demasiado tranquilo. ¿Por qué no te vienes con nosotros a la brecha que estamos haciendo rum-bo a La Placita, para que se te calienten los hue-sos?. Siempre que vengo te encuentro en una sola postura, jineteando la hamaca. - ¿Qué quiere que haga Ingeniero?. Si mi vieja no me deja trabajar y si así estoy a gusto, pues que así sigan las cosas...¿No le parece?. La mujer me atiende bien, para que es más que la verdad y ya me acostumbró. 

- Amanéce, agarro mi caballo y el burro y me voy a traer la leña que mi compadre Evodio ya tiene cortada. La descargo en el patio para que se asolié y luego me le parto a la hamaca. Apenas me voy quedando, cuando ya la vieja le está echando gri-tos a uno para que se vaya a almorzar. Que el pocillo de café con galletas, que el sope calientito con requesón, que la gorda con jocoque, no falta qué. Ya almuerza uno y se le va a la hamaca y le entra a uno el sopor.

- Cuando menos acuerda uno, ya la vieja le está echando gritos para que se vaya a comer. Que la cecina asada con frijolitos chinos con un pedazo de queso, que los blanquillos estrellados, que el arroz con leche. Se le va uno a la hamaca y le en-tra el sopor. - Sin sentir se llega la hora en que la vieja lo está llamando a uno porque ya está lista la cena. Como ya se oscurece, entonces se va uno a dormir por derecho. 

- Si le digo que la vieja sí me atiende. Amanece otro día y lo mismo. - En antes, cundo tenía la otra mujer, Lugarda, yo había arreado el vicio del chínguere. Pero las guarapetas que me ponía eran muy pesadas. Amanecía pepenándomele al cántaro del agua, con el gaznate reseco y la panza ardiendo por la cruda y por eso me quité esa mala imposición. Pero tenía razón porque esa mujer me daba mo-tivos. Era retobada y le aspiraba a mandar. Me tenía muy exigido. Quería que trabajara, me li-mitaba la comida. Me echaba de mal modo un sope martajado con chile y me daba una tasa de canela. Me tenía diario relamiéndome como el perro del carnicero y a mí no me ha gustado que los bocados que me como me los estén contando. Le gustaba sembrar la imbromia y llevaba siem-pre la contra. Era rezongona y aunque estuviera escupiendo pedazos de dientes, no le tapaba la 

boca. Se enojaba hasta con el viento. Yo sentía que ya me había agarrado tirria. - Yo siempre me dije: lo que no puedes ver, en tu casa lo has de tener. Ya me trozaba de lo flaco que estaba y hasta el sueño se me espantaba. Nomás los cueros me colgaban. Ya pisaba despacito, como las bestias espiadas. - La consentí un tiempo, pero por anclarla consin-tiendo ya me andaba llevando la tiznada. Bueno, tanto como llevarme, no me llevó, pero sí me arras-tró un buen trecho y ya se me andaba mascando la soga. - Una de las cosas por las que me comenzó a dar en cara esa vieja, fue que se volvió muy resbalo-sa y un día la hallé palabreándose con uno en la puerta. - Esa vez le dije: en esta casa no hay más que un hombre que es el que manda y también no quiero aquí parones ni pegostes cuando yo no esté. Aquí no hay Más cera que la que arde. - Lo que me colmó el plato fue que un día se burló (le mí. Yo estaba en la hamaca y ella estaba en-frente echando las tortillas. Al estar torteando, agarró con el puño los machigües, me los aventó a la cara y me dijo: 

- Como que llovizna. Ya me había llenado el buche de piedritas y cuan-110 ya sentía que me hervía la sangre de muina, ya no aguardé más. Me levanté de la hamaca, agarré un leño y le dije: - Como que te cae un rayo. Y se lo dejé ir en mero enmedio de la partidura del cabello. No tuvo tiem-po ni de sorberle al moco y allí quedó hecha mon-tón atrás del metate. - ¡Ándele, eso quería, se lo estuve diciendo y no entendió!. - iY ahí nos vimos mis caras largas, hasta pron-to!. - Fui a parar más allá de la trastumbada del ce-rro y gané el monte entre huizapoles y breña. - En cambio, ésta se desvive por mí. Es muy man-sita y casi me adivina el pensamiento. Siempre hay que decir la verdad. Es muy voluntariosa y le he cobrado mucha voluntad. Como el tiempo está trabajosito, ella le mueve a su quehacer. Viene a la hamaca y me trae un abanico para que me es-pante el calor y hasta jabón de olor me tiene para que me bañe, pero a mí eso no me cuadra mucho. - Yo lo único que hago es arrimarle la leña para el fogón. - Ese caballo que mira ahí persogado, es con el que cabresteo al burro cargado con la leña. Se llama el Seven porque no tiene cola. - ¡Oye vieja!, tráeme mi nis... - Hombre ojitos no tomes anís, si dices que te hace daño el vino. - Si no le estoy pidiendo anís, le estoy pidiendo mi nis...café. - Mi vieja dice que a los palos hay que hallarles el hilo y a los hombres el lado. Yo creo que es cierto. - ¿O no, Ingeniero?.





Guasón, dicharachero, ocurrente, confianzudo, sangre liviana, así era "Macuaz". Se encargaba de llevar la leche de la hacienda de Coastecomatán a Colima, todos los días en la ma-drugada. Su hora de salida era a las cuatro de la mañana para estar en Colima a las ocho. Emplea-ba dos bestias mulares, una que llevaba estiran-do con cuatro botes de veinte litros, y en la que él montaba llevaba dos botes de diez litros. Él se entendía con arreglar las monturas y los bo-tes, y la ruta que seguía era bordeando La Espe-ranza y El Cerano, para pasar el río cerca de Coquimatlán. A la hora de la comida ya estaba de regreso en el rancho con sus arreos. Al bajar el sol, después de dormir una siesta, se encaramaba en la barda del gran portón que ha-bía en la entrada de la hacienda y ahí se pasaba largo rato divisando la lejanía: el potrero de El Cárcamo, el cerro de Los Chupalcojotes, el potrero de El Chical, los cerros de El Chino y de Jicotán y después se ponía a tocar su organillo de boca marca "Centenario", del que no se despegaba. Sus canciones favoritas eran: Las Gaviotas, La Norteña, Rayando el Sol y Cielito Lindo.

Laureano y yo éramos ordeñadores. Un día, ya pardeando, llegó y me dijo: - Oye Carlos, dile a Laureano que se apuren a ordeñar porque mañana quiero llegar más tem-prano a Colima con la leche. Ajusto 21 años y voy a ir a visitar a mi tía Regina, la que me crió, y quiero alcanzar a comprar empanadas de coco en El Buen Viaje, que las hacen muy buenas y a ella le gustan mucho. Me festejaré a su lado para acordarme de cuando era chico. - No te apures Macuaz, me voy a dormir más tem-prano para madrugar, nomás ya deja de tocar tu flauta. Tocas muy bonito pero me desvelas. - Diciéndole eso y me le dejé caer tendido a la hamaca. 

- En eso quedamos-, me dijo. Estaba haciendo mucho calor y en esos días sofo-cados, paso las noches en la hamaca que tengo en el corredor y ahí me quedo hasta que se hace la hora de ordeñar. 

- Está muy nublado y puede que llueva, le dije a mi mujer María Camila. Imagínate, el corral está todo atascoso por la lluvia de ayer y si llueve aho-ra, cómo se nos irá a poner para la ordeña. Pero no adelantemos vísperas y vamos a pegar los ojos. - ¡Ándale Carlos, acuérdate de lo que te dije ano-che, me quiero ir temprano-, vino y me dijo Macuaz 

en la madrugada hasta la hamaca en donde yo estaba. 

A mí se me hizo corto el rato que dormí, pero como estaba nublado, no podía guiarme por las estre-llas. Me movió los pies y me dijo: - Si te apuras, también a ti te traigo empanadas. Se fue haciendo punta hasta el corral a prender los aparatos y a acomodar los botes. Serían las dos de la mañana. Comenzó a soplar un vientecillo fresco y a relampaguear. Lejos, como para Zacualpan y el lado del volcán, se oía como que estaban vaciando carretadas de piedras en el cielo. 

Nos pusimos a ordeñar Laureano y yo y nos apu-ramos para que no nos agarrara la tormenta, pero me entró preocupación por Macuaz, que al llevar la leche, tenía que pasar el Río Grande. Ya tenía listas las dos mulas con sus monturas y Laureano le dijo: - Vale, todo está tronando para allá arriba, de donde viene el río. Aunque la leche se quede, yo diría que no te arriesgaras a que te vaya a sor-prender una creciente del río. No vayas. - No faltaba más. Ya me han agarrado muchas tormentas y nunca he dejado de llevar la leche a Don Esteban. Él tiene compromisos de entregos con muchas gentes y no puedo fallarle. Vacíen la leche de los tarros, ayúdenme a cargar los botes en las mulas y me voy! - Yo le dije: - Mira Macuaz, voy a ensillar mi mula y te voy a acompañar hasta el paso del río. - Yo no necesito quién me cuide, pero ya verás si quieres ir -, me dijo. - Para cuando cargamos los botes, ya comenzaba a lloviznar. 

- Se montó en su bestia, agarró la gamarra de la que iba cargada, le echó una mirada al cielo, se persignó y me dijo: 

- ¡Vámonos!. 

- Cuando íbamos llegando al río, se desató la tor-menta. Las culebrillas de los relámpagos se ve-nían una tras de otra. Se comenzó a oír el estré-pito de la corrientada y en la luminosidad de las descargas eléctricas, alcancé a columbrar que el río venía regularmente crecido. Me le arrimé y le dije a gritos: - Más vale no pasar, yo veo la corriente pesada. - Si no quieres, no pases. Yo sí voy a pasar. Así he pasado muchas veces-, me dijo. En ese preciso instante y en medio de un gran estruendo de los rayos, me di cuenta que la corrientada se hacía más violenta. 

- iNo Macuaz, devuélvete! 

- ¡Regrésate Macuaz! - iMaaacccuuaazz! Se perdió mi grito en el fragor de las turbulentas aguas. 

En el resplandor de un relámpago, lo miré que iba cerca de medio trecho del ancho río, pero vi que la mula cargada se le sentaba. En otro vislumbre ya no vi la mula cargada y al-cancé a mirar como él y su montura se perdían en el oscuro torrente. 

Impotente de poder hacer algo por él, me devolví a la hacienda y le platiqué a Laureano lo que ha-bía pasado. Amaneciendo nos fuimos él y yo a recorrer la pla-ya del río buscándolo, todo el día. No lo encontra-mos. Ese mismo día en la mañana, volvió a la ha-cienda, sola, sin montura, la mula en la que Macuaz iba montado. 

Al tercer día seguimos buscando por el río, más abajo, y lo encontramos atorado en el tronco de un sabino, en un tapume que el río había forma-do, cerca de Periquillo. Ya no se oyeron más en Coastecomatán ni su flau-ta, ni las notas de Cielito Lindo, La Norteña, Las Gaviotas y Rayando el Sol.




Se llamaba Agustín González. Fue primo herma-no mío. Nos criamos juntos en los cerros, entre los encinos y los ocotes, donde el viento lleva el ruido del monte y el suelo está blandito por los ocochales de los pinos, en terrenos cercanos a Mazamitla. Era un poco más grande que yo. Nunca se supo que fuera peleonero o desordenado y se dedica-ba a su trabajo, que le gustaba mucho. Lo que hacíamos era pastorear unas vacas de mi padre y otras de mi tío Jesús, padre de Agustín; acarrear pastura y sembrar en las aguas. Cuando Agustín tenía apenas unos doce años de edad, por órdenes de mi tío Jesús, tenía que un-cir novillos para arar y seguido lo abarrajaban por allá los animales brutos. Un día que su padre lo mandó que unciera unos novillos, hubo oportunidad de que Agustín diera muestras de su valor. "Tartajo le dijo: - Ese novillo es bravo, papá. - iQué bravo va a ser esa garra de animal!. Le quiso poner la muestra de cómo uncirlo y el animal lo enganchó, lo zarandeó y lo aventó como muñeco contra el suelo. Lo fue rodando con los cuernos hasta la orilla de un precipicio que esta-ba cerca. Al ver aquello, Agustín agarró una co-bija que tenía horqueteada en un palo, le habló al novillo y se lo quitó de encima. Se le vino a "Tartajo", que le largó la cobija, brincó por enci-ma de una atarjea y logró escabullirse, mientras que mi tío pudo levantarse y ponerse fuera del alcance del enfurecido animal. Siendo Agustín chico de edad, un dicho Silvestre mató a un hermano suyo, mayor que él, que se llamaba Zenaido. Aunque "Tartajo" no lo cono-cía, supo su nombre y el grito de la sangre lo hizo pensar en vengar la muerte de su hermano. Cuando estaba añejo y ya trabajando en labores de hombre grande, en el campo, un día fue a traer agua en su bule a un pozo cercano. Junto al pozo había un nogal grande y en su sombra estaba un grupo de hombres que comían, bebían y reían, y alcanzó a oír una plática. Uno de los allí reuni-dos, le decía a otro: - ¿Sabes cuándo fue, Silvestre?, poco tiempo des-pués de que mataste a Zenaido. Al oír el nombre de su hermano, puso mucha aten-ción en quien hablaba y al que se dirigía. Siguió llenando el bule y el grupo no se dio cuenta que los oía el muchacho. Grabó en su mente su fisono-mía. 

Tiempo después supo que ese individuo se había ido a trabajar a otra parte, y lo siguió. Consiguió trabajo en donde él andaba y buscó su amistad confiado en que el tal Silvestre no sabía quién era. En ese lugar, en unos potreros a un lado de la Loma Rabona, había una siembra de trigo que ya andaban cosechando. Agustín tenía una rozadera de anillo, resistente, nuevecita, y todas las tardes, cuando salía del tra-bajo, la afilaba cuidadosamente con una piedra de amolar. 

Un día cuando se reunía el grupo en un descanso para comer su bastimento, Tartajo se dirigió a donde tenía colgado el costalillo con su comida, en un palo. Lo bajó, lo tomó con la mano izquier-da y se encaminó a donde estaba aquel indivi-duo, en ademán de ofrecerle lo que iba a comer, llevando la rozadera en la mano derecha. Silves-tre le hizo confianza porque ya lo había visto va-rios días en el trabajo, había platicado con él y dejó que se acercara. El individuo al que se dirigió Agustín, traía una daga en su funda, ancajada por el lado derecho del fajado y antes de darle tiempo de que hiciera ningún movimiento y sin hablarle, lo ensartó con la rozadera por el costado izquierdo, le dio un recorrión para el otro lado y le rajó toda la pan-za, como si lo hubiera agarrado una sierra. Sil-vestre se dobló con las tripas de fuera. Agustín arrancó carrera con la rozadera en la mano y ganó al monte. Esto pasó en la Hacienda de El Pelillo, por el rumbo de Tapalpa. 

De ahí se fue a Sayula y se dio de alta en el bata-llón del Ejército que había en ese lugar. Yo supe que lo habían visto y lo fui a buscar, y sí, ahí lo encontré. Platiqué con él y me contó cómo había estado la muerte que había hecho. Con todo y lo tartamudo que era, yo sí le entendía y le adi-vinaba lo que quería decir, porque desde chicos anduvimos juntos. No sé si vive o muere, porque en Pueblo Nuevo, de esos días para acá, no se ha vuelto a saber nada de él.



Yo andaba en los cerros, montado en un macho retinto muy bueno para andar, en busca de mis primos a los que les había perdido el rastro hacía mucho tiempo. Cuando salí de Coahuayana con rumbo a Palos Marías, estaba esclareciendo. Caminé por llanos soleados y sombreadas barranquillas y al pasar por la Barranca de la Parotita, divisé en un arro-yo a un hombre ya mayor, encuclillado en la orilla de la corriente con una batea en las manos. Ha-cía mucho rato que no encontraba en el camino a ninguna alma. Me acerqué y lo saludé. En una sombra cercana estaba una mula ensillada, persogada, y por un lado de él, una retrocarga de cuatro cartuchos recargada en unas piedras. Con-testó Mi saludo y siguió en la misma postura. Era un hombre viejo que no se había hecho la rasura en muchos días, de barba y bigote blan-cos, de piel blanca tostada por el sol, de mediana estatura, vestido con calzón largo y cotón de man-ta. Le pregunté qué hacía y me respondió que es-taba lavando chispitas. Meneaba la batea, tiraba el agua y con una bolita de azogue atrapaba las chispitas que recogía con el cañuto de una pluma de ala de gallo, y las depositaba en un frasco de vidrio. 

Me desmonté y me puse a platicar con él. Me dijo que ya que reunía una cantidad considerable, después de varios días de búsqueda, las llevaba a vender a Coahuayana o a Villa Victoria. Se incorporó y me dijo que se llamaba Ramón Campos. Me preguntó: - ¿Cómo te llamas? . - Ignacio González -, le contesté. - ¿Qué andas haciendo?. Después de darle razón a lo que iba, me contó que el conocía a los familiares a quienes yo bus-caba. Que vivían un poco retirado de su casa, pero que al día siguiente, temprano, me podría acom-pañar a ese lugar. Me dijo que en ese rato se diri-gía a su casa y me convidó a ir con él. Yo acepté, ya que de tan buena voluntad se ofrecía a guiar-me. Su presencia inspiraba confianza y respeto. Recogió sus aperos y salimos con rumbo a su mo-rada. 

En el camino me dijo que esa noche me invitaba a ir a buscar venados. Era el mes de diciembre, cuando comienzan a florear los ozotes y me refi-rió que en el cerro a donde iríamos, había mu-chos árboles de esos, a donde acuden los venados 

a comer la flor, pero que había un tigre que los estaba ahuyentando y que él pensó ir en busca del tigre esa noche y me preguntó si me animaba a ir con él. Le dije que sí. Yo llevaba un rifle Winchester de seis tiros. 

Llegamos a su casa, en donde estaba su esposa, que era una mujer también mayor, acompañada por un nieto de unos diez años de edad. Comi-mos, descansamos un rato y ya con el sol bajo, tomamos el camino del monte. 

Fuimos a dar, ya oscureciendo, a un ojo de agua que estaba al pie de un paredón, junto a un mojo muy grande. Él se subió por el paredón a una hor-queta del árbol y ahí se quedó con su escopeta. Yo me fui a otro mojo que estaba enfrente de ese lu-gar, como a 40 metros del aguaje. Pasó un rato sin novedad y de pronto oí clarito el rugido de un animal . Lo volví a oír en dirección a donde se había quedado el viejo. Me inquietó que después de eso no hubo ningún trueno y me bajé aluzando a ese' sitio con la lámpara de carburo. No miré nada y avancé hacia el jagüey. Llegué abajo del mojo y me gritó Don Ramón: 

- ¿Qué quieres?. - ¿A qué vienes?. - Oí bufar a un animal y me entró preocupación por usted. El viejo soltó la risa y me enseñó: tenía una bufadera en la mano. Después la revisé con cal-ma. Era una balsa de bule, trozada, de mediano tamaño, que tenía la boca por donde se le sacan las tripas, tapada con una vejiga de toro cosida. Tenía dos portillos en lados opuestos y a través de ellos pasaba un cordón encerado de mayor lon-gitud que el ancho de la balsa, anudado en sus dos extremos y que había sido puesto antes de cerrar la boca de la balsa con la vejiga. Le jalaba el cordón, y el ruido que producía el frote, era ni más ni menos como el rugido de un tigre o de un leoncillo. La usaba para llamar al tigre. 

Me dijo: - Súbete al palo de nuevo y no vengas si oyes bu-far otra vez. Allá quédate. Me devolví a mi puesto y en quietud esperé. Por un largo rato solamente oí los graznidos de las lechuzas y el canto de algún pichacuate. Como una hora después pude oír nuevamente un bufido y más al rato, otro. Después del segundo mugido, en el silencio de la noche, escuché un pujido diferente y más lejano, que resonó. El mis-mo estentóreo ruido se repitió y se oyó más cerca, y miré como el viejo encendió su lámpara enfo-cando a un lado del aguaje y después percibí dos truenos y el ruido inconfundible en la hojarasca, que hace un animal cuando se revuelca. Se oyó un pujido largo que fue perdiendo fuerza y en se-guida un resoplido y luego el silencio. Después de un momento en que ningún ruido se oía, me gritó Don Ramón: 

- iVen, ya cayó el tigre!. Me bajé del árbol, tomé el rifle, lo preparé y cami-né con cautela. Prendí mi lámpara y al enfocarla, lo miré a él junto a un bulto manchado, tirado en el suelo. Era el tigre perseguido por el viejo.



Caminé por la sierra, donde había una ocotera, y una íngrima casa encontré en todo el día. Lleva-ba hambre. Me acerqué a la casa. 

- Buenas tardes. Buenas tardes. 

Nadie me contestó. Me asomé. Estaba abandona-da. Ni rastros de comida. 

Seguí mi camino, y ya oscureciendo, me encontré un jagüey. El agua era zarca. Alrededor del naci-miento había florecitas. Me harté de agua. Se me hizo de noche y ahí dormí junto a un palo, cerca del aguaje. Muy de mañana oí cantar pájaros. Bebí agua y seguí bajando el cerro. Ya muy tarde, divi-sé una casa de tejamanil grande, con corredores a los lados y cerca un corral de ordeña, pero no había animales. Me arrimé. Me dio olor a queso. El hambre me dominaba. Llegué a la puerta, ha-blé y nadie me respondió. Vi un tapanco, volví a hablar y no tuve contestación. En el tapanco esta-ha una china de palma extendida y otra colgada. Yo pensé para entre mí: aquí me quedo a dormir y a ver quien llega. Agarré la china que estaba colgada y me la tapé. Ahí encontré una almoha-da. 

Un poco después de media noche, oí que canta-ban afuera de la casa y pensé: ¿Qué, estaré loco?. Me levanté y miré a unas mujeres con unos hachones de ocote que cantaban alabanzas. Se acercaron dos hombres y uno le dijo al otro: - Yo me subo, bajo a mi compadre y tú lo recibes. Subió la escalera del tapanco. Llevaba un ocote ardiendo y me alumbró. Yo estaba amonado y al verme, se asustó y se cayó de la escalera. Oí que le dijo al otro: - ¡Oye está vivo!. Una viejita que iba con ellos, dijo: - Déjame subir. Subió, me alumbró y dijo: - ¿Cómo te va giierito?, venimos por Evaristo, aquí está debajo de la china. - Ven tú Mariano-, le dijo al que se había quedado abajo, - este güerito es otro, no es por el que venimos. Subieron, quitaron la china que estaba tendida y voy viendo que debajo estaba un hombre tieso. Lo bajaron y tenían una bestia ya lista, ensillada. Lo horquetaron en la silla, le amarraron los pies en los estribos y le pusieron un palo que tenía una horqueta. Lo apuntalaron por detrás de la cabe-za de la silla y la horqueta se la amarraron por debajo de la quijada. No podían llevarlo en pari-huela porque la bajada del cerro era una vereda muy cerrada por el monte. Yo los acompañé en el viaje y me vine platicando con uno de los que vinieron por el muerto. Me con-tó que el difunto era ordeñador. Que ya tenían tres días bajando el ganado porque se venían las aguas y en el cerro había un tigre muy empicado que les estaba acabando las crías. Que el día an-terior, cuando estaban echando el último viaje de reses, al ordeñador le picó un vinagrillo, que be-bió agua y se acostó en el tapanco, mientras ellos seguían juntando las vacas, que ya para salir con el ganado, fueron a verlo y ya lo encontraron muerto. Ellos bajaron ya queriendo oscurecer con rumbo al otro rancho a donde iban a cambiar las reses y a avisar a la familia del finado. Llegaron con el ganado y avisaron a su patrón, quien ordenó que organizaran el viaje con más gente para venir por el difunto y lo llevaran a enterrar allá abajo, que fue cuando llegaron a donde yo estaba con el muerto sin saberlo. Me preguntó que de dónde venía. Yo le di razón y le conté que la noche ante-rior dormí junto al aguaje y me dijo: De la que te escapaste, porque a ese jagüey cae un tigre empicado, el mismo que te dije que esta-ba haciendo daño en la ordeña. Ya una vez se desapareció un mesillero y después una partera con todo y criatura y que se infiere que ese ani-mal se los tragó.

Llegamos con el muerto a una ranchería que no estaba muy retirada. Estaba queriendo amane-cer. Los que traían al finado se dirigieron con un señor de bigotes alazanes y retorcidos, que era el dueño del rancho. Lo bajaron de la bestia, formaron una cruz con ceniza en el suelo, del tamaño del difunto y ahí lo pusieron mientras arreglaban un catre de bctle. Después cuando lo pasaron al catre, en donde estaba figurada la cruz de ceniza, pusieron unas veladoras prendidas. Yo aproveché para comer, porque tenía dos días que no probaba bocado. Ellos lo enterraron y yo seguí mi camino de bajada, con rumbo a la costa.




Aquí es rara y contada la vez que eso sucede. Pero en la tierra en donde yo vivía antes, en la tempo-rada de aguas, seguido hay granizadas en las que los bajillitos y los zanjones del campo, se ponen rasitos de piedras de hielo. 

Nosotros vivíamos en la ladera de un cerro. Yo tendría como doce o catorce años. Un día en la tarde, en que seguro Dios pensó que yo no estaba haciendo bien las cosas, se vino una nublazón que de arriba era negra y abajo blanca. Se asomó un trozón de nubes en dirección al suelo, que azuleaban y se desató una tormenta que dejó caer una granizada tupida. Mi madre tomó con su mano derecha una palma bendita que siempre guardaba atrás de la puerta de entrada, levantó el brazo hacia el cielo y murmuró unas oraciones...Jesucristo aplaca tu ira...Ten miseri-cordia Señor. 

Según me dijo mi padre, era una culebra de agua y granizo. Allá hay la creencia de que haciendo lo que hizo mi madre, se cortan las culebras. Y ese día, después de los rezos de ella, el cielo se empe-zó a apaciguar. Dejó de granizar, se acabaron los rayos, siguió una mansa llovizna y oscureció.


Habíamos sembrado maíz, frijol y calabazas y la milpa estaba chiquita. Apenas unos días antes la acabábamos de escardar. En los días en que cayó la granizada, la milpa tenía una plaga de una tortuguilla que le estaba consumiendo las hojas. Las matas de maíz y de frijol se miraban tristes. Al día siguiente de la tormenta, muy temprano, mi padre me dijo: - Anda a ver la milpa a ver que nos quedó. 

Yo le contesté: 

- Y a qué voy padre, la culebra nos ha de haber acabado. 

Mi padre me volvió a decir: - Anda a la labor. Dios es muy bueno y sabe lo que hace. Me dijo también: - Llévate un costalillo de semilla de maíz y si ves que la granizada le hizo daño a la milpa, ponte a resembrar. 

Yo arranqué gustoso a la milpa, haciendo caso y creyendo lo que mi padre decía. Al llegar a la la-bor, salió el sol, y voy viendo que la granizada no le hizo ningún daño, y tanto las matas de maíz, de frijol y de calabaza, estaban chulas . En el ce-rro se miraba un cajete grande que abrió la cule-bra cuando se clavó. 

Regresé a mi casa y le conté a mi padre lo que había visto. 

El me dijo: - ¿Ahora entiendes lo que te decía?. Que Dios es muy bueno y sabe lo que hace. El granizo acabó con la plaga. Nuestra fortuna fue que todavía es-taba chica la milpa. Si la granizada se hubiera venido cuando la milpa o el frijol estuvieran gran-des, entonces sí nos hubiera hecho mucho daño. Pero ten la seguridad de que comeremos elotes y tendremos el puño de frijol para el gasto y las ca-labazas para los animales.





iEs una compasión ver tanta gente enferma en el pueblo! Agricultores desconsiderados sembraron un arro-zal a muy corta distancia de la población, las au-toridades los han protegido y no hacen caso de las quejas de los vecinos. Hemos tenido que reca-lar con el General que es candidato a goberna-dor. Allá anda una comisión siguiéndolo en su gira para pedirle que nos ayude. A mí me convidaron. Me dijeron: Vamos Valente, para que nos des una canilla. Pero yo tengo enfermos en mi casa y no pude ir. Muchos nunca fuimos escuelantes, pero bien sa-bemos de dónde viene la enfermedad que se lla-ma paludismo y que nos ha atacado por tanto zan-cudo que se ha soltado con la siembra de arroz. Hay mucha inconformidad en el pueblo, y los ve-cinos están indignados contra del encargado de la oficina de Sanidad por haber permitido esa siembra.

Nomás en las casas de una sola calle, en cuatro cuadras que hay de donde vive Goyo Zúñiga al jardín, contamos 56 enfermos. Ayer fuimos a sepultar a Inocencio Luna, que so-lamente duró enfermo tres días. A la hora de la misa eran tristes las palabras del Sr. Cura que decía: 

- Dios misericordioso, que nos guía y allana el camino de nuestra salvación, le concederá el des-canso eterno a su alma. Que el Señor tenga pie-dad y misericordia de nosotros y que en la Provi-dencia Divina encontremos remedio a nuestros males. 

Por todo el pueblo se ha regado la enfermedad, y frente al mostrador de la botica de Carlitos Vir-gen hay hasta tres hileras de gente esperando por alguna medicina o que él, que tiene una bicicleta, vaya a su casa a inyectar a los enfermos. iCarlitos, anda pronto por favor a inyectar a mi hijo que no se le corta el escalofrío y ya no tengo ni que taparle. Vivo en uno de los cuartos de José Moret. 

- Carlitos, dame dos inyecciones de Metoquina. - Carlitos, anda a inyectar a mi papá que no le puedo cortar la calentura. Es de Don Pancho Zamora, al otro lado. - Carlitos, me das dos inyecciones de Atebrina. 

Ayer pasé en la mañana por la botica y vi apilados como treinta cartones de ampolletas de Metoquina, en la entrada de la farmacia. Para en la tarde que volví a pasar por ahí, solamente que-daban dos cartones. 

Hemos visto muchos cuadros dolorosos en estos días, pero hubo uno especialmente impresionan-te: 

Un día en la mañana, yo iba a caballo rumbo a la laguna a tratar unas pasturas y me detuve, por-que en una casita de zacate, que está enfrente del terreno del Padre José María, cerca del pan-teón, vi a una mujer llorando, limpiándose las lá-grimas con el rebozo, junto a una niña. Le pre-gunté qué le pasaba y me contestó que adentro de esa casa, había una niña muerta y toda la fa-milia estaba enferma. Me apié del caballo y entré a la casa. Vi una escena muy triste. Era una casi-ta muy pobre, con cercado de pajarete. En un tapeixte, una señora acostada. En una cama an-cha, tres niños atravesados, súpitos de la calen-tura. En otro tapeixte, un niño delirando del ca-lenturón yen un tendido en el suelo, una niña como (le 14 años, tapada con su rebozo, muerta. Se infiere que la niña era la que hacía el movi-miento de atender a los demás, porque la mamá en su delirio decía: 

- Carmen, Carmen, dame agua. - Carmen, Carmen, mira a los niños.

Y a los nmos solo se les ma nem: 

- Dame agua, dame agua. Seguramente se calcinó con la fiebre tan alta. En el fogón no se veía lumbre y en una canastita que colgaba de un gancho de alambre, un terrón de azúcar y unas rajas de canela. En un rato se apiló la gente. Unas mujeres lleva-ron agua y otras llevaron leña para poner lum-bre. 

Por ahí andaba un ingeniero que se hizo popular en el pueblo por su apodo de "Conejo Prieto". En-tre él y yo fuimos a la funeraria Gallegos a pedir fiada una caja para la niña. De ahí, me fui a la tienda de Antonio Gallegos a comprar café, azúcar, arroz y galletas para que aquellas criaturas comieran algo. Fui a la botica de Carlitos y también pedí fiado unas medicinas para aquella familia. La niña había muerto al parecer, de una forma fulminante de paludismo que le llaman pernicio-sa. Al señor, padre de la niña, se lo habían lleva-do grave a Manzanillo y allá murió al día siguien-

te. 

Quién quita y los vecinos que andan tras el can-didato, consigan ayuda y nos saquen de esta si-tuación.





El cuerpo de Delfino se ha consumido. Extenua-do, macilento, yace sobre un catre en estado ex-tremo de postración. Sufre intermitentes y convulsivantes escalofríos, seguidos de fiebre y continuos y espasmódicos accesos de tos. Lo aca-ba de santolear el cura del pueblo más cercano, que ha caminado dos horas a caballo para admi-nistrarle la extremaunción. Su mujer y sus hijos lo rodean. Lo trajeron recientemente del hospital de Manzanillo, donde los médicos lo desahucia-ron. 

Él siempre ha pensado mucho en Arcadia, su mu-jer, que padece una enfermedad en el vientre que no ha podido atender por su pobreza. Ha vivido con la esperanza de poderla llevar a la ciudad con un médico que la cure. Creyó que estaba muy cerca el cumplimiento de su ilusión cuando se presentó delante de él un hecho que resultó muy importante en su vida: Un día que salió al monte cargando su viejo rifle cali-bre 22 Winchester de repetición, oyó el "pata ra-jada, pata rajada", canto inconfundible de las chachalacas. Silenciosa y cautelosamente se les acercó, porque son muy ladinas y les hizo un tiro. Vio claramente que acertó en el tiro y la chachalaca herida voló y cayó retirada del árbol en don-de estaba posada. Siguió su rastro y fue a dar a una lomita, entre el monte, que en el frente tenía una piedra laja muy grande y pudo observar por un lado de la piedra y en su parte más baja, un agujero como de resumidero del agua de la llu-via. Le causó curiosidad y pensó en volver algún día a explorar el lugar. Él ya había oído decir de historias fantásticas, de entierros y cosas referentes a los antiguos indios que poblaban la región y relacionó lo que vio con lo que había oído. - iSabes Arcadia, encontré hoy algo raro en el monte y voy a volver a ver que hallo!. Voy a convi-dar a mi compadre Melesio y voy a ir mañana. Se puso de acuerdo con Melesio y otro día se re-unieron para ir a donde se topó con la lomita de tierra tapada. Se armaron con un pico, una pala de piquete y una linterna de carburo. Arcadia les echó bastimento, se llevaron un bule grande lleno de agua y todavía con el sereno de la madrugada se fueron al monte. No erró la ruta Delfino y llegaron al lugar que está situado en el Plan de El Chical que está pasando el arroyo de El Venado. - ¡Oye compadre, yo creo que aquí hay algo mis-terioso!- , dijo Delfino a Melesio. 

Encontraron la piedra laja muy grande recarga-da sobre la loma donde estaba el resumidero. Comenzaron a mover la piedra, que después de ayudarse con el pico, pudieron embrocar y a la vista de ellos apareció la boca de una cueva con un pasadizo en donde se tuvieron que agachar para seguir adelante. En este lugar encontraron una pedacera de tepalcates. Encendieron la lin-terna de carburo y entraron después a un lugar en donde la cueva se hizo alta y cabían parados sin agacharse. Aquí encontraron unos escalones figurados en el paredón de la cueva y al comen-zar a bajar, los sorprendieron docenas de mur-ciélagos que se agitaron en vuelo. Sintieron te-mor porque a un lado, vieron esqueletos huma-nos y casi a flor de tierra, semienterradas, unas figuras de barro, sorprendentemente íntegras, de ruda y tosca belleza. Indudablemente se trataba de una tumba indíge-na. Una de las figuras era un perro cebado. Otra era una figura de un hombre jorobado y la terce-ra, era una vasija costilluda con figura de cala-baza. 

Recogieron con todo el cuidado las figuras, las envolvieron en unos trapos, las pusieron dentro de un costal que llevaban y después de permane-cer unos minutos más examinando alrededor, sa-lieron de la cueva con su herramienta y objetos encontrados. Volvieron a colocar la piedra laja en el lugar en donde estaba, tapando la cueva, bo-rraron toda seña de sus movimientos y empren-dieron el regreso a su rancho Palos Marías. - iMira Melesio!-, dijo Delfino en el regreso, estos monos que encontramos tienen trazas de ser muy viejos y yo he oído decir que tienen mucho valor para la gente que conoce del pasado de los indios. Yo los voy a guardar y nomás que haya una opor-tunidad voy a ir a la ciudad y si los puedo vender, vamos a medias. Así quedaron y siguieron el ca-mino hasta su casa. 

Ya en su hogar, Delfino y Arcadia se pusieron a curiosear las figuras que encontraron en la cue-va. 

El perro ventrudo resultó ser una vasija de una tonalidad sorprendente y de un acabado en el cocimiento del barro, diferente al de la figura humana. Ésta representa a un hombre jorobado, sentado, probablemente un sacerdote o guerre-ro, porque cubriéndole la cabeza tiene una espe-cie de casco con un unicornio al frente y una in-crustación de cabeza de serpiente por el lado de-recho. La figura tiene los brazos abiertos y en la mano derecha un utensilio con figura de mazo. También como en el caso del perro cebado, es una vasija como botellón. La tercera figura es una vasija que conserva una gran semejanza en su aspecto y en color, con una calabaza costilluda de admirable simetría. 

- iMira Arcadia!, si logro vender estos monos en la ciudad, después de darle a Melesio su parte, con el dinero que nos sobre te voy a llevar con un buen médico para que te cure el dolor de estóma-go que te da hace tanto tiempo y del que te pones tan mala. Si Dios nos socorre, pronto sanarás. Dos días después, Delfino tomó dos bolsas de cor-del, envolvió las figuras con trapos y tratando con mucho cuidado su cargamento, por la delicadeza de los objetos de barro a los golpes, salió a la ca-rretera y tomó un autobús para la ciudad. Sintió temor porque aunque para él, los monos eran de su propiedad ya que él los encontró y los desenterró, había oído decir que el gobierno no permite la venta de estos objetos. Al llegar a la ciudad, se dirigió a una tienda de ropa, preguntó por el dueño y cuando estuvo en su presencia, le preguntó si se interesaba por los monos. 

- A ver muéstramelos. 

- Mire señor, tienen todavía la tierra de donde los saqué. 

- iOye, esto me huele a un fraude, yo pienso que tú los hiciste!. 

- No señor, los saqué de una cueva por el rumbo de la costa de Michoacán. 

- ¿Cuanto quieres por ellos?.


- Pues yo he oído decir que valen mucho. Deme diez mil pesos. - iLlévate tus tepalcates!. - Bueno señor, ¿cuánto me da por ellos?. - Te doy un día de trabajo y tus pasajes. - Si fuimos dos los que los sacamos y con muchos trabajos. En esa forma a mí no me va a tocar nada. - No, no me interesan. Descorazonado, Delfino tomó sus figuras de ba-rro, salió a la calle, caminó dos cuadras y vio un rótulo que anunciaba a un licenciado. Entró a la oficina y esperó a que éste se desocupara y cuan-do lo atendió le dijo: - Señor, ¿no se interesa por unos monos de los que están enterrados?. 

- ¿De dónde los traes?. 

- Del rumbo de la costa de Michoacán. - Enséñamelos. - Sí señor, aquí los tiene. - ¿En cuánto los das?. - Quiero diez mil pesos por ellos. - Mira, yo no tengo dinero, pero te voy a conse-guir un cliente. 

- El licenciado giró su asiento, alcanzó un teléfo-no que tenía cercano, marcó un número y dijo: - Aquí está un hombre que vende unas figuras de barro antiguas, si te interesas por ellas, ven, aquí está en mi oficina. 

- Colgó el teléfono y le dijo a Delfino: - Espera un poco, ahora viene un señor que se puede interesar en comprártelas. Pasan unos minutos durante los cuales el licen-ciado hizo algunas preguntas sobre la ubicación del lugar en que fueron encontradas las figuras y otros informes que pidió a Delfino. Se oyó un toquido en la puerta. Abrió el licencia-do y penetraron dos hombres armados que pre-guntaron si ese era el hombre que vendía las fi-guras y le dijeron: 

- Ven con nosotros, vamos con el jefe que es al que le interesan los monos. 

Delfino sintió un sobresalto y comprendió la si-tuación. Recogió sus bolsas y se fue con los hom-bres armados. 

Llegaron a una oficina en donde fue llevado ante la presencia de un hombre al que llamaban licen-ciado y que le preguntó: 

- ¿De dónde vienes?. - De la costa de Michoacán, señor.

- ¿Qué no sabes que está prohibido hacer lo que andas haciendo?. - No señor, yo no sabía que no fuera legal tratar de vender algo que me encontré. - Pues no es legal. Tú debiste entregar esas figu-ras a la autoridad más cercana de donde las ha-llaste. 

- Señor, tengo mucha necesidad, mi mujer está enferma desde hace tiempo de un dolor que la pone de muerte y era nuestra única esperanza de tener un poco de dinero para traerla a la ciu-dad con un médico. - Puede ser cierto lo que dices, pero te voy a tener que recoger tus monos y arrestarte. - Señor, tenga compasión de mi mujer y de mis hijos que se quedaron solos sin protección y sin quién les proporcione el sustento. - ¿Estás diciéndome la verdad?. - Sí señor, nomás mire mi persona, si yo me dedi-cara a esto, no anduviera como ando. - Bueno, nada más te vamos a recoger esas figu-ras, las vamos a concentrar al museo y te vamos a dejar en libertad, pero no vuelvas a hacer eso. - Con dificultad, Delfino pudo completar el dinero necesario para el pasaje de regreso. Volvió triste y avergonzado consigo mismo de lo que le pasó. 

Llegó a su casa y casi llorando relató a su mujer lo sucedido y le dijo con amargura: - Tantas esperanzas que tenía yo de que los mo-nos fueran nuestra salvación para curarte, y mira lo que pasó. - Volvió a su trabajo habitual del campo, sirvien-do a patrones ocasionales y pocos días después vio quebrantada su salud. Comenzó con fiebre, tos y escalofrío. Después de tres días de enferme-dad durante los cuales siguió trabajando por ne-cesidad, dejó al fin de trabajar cuando las fuer-zas ya no le ayudaron. - Recurrió a remedios rancheros, a cocimientos de hierbas. Después acudieron a comprar unas medicinas en la tienda del rancho, habilitada de farmacia y como siguiera enfermo, su compadre Darío se ofreció a llevarlo junto con su mujer a Manzanillo, después de diez días de enfermedad. Estuvo encamado en el hospital una semana sin mejoría aparente y agotados los fondos que sus amistades le proporcionaban, regresaron al ran-cho, estando él en estado de suma gravedad. Las fiebres elevadísimas que casi lo calcinan se repi-ten a continuación de los escalofríos. No prueba un bocado y la tos no le da descanso. Los médicos dijeron en Manzanillo que había con-traído una enfermedad temible llamada histoplasmosis, que ataca a las personas que en-tran a cuevas o parajes donde habitan murciéla-gos, ya que ei mermo que ia causa vive en ei estiércol de esos animales, desarrollándose esta enfermedad en la misma forma que una tisis ga-lopante, causando graves e irreparables daños a los pulmones. Los vecinos se han congregado en su casa en si-lencio. Observan los estertores de su agonía y musitan oraciones pidiendo a Dios por él. 

Se observan rostros llorosos en los rincones de la casa. De pronto los sollozos se vuelven llanto abier-to, el murmullo de las oraciones crece y ahora es un vocerío sonoro.



La Hacienda de El Rosario, hoy Madrid, tuvo su esplendor en los últimos años del Porfiriato, tiem-pos que antecedieron a la lucha revolucionaria. 

Era el casco de la hacienda una construcción es-paciosa, de madera y teja de barro, en cuadro, con grandes corredores. Allí se dirigían los tra-bajos agrícolas y ganaderos de gran cuantía que se desarrollaban en esa época en aquella impor-tante propiedad. En ellos participaban tanto tra-bajadores que habitaban con sus familias en una docena de casas de zacate que existían cercanas a la finca, como otros provenientes del sur de Ja-lisco, que laboraban en forma temporal en tiem-po de cosechas y que se alojaban dentro de la casa grande. Estaba por fuera de la gran finca, hacia el lado poniente, una pila redonda de grandes dimensio-nes, de donde se abastecían de agua las familias que ocupaban las chozas. En el lado sur de la construcción principal, había un dilatado corral de ordeña, con una puerta de golpe de gran tamaño y en el fondo, unas porquerizas.

Como en ese tiempo no existía luz eléctrica, la finca y la ranchería entraban en calma cuando llegaba la agonía del día bajo la opresión victo-riosa de la noche. 

Existía, instalado en la parte alta y posterior de la casa, un riel que se golpeaba a las 8 de la no-che en un toque al que llamaban "la queda", con el cual se llamaba a los trabajadores que se en-contraban en las afueras para que se recogieran, ya que a esa hora se cerraba el zaguán. Vivían eli el edificio de la hacienda, el adminis-trador, el rayador, y sus familias, así como la ser-vidumbre de la finca. Los hechos que se relatan enseguida, sucedieron en ese lugar en aquel entonces. Al dar el toque de queda y cerrarse el portón, no alcanzó a llegar a tiempo uno de los trabajadores que allí se alojaban llamado Jerónimo Llamas, muchacho de 20 años, originario de Tuxpan, que se había alejado un poco con rumbo a la estación del tren a conversar con una muchacha con la que llevaba amistad. Cerca del portón se hallaba una tienda y fuera de ésta había unas bancas de madera. Como encontró cerrado el acceso a la casa, el jo-ven se recostó en una de las bancas con la inten-ción de pasar la noche en ese lugar. 

Habitaba en la finca una hija del administrador llamada Guadalupe, señorita de 18 a 20 años de edad, muy bondadosa y de gran diligencia en la atención de los asuntos de la hacienda, que fue avisada a las primeras luces del día, que Jeróni-mo se encontraba inconsciente, tendido en el piso, cerca de la puerta de golpe del corral. Ella se diri-gió al lugar y auxiliada por unos trabajadores, transportaron al interior de la casa al muchacho, que una vez que hubo sido reanimado, recuperó la conciencia y pudo narrar lo que le había suce-dido. 

Contó que, estando dormido en la banca de ma-dera, a una hora que él calculó la media noche, sintió que lo movían de un hombro y al despertar, en la penumbra del corredor, en una noche muy clara, con abundante luz lunar, pudo ver que un hombre de elevada estatura, vestido todo de ne-gro, con un elegante traje de charro, que estaba al lado de un colosal caballo, de color encendido, casi negro, le hablaba y le pedía que le ayudara a arrear hacia el corral a un gran hato de ganado mayor que se veía a distancia en la pedregosa explanada que había afuera del corral. Al incorporarse vio que la mirada de aquel hom-bre era penetrante y luminosa como la de un ave de rapiña. Sintiendo un temor interior, le comu-nicó que se encargaría de abrir la puerta del co-rral entre tanto él arreaba el ganado.

Mientras se calzaba los huaraches, pudo obser-var que el misterioso jinete montó y se retiró al galope hacia la parte posterior de la mancha de ganado y bajo el centellear de las estrellas y la claridad dada por la luna, miró cómo el caballo piafaba, golpeteando el suelo, mientras su jinete hacía sonar un cuerno de manera triste y prolon-gada. Se escuchaba el tintineo de las relucientes espuelas y refulgían la argentífera botonadura del traje y los recamados bordados de la cantina. El imponente animal, obedeciendo ciegamente las riendas, dibujaba corvetas y con sus movimien-tos hacía brillar los plateados chapetones de las cabezadas. Dos puntos ígneos señalaban el lugar de su mirada y la espuma de sus belfos reflejaba la luz de la luna. 

Hubo un momento en que al cortarse un grupo de animales del resto de la manada, el caballo dio un descomunal salto atajando a los escapados. El muchacho se dirigió a la puerta de golpe, escu-chando el intenso bramido de los cientos de cabe-zas de ganado y viendo los movimientos del jine-te que sobre el caballo estimulaba al rebaño para que penetrara al corral. Jerónimo abrió la puerta, volvió la cabeza y vio acercarse a los animales, pero al llegar los pri-meros a donde él se encontraba, ante su vista, todo desapareció. No quedó ninguna res, ni el caballo, ni el jinete. Ningún rumor, todo en calma, en com-pleta quietud. 

Fue tan impresionante aquella desaparición re-pentina, que perdió el conocimiento. Quedó des-fallecido en ese lugar hasta que fue visto al ama-necer por los trabajadores que dieron aviso a la señorita Lupe, que fue a quien le relató todo lo aquí escrito. Después de su relato volvió a quedar inconscien-te y fue trasladado durante la mañana, en ferro-carril a la ciudad de Colima para recibir aten-ción médica. Al llegar a su destino, falleció. A partir de aquel suceso, los habitantes del lugar escuchaban por las noches en las proximidades de sus casas, el galope y el relincho de una bestia, el sostenido tintineo de las rodajas de unas es-puelas, bramidos de animales y el sonido de un cuerno. Se propalaron los rumores de que el dia-blo se había apoderado del rancho. Ellos atribuían como causa de lo que considera-ban un castigo de Dios, el hecho de que cuando existía la primitiva capilla de la hacienda, el an-tiguo propietario de la finca estaba enamorado de una jovencita aldeana que acudía al templo, y un día al salir de sus oraciones, la raptó y la obli-gó a que se le entregara. Poco tiempo después la capilla fue destruida por un terremoto y comen-zaron a suceder los extraños fenómenos noctur-nos, que se prolongaron, según la versión de la gente, hasta que muchos años después, un grupo de sacerdotes misioneros arribaron a la hacien-da y plantaron una gran cruz de madera en lacima de un pequeño cerro situado al norte de la gran estancia, que todavía existe, recibiendo la veneración de los actuales habitantes, y al dar nueva vida a la fe de los moradores de la ranche-ría, al poco tiempo dejaron de escucharse los rui-dos durante las noches y volvieron la paz y la tran-quilidad al rancho.




Herminia, la madre de Baltazar, había ensayado todos los remedios que le decían para curarle los ataques. Ya le había dado a comer carne de jaba-lí que para todo sirve. También zanate cocido sin sal. Cocimiento de estopa de coco tostada con ho-jas de vainillo. Sangre fresca de pichón tierno. Le había dado sangre de un gato prieto hervida con un pedazo de oreja. Ya tenía la piel del estómago lisa como lavadero de tanto ponerle sinapismos y cataplasmas. La planta de los pies tan rasposa como la lengua de una vaca debido a tantas plantillas de ceniza, cal y alcanfor y de jitomate con sal. Desesperadamen-te porque el mal no se le retiraba, intentaba ha-cerle todo lo que le decían. Supo que el cocimiento del polvo de los cajillos secos de un arbusto llamado pirindo daba buen resultado para esa enfermedad y se dispuso a darle el remedio. 

Baltazar ya tenía la tez amarillenta y había per-dido el apetito. En los pocos momentos en que amacizaba el sueño, tenía pesadillas y le tembla-ba todo el cuerpo.

En los más recónditos rincones de la oscuridad de su mente, se iba fraguando un intenso temor a la muerte y cuando se le descombraba el pensa-miento, le pedía casi a súplicas a su madre que buscara la forma de curarlo. Su cuerpo era como una guía de calabacillas muerta, a fines de las aguas. Los ratos en que descansaba de los sacudimientos del cuerpo, los pasaba debajo de un palo cahuite al arrullo del viento. La enferme-dad martirizaba su carne y enervaba sus fuer-zas. Su vitalidad había casi desaparecido y su-fría su aciaga suerte. Herminia pensó que antes de que se le apretara el nudo, tenía que hacer algo para salvarlo. Con-siguió los cajillos sazones de pirindo, los puso a tostar en un comal, y los molió; después agregó agua y los coció a fuego lento. Cuando tuvo pre-parado el brebaje, se lo dio a tomar con la espe-ranza de que eso fuera su alivio. Lo dejó en repo-so. Una hora después Baltazar fue presa de un escalofrío que le hacía brincar la carne y retem-blar la cama. Sentía que los huesos se le desbara-taban. Le castañeteaban los dientes y no podía hablar. Sentía las tripas hechas torzal. Se le voló la cabeza y se agolpaban los pensamientos apilándose como leños en su turbada mente. Herminia oía que le gorgoreaba el buche y se le veían los ojos desorbitados y enrojecidos. Su alien-to era abrasador. Percibía una gran resequedad en la boca y a señas pedía a su madre, agua. Con 

vacilantes y erráticos movimientos se le pegó con avidez al botellón hasta saciarse. Su cuerpo se estremecía cual frágil flor alrededor de una na-na. Sentía que su vida era mezquinamente pe-queña y no podía controlar su febricitante cuer-

po. 

De los estremecimientos pasó a la excitación. Pudo hablar y lanzaba alaridos. Señalaba a Herminia con la mano, que veía un murciélago descomunal de alas gigantescas que lo cobijaba con su enor-me sombra. Lo veía destrozar con sus garras las entrañas de un ser humano y miraba en sus car-nes descubiertas de un color bermellón intenso, las palpitantes vísceras laceradas. Percibía como el quiróptero hundía sus afilados dientes en aque-llas frescas carnes y succionaba con fruición el vital líquido rojo que manaba a borbotones. Veía como el gigantesco animal movía perezosamente las delgadas y casi translúcidas alas mientras devoraba con ansiedad aquellas entrañas. Miró y oyó como el animal al hacer una pausa, lanzó un agudo chillido y abandonando aquella presa, revoloteó a su alrededor aproximándose cada vez más a él. Al agotar su resistencia, y la escasa capacidad de control que le quedaba, que-dó exánime y su desordenada mente dejó de te-ner percepciones. Herminia le bañó la testa y la cara con agua helada, le palmeó azotándole las mejillas, le abaniqueó el rostro, le dio a oler cebo-lla y poco a poco aquel cuerpo estrujado y casi deshecho por las emociones vividas durante su cruel alucinación, se fue normalizando. Fue re-cuperando la conciencia, mostrando una calma y un sosiego que hasta entonces no había sentido. Con el cuerpo relajado, fue haciendo a Herminia el relato pormenorizado de las expresiones ex-perimentadas en lo que él imaginó un sueño, ya libre de convulsiones y angustias.



LAS MANOS ENSANGRENTADAS



Mi madre había muerto de un ataque cuando yo andaba acabalando los 12 años. Su desaparición repentina fue un hecho que causó una gran im-presión en mi padre. Él era hasta entonces un hombre alegre y platicador que gustaba de la con-versación con los amigos. Por la tarde, cuando volvía de su trabajo en el campo, se sentaba en la puerta de la casa que da a la calle y allí pasaban los amigos que lo saludaban y le decían chanzas, unos; otros se detenían a platicar con él. Allí se oían las novedades del rancho. Que si a Odilón el hijo de Elías lo tumbó y lo arrastró una yegua y lo dejó como muerto. Que si Paula, la hija de Otilia se fue con uno y no comparece. Que si va a haber toros en las fiestas. Y así todo se iba sabiendo y él pasaba el rato. Antes de la muerte de mi madre, Jugaba conquián y brisca con Filemón y Ezequiel que venían a mi casa. Después de que faltó mi madre, él ya no volvió a ser el mismo. Ya nunca se sentó en la puerta de la calle a platicar. Ya no vinieron a jugar baraja con él Filemón y Ezequiel. Perdió el buen humor y la alegría de vivir. Siempre se la pasaba triste y pen-Nativo. Un cada y cuando se le alegraban los ojos. Fumaba mucho. Con la viejita de un cigarro, pren-día el otro. Dejaba correr el tiempo sentado o acos-tado en la hamaca del corredor mirando sin ver, con la vista triste, silencioso, el gesto indiferente, con el ser perdido en la nada. Clavaba la mirada en el tejamanil del techo o en el cerro de San Mi-guel que nos queda enfrente. Su único consuelo era atender unas gallinas y una cría de pollos que tenía en el corral. A ellos dedi-caba su tiempo. Un día me ordenó: "Anda a la tienda y cómprame una caja de ciga-rros". 

Me señaló la mesa y me dijo: "Toma dinero de allí" 

Yo me fui a traer el encargo. Cuando salí de la casa, lo dejé bien. Poco rato me entretuve en la tienda en donde vendían los ciga-rros, que me quedaba como a dos cuadras de don-de vivíamos. Ya venía de vuelta cuando un mu-chacho me hizo una seña a distancia llamándo-me y me daba a entender que me apurara. Como ese muchacho era muy mentiroso, yo no le creí. Me volvió a hacer la misma seña y me gritó: "Ven pronto, te necesitan en tu casa". Me entró curiosidad y me apresuré a llegar. Al entrar, me encontré a mi padre de rodillas, escar-bando con las manos el piso, en el corredor, que era de tierra. Ya tenía un pozo así de hondo y lo 

había hecho con las puras uñas. Se le veían los dedos desollados, sangrantes y seguía escarban-do. Yo me asusté y le pregunté para qué escarba-ba. No me contestó ni volteó a verme y siguió re-moviendo la tierra con las manos. Me le abracé, lo sujeté, pero él hizo un movimiento y me lanzó a un lado. Le quise entregar los cigarros que me había encargado y no me hizo caso, siguió escar-bando. 

Era impresionante verlo hincado a un lado de aquel montón de tierra hundiendo las manos frenéticamente en el suelo como si tuviera mucha prisa en terminar. Su rostro bañado en sudor, la camisa empapada y la mirada fija en el pozo sin reparar en nada de lo que le rodeaba. Era inex-plicable que en el poco rato que tardé en volver, hubiera pasado aquello. Llamé a los vecinos; lo sujetaron y lo llevaron a la cama. Lo acostaron. Se miraba casi exhausto. Tenía los dedos descarnados y las manos tintas en sangre. Mi hermana le lavó aquel lodo rojizo y le restañó las heridas. Le frotó la cara con alcohol alcanforado. Las vecinas llevaron árnica cocida. Recostado sobre el brazo de mi hermana, apuró el contenido del jarro. Después se quedó dormi-do. El sueño se prolongó. Ya no habló ni conoció a nadie. Estaba de una pieza, inerte. Tan sólo se le veta en sus labios un casi imperceptible movimien-to, igual, repetido, como si intentara llamar a al-guien y con el devaneo de saborearse, como si tuviera sed. Sin comer, sin abrir los ojos.

Seis días retahilados lo estuvimos velando y en sus últimos momentos, yo ya me caía de sueño. De estar prendido como una brasa, de pronto se fue enfriando a término de ponerse como un gra-nizo. 

Se fue agotando, se fue acabando, como un sirio consumido. Dejó de entrever la llama de la vela a través de sus ojos entreabiertos donde solamente se miraban las pupilas grandes y oscuras. Ningún suspiro, ninguna mueca de dolor, ningún espasmo. Sólo se dejó oír el ruido sibilante de su respiración. Su corazón se apagó a la hora en que el sol poniente, velado por el humo de los desmon-tes, era un disco amarillento y triste. Cuando se comenzó a escuchar el murmullo de los aleteos premonitorios del tecolote y la lechuza, que rom-pían la calma inerte del caserío y que hizo que las gallinas que se estaban subiendo a las ramas del aguacate, lanzaran un chillido largo y teme-roso. 

Nunca supimos qué sintió, qué presentimiento tuvo, qué mensaje oyó o qué perturbación de su mente lo llevó al impulso de desgarrarse las ma-nos escarbando aquel pozo. Era su sino.



LAS OLLAS




En ese rancho de Las 011as han sucedido cosas muy extrañas. Hay una lomita donde está un palo muy grande que le llaman chino. 

Mi hermano Rufino hizo una casa allí cerca del árbol. Un día su mujer escarbó para sacar tierra de barro para el pretil al pie del chillo y al es-carbar, se halló una olla muy grande enterrada, pero se quebró al quererla sacar. Escarbó por un lado y se encontró otra más grande. Esa sí la sa-caron entera y la llevaron con cuidado entre tres hombres a la casa de mi tío Pedro, que está abajito de la de mi hermano. 

Mi tío sembraba y después de la cosecha, la lle-naba con frijol en las secas. En las aguas la tenía vacía. 

In día cayó un rayo y estando vacía, nomás voló el astillero de la olla. 

Hay un ojo de agua y mi tía Apolonia tenía un chilar allí junto al aguaje. Las matas estaban ba-Allí en el rancho, mi padre también sembraba su milpita. Se daban calabazas. Cuando el maíz es-taba sazonando, daban mucha guerra los peri-cos. Nosotros hacíamos hondas para correrlos a pedradas. En la tarde íbamos a la labor a espan-tarlos y ya tardecito recogíamos unas calabacitas, las mancornábamos y las traíamos a la casa para que las arreglaran otro día. Un día que llegamos a la casa en la tarde, de re-greso de la labor, mi hermano Andel que estaba tullido me dijo: - No han llegado los becerros. Yo bajé las calabazas que llevaba en el hombro y le dije: - Ahorita voy yo por ellos. Me fui a buscarlos. Iba conmigo mi perro Bayo, y yo llevaba la honda en la mano. Mis hermanos se fueron atrás de mí. En un altito había un tronco de un guamúchil y más arriba el tronco de un salate muy grande. Cerca de allí se había muerto una vaquilla y mi padre le quitó el cuero y lo puso a asolear sobre el tronco. 

Ya estaba oscureciendo. 

oif 

Arriba del tronco donde estaba el cuero, cerca de mí, miré un tecolote sentado. Entonces dije para mí: 

- Voy a juntar piedras para tirarle. Junté las piedras y cuando me estaba acomodan-do para hacerle el tiro, se va volteando el animal y al voltearse ya no le miré la figura del tecolote. Ya entonces le vi la figura como de chango con cuernos, todo prieto y que le voy viendo la cola pelada y pensé: 

- iEs el diablo! 

Me fui caminando para atrás y para atrás, sin dejar de mirar el animal y ya no le tiré. Iba pen-sando en el tronco que estaba atrás de mí. Nomás voltee para brincar el palo y pegué la carrera asustado. 

En mi carrera encontré a mis hermanos y les gri-té: 

- iEl diablo! 

Como mi padre tenía un toro prieto al que le lla-maban El Chamuco, mis hermanos creyeron que el toro me venía siguiendo y les dije: - iEs el diablo! 

Ellos se quedaron muy tranquilos y me dijeroTambién mi perro iba atrás de mi sosegado, como si no hubiera visto nada. 

Ya ni de los becerros me acordé. 

¿Tendrán que ver unas con otras las cosas que han sucedido en el rancho de Las 011as?. n: - Nosotros no vemos nada.



En un universo imaginativo y fantasioso de las gentes, que ha ido muriendo en el transcurso de los tiempos, surgieron en la antigüedad las consejas populares, conocidas ahora solamente por las narraciones impresas o por relatos de personas en edad proyecta. Ellos han mirado cómo el mundo ha modificado el pensamiento y las cos-tumbres y cómo han dejado de contarse los mie-dos callados. 

Esas tradiciones y creencias hablaban de sata-nás, de tesoros ocultos, de almas en pena que se manifestaban en forma de espectros, de apareci-dos, de alucinaciones, de sucedidos nocturnos en los que el diablo tomaba forma de animales mons-truosos de ígnea mirada y actitud amenazante, que formaban parte de una mentalidad acorde a las condiciones de otros tiempos. 

A esos innumerables mitos pertenecen los hechos acontecidos, aquí narrados. 

Don Isidoro Barreto tenía tres ordeñas: una en El Reparo, en un punto situado en el camino que va de Tecolapa al Ojo de Agua, al norte de la hacien-da, del cual por muchos años se abasteció la ran-chería del vital líquido. Otra en El Plan, donde estaba la hacienda vieja, en el sitio en que hoy es la escuela, y la tercera, cerca de la casa de la Unión, que se encontraba en las proximidades de la puerta de Caleras. En este último lugar, que fue mesón y que estaba en la orilla del Camino Real, en tiempos de arrie-ros, recuas, hatajos y conductas, vivían Ramón Gutiérrez y su mujer Romana, que atendían esa ordeña. Narraba Ramón que en los alrededores del lugar, espantaban. Cuando por circunstancias especia-les algunos jinetes se veían obligados a transitar de noche, llegaron a platicar que miraban un bul-to blanco que se les enancaba en la bestia. En otras ocasiones distintos viajeros contaban que habían visto en ese mismo lugar, un perro negro, de enorme tamaño, que despedía un brillo fulgu-rante de sus ojos y que se abalanzaba sobre de ellos. Algunos más, relataban que cerca de esa casa les salía en las noches un cerdo de colosal tamaño que gruñía al paso de los caminantes, quienes tenían que apresurar el paso por temor de aquel descomunal animal. Resultaron frecuentes los relatos sobre sucesos de esa índole, porque en aquellos tiempos, muchos arrieros, en especial carboneros, salían con su carga hacia Colima en la madrugada y ellos fue-ron testigos de esos anormales sucedidos. 

Gregorio Cardona era un trabajador radicado en Tecomán, originario de Villa de Alvarez, en don-de vivían sus padres. Un día llegó y le dijo a su patrón: - Don José: ¿me puede hacer el favor de prestar-me setenta y cinco pesos?. Los necesito porque me avisaron que mi padre está muy enfermo en la Villa y quiero ir a verlo. - Sí, como no — le contestó Don José. Gregorio se fue a la Villa y llegando se bañó. Ese mismo día le comenzó una fiebre muy alta y re-pentinamente se agravó y murió. Cuando se en-contraba grave le dijo a su hermano Jesús: - Hazme el favor de ir a Tecomán y le dices a Don José que no he podido ir porque desde el día en que llegué comencé a estar enfermo y quiero que le digas algo que yo no le conté nunca porque pen-sé que no me iba a creer. Le dices que hace poco, una vez que andaba desmontando en su terreno, cuando estaba com-pletamente solo, agachado, haciendo mi trabajo, de pronto, al enderezarme, vi muy cerca de mí a un individuo vestido como se acostumbraba an-tes y me dijo que él había sido capitán de los asaltantes de Valenzuela, cuando por allí pasaba el Camino Real, y que cerca de ese lugar, junto al tronco de una higuera, había enterrado el dinero de un asalto. Al darme las señas del lugar, des-apareció sin que yo viera que caminara. Ya no tuve tiempo de buscar nada. Cuéntale eso a Don José a ver si a él le interesa.-Jesús fue a Tecomán y le platicó a Don José lo que le encargó Gregorio que le dijera. A los pocos días falleció Gregorio y Don José no intentó hacer la búsqueda. 

En una ocasión Higinio Gónzalez el molinero, in-vitó a José a Chalipa. Ya estando en el campo y cuando Higinio se había retirado a la casa del rancho, en un lugar cercano, José se quedó sen-tado bajo la sombra de una guásima. Al volver la cara, de improviso, vio cerca de él a un hombre montado, con una carrillera atravesada en el pe-cho, que portaba un sombrero grande, levanta-do, y le dijo: - Me llamo Onofre Garibay. Allí debajo de la rama de ese sasanil que hace codo y apunta para el suelo, está un entierro del dueño de este rancho, al que matamos porque no nos entregó la canti-dad que le pedíamos. En su agonía nos dijo dón-de tenía enterrado el dinero, pero se nos vino una borrasca muy grande y tuvimos que irnos pronto de aquí, porque muy cerca pasaba un corredero de agua muy pesado. Después sostuvimos un en-cuentro con fuerzas federales, nos retiramos y ya no volvimos. 

Al cambiar José la vista para otro lado, desapa-reció el jinete. José le contó a Higinio lo que había visto. Pasado el tiempo, éste convidaba a José a que volvieran al mismo lugar, pero por sus ocupaciones, no pu-dieron reunirse pronto para volver. Por fin un día se pusieron de acuerdo y al regresar al sitio de la aparición, ya habían derribado todo el monte y encontraron solamente troncones, por lo que se perdieron totalmente las señas dadas por el apa-recido. 

En lo alto del cerro de Callejones existe un lugar en donde el conjunto de rocas naturales forman cuadros figurando corrales. Cerca de allí había una casa y frente a ella y mirando hacia lo alto del cerro, un paredón muy alto. Hacia el lado con-trario, está un pozo muy grande de formación natural rodeado de rocas y, junto a la boca del pozo, un árbol de mojo de gran altura. El socavón es una especie de tiro que conduce a una cueva (9) cuyas paredes se aprecian, según los que han estado allí, bellas figuras doradas que reflejan las luces usadas por los que han penetrado a ese si-tio. 

Se cuenta que ese lugar era refugio de asaltantes que merodeaban por esos contornos en tiempos de la revolución y los cristeros. Las gentes mayo-res aseguran que allí existen entierros y narran que uno de los propietarios de un terreno cerca-no, al ir arreando ganado se detuvo a descansar cerca de la cueva, a la sombra del mojo y que se infiere que encontró un tesoro y que a la vez su-frió una impresión muy grande, sin poderse sa-ber qué vio, porque llegó a su casa privado del habla, azorado, con la mirada perdida y con un garniel que cargaba en la cabeza de la silla, lleno de monedas de oro. 

Platicaba Francisco Castañeda, de Callejones, que una vez que su padre andaba acompañado por un compadre de San Miguel del Ojo de Agua, en una barranca del mismo cerro, pasaron por tres viguetas que servían de puente. Más tarde, ya queriendo oscurecer, al regresar al mismo lugar, vieron que las viguetas estaban muy podridas, cosa que no habían observado al pasar horas antes. Tuvieron desconfianza porque los trozos de madera estaban sobre una garganta de la ba-rranca muy profunda y decidieron dormir en la falda del cerro. Al ir por la mañana siguiente al mismo lugar, ya las viguetas habían desapareci-do, siendo que el cerro era un paraje solitario. Contaba el padre de Francisco que en lo alto de ese cerro, el día de San Miguel, se oyen repiques de tres sonidos diferentes, como que provienen de campanas de distinto tamaño. 

José Guadalupe Gónzalez "Bigotes", personaje popular de Tecomán, que ha probado suerte en muchos oficios, sin serle fiel a ninguno, cuando cuenta sus aventuras platica que hace muchos años se encaminaba rumbo a la playa de Tecuanillo, por la noche, a sacar huevos de caguama. Antes de llegar a la casa del rancho, ya muy cerca del mar, había un jacalón rodeado de palos de mango. Dice que, cuando ya se encon-traba como a 200 metros de ese lugar, comenzó a ver un resplandor como cuando hay una lumbra-da y que él supuso que de seguro estaban que-mando estopa de coco seco. Como llevaba ciga-rros, pero no cerillos, pensó: con la lumbre pren-do mi cigarro y me llevo una estopa seca. Allá en la playa la enciendo y ya tengo lumbre para toda la madrugada. Siguió caminando para donde se miraba el vis-lumbre y entre más caminaba, lo seguía viendo verca de él, pero no llegaba al lugar en donde se originaba el resplandor. No lo perdió de vista y aun cuando caminó más allá de donde estaba el Jacalón, el destello se seguía alejando hasta que me dejó de ver. Relata que, aunque le entró temor por aquel su-ceso que no comprendía, siguió caminando con rumbo al mar y se tuvo que resignar a pasar la noche sin chupar su cigarro.







Eran los tiempos en que Manuel Muñoz fue presi-dente municipal de Tecomán. Don Federico Moctezuma, vivía en el costado sur del jardín principal en la esquina opuesta al tem-plo de Santo Santiago. Doña Chabela era su es-posa. Ellos tenían una zahúrda en el corral de su casa. Cheto Alemán era mozo de Don Federico. 

La gente se quejó de que en el jardín soplaban vientos pestilentes. Manuel Muñoz ordenó que se enviara un citatorio al propietario de la zahúrda para que se presentara en la presidencia. Fue un policía y se topó con Cheto Alemán . 

- ¿Está Don Federico Moctezuma?. 

- No, no está, se encuentra en Colima. - ¿Está su señora?. - Sí está, déjeme avisarle. Cheto entró a la casa y le dijo a Doña Chabela: - Un policía busca a Don Federico. Yo le dije que no está. Quiere que usted salga. - Dígale que ahorita salgo.

- Ya viene Doña Chabela. - Buenos días señora, busco a Don Federico. - El no está se encuentra enfermo en Colima. - El presidente le manda este citatorio para que se presente en sus oficinas el día de hoy en la mañana. Si él no está, que vaya usted. - Yo creo que la señora no va porque ella no sabe de los asuntos de Don Federico, repuso Cheto. - A usted no le estoy tomando opinión, que ella resuelva. - Bueno, a ver que hacemos. 

- Adiós. - Adiós. - Cuando el policía se retiró, Doña Chabela habló con Don Federico, que se encontraba en el inte-rior de la casa y él le dijo: - Dile a Cheto que vaya en mi lugar, que le infor-men que quieren. Con toda seguridad se va a tra-tar del asunto de los puercos, que si apestan, que si no los aguanta la gente, que si esto, que si lo otro... Se dirigió Cheto a la presidencia y se encontró al presidente muy enojado. 

- ¿Usted es Federico Moctezuma?, le dijo hablan-do en voz muy alta. - No señor, yo me llamo Aniceto Alemán y soy su mozo. 

- Al que necesitamos es a Federico Moctezuma, no a usted. Dígale a ese señor que se presente en este lugar, que hay muchas quejas de sus cerdos. - Pues sólo que lo traiga con todo y cama de don-de está, porque está enfermo y no se encuentra en el pueblo.  

- Si no viene él, que venga su señora. Cheto informó a su patrón de lo ocurrido y le con-tó que la gente se quejaba de que cuando iba a tratar de disfrutar de las brisas del jardín, llega-ba un vientecito hediondo a mortura. Al día siguiente volvió el policía con el citatorio. Ya Cheto había barrido y regado la calle, ya ha-bía aseado las porquerizas. El policía se dirigió a Cheto, pero al preguntarle por Don Federico, al-canzó a ver a éste dentro de la casa y le habló. - Aquí le traigo un citatorio para que se presente hoy en la presidencia. Hay una queja de que us-ted vendió un puerco que tenía pipitilla y Don Manuel el presidente quiere que usted comparez-ca.

- Tanto como admitir que aquí vendimos el puer-co, no lo puedo hacer; puede ser que así sea, no lo sé, pero hay más tiempo que vida. Dile al presi-dente que allá voy. Mesándose la barba, Don Federico volteó y vio a Cheto y le dijo: - Vas a ir otra vez y le vas a decir que me volví a enfermar. iPero Don Federico, el presidente se pone furio-so, lo hubiera visto ayer, ya me pateabal. - No le hace, tu vas y me cuentas enseguida cuál es el argüende. De por sí no me ha gustado andar en mitotes de juzgados y con esas exigencias, me-nos. 

- Ultimadamente, anda y dile al presidente que le diga al que se quejó de que me compró un puerco con pipitilla, que venga y escoja el que le guste, se lo das para reponer el otro y así me los quito de encima. Y soltó la carcajada. Cheto fue y habló con el presidente y el quejoso: - Dice el patrón que lo dispense, que tuvo una re-caída y no pudo asistir. Mandó decir que el puer-co no tenía pipitilla, que lo que sucedió es que era muy corajudo, que se vivía todo el día trompeando a los demás y que si no había maíz, bufaba y ron-caba queriendo comer a todas horas y nunca se rodaba harto como los otros, que por eso se le han 

de haber formado tumores, por la bilis que hacía. Que esa fue la causa por la que lo vendió. Lo en-fadó de tanta lata que le daba, pero que está dis-puesto a darle al que se quejó, un marrano del mismo pelo que el que se llevó, que él lo escoja para reponérselo, pero eso sí: que si sale igual al otro, ai muere. Cheto llevó al comprador del cerdo que dizque resultó con pipitilla. Fueron al corral y don Fede-rico desde una hamaca en el corredor, le dijo: - Escoge uno, el que veas más tranquilo, para que no vaya a salir con tumores como el que te llevas-te y ai te encargo, cuando hagas los chicharro-nes, los cachetes y la panza para regalárselos al presidente. - Y tú Cheto, anda a echar un ojo, si lo matan hoy, para que te cerciores cuando lo destacen, de que no tenga tumores y cuando lo echen al cazo, que te den los cachetes y la panza y se los llevas a Don Manuel para que se calme. Cheto fue a presenciar cuando sacrificaron al cer-do por la tarde y vio que no tenía pipitilla. Volvió otro día por la mañana, recogió los chicha-rrones y se los llevó al presidente junto con una botella de tuxca. 

Ese día todos los empleados de la alcaldía hicie-ron las once y así logró Don Federico retardar los citatorios que le enviaban a causa de su porque-riza.



En la segunda mitad del siglo XIX tuvo lugar el nacimiento de una bella leyenda que se convirtió en tradición, en los Ortices, municipio de Colima. Cuentan los relatos populares que un día, cuando caminaban a caballo por el camino que conducía de los Ortices a Acatitán, cada uno en su bestia, una mujer y su hijo ya adulto, al pasar bajo un árbol, el jinete sintió que algo le rozaba el som-brero, lo que ocasionó que éste cayera al piso. Se apeó a recogerlo y le comentó a su madre que se-guramente alguna rama lo había despojado de esa prenda. Al montar nuevamente en el caballo, volvió a pa-sar lo mismo. Al descender de la bestia y tomar del piso el sombrero, dirigió la vista hacia arriba en busca de la rama que él suponía, se lo había derribado, pero advirtió que no había ninguna rama baja, viendo en cambio que en el lugar más alto del árbol, que era un tepeguaje, las ramas figuraban claramente un Cristo crucificado, es-tando la cabellera formada por un cúmulo de pe-queñas raíces de una planta parásita.

Sorprendidos del hecho, regresaron a Los Ortices y él relató lo que había pasado y lo que vio. Al conversar con las personas que lo oyeron, deci-dieron acompañarlo varios vaqueros de la hacien-da, llevando un hacha y machetes. Una vez en el lugar, opinaron cortar con mucho cuidado la figura, tratando de cuidar la integri-dad de lo que a ellos les parecía la imagen de Cris-to. Así lo hicieron y lo trasladaron a Los Ortices, llevándolo a la casa del hombre que lo había visto por primera vez, quien construyó con ayuda de los vecinos, una casa de zacate, colocando en el centro del interior de la choza, la rústica figura de Cristo y la cercaron con un barandal de made-

ra. 

Se corrió la voz de lo sucedido y empezaron a acu-dir los vecinos de la ranchería a admirar lo que consideraron un milagro. Pronto se conoció la noticia en otras localidades cercanas y sus habitantes vinieron a presenciar el suceso. La tosca imagen se vio rodeada de ador-nos de papel de china y multitud de veladoras que los fieles encendían. Esa imagen fue llamada El Santo Cristo del Tepeguaje. Se comenzaron a conocer los milagros que se le atribuían, entre los sencillos moradores de la co-marca. Se inició entonces una costumbre: al co-

menzar el temporal de lluvias, era pedida la ima-gen a su dueño para llevarla en procesión por el campo, en medio de cantos y alabanzas y lanzan-do en su recorrido, cohetes. Los que acompaña-ban a la imagen, elevaban sus oraciones al cielo en ruego de que hubiera un temporal abundante en lluvias. 

Igualmente, si se presentaba alguna sequía pro-longada, cuando las hojas de las milpas se plega-ban atormentadas por el ardor de la falta de agua, y amenazaban extinguirse bajo el sol que tajaba su precaria vida, los afligidos labradores lleva-ban en procesión por sus siembras la imagen del Cristo, en medio de alabanzas y ruegos que en muchas ocasiones eran oídos, premiando con mi-lagros la fe de los creyentes, presentándose la llu-via bienhechora, salvando su labor. Los campos se alegraban, se oían los trinos de las aves y se perfumaba el viento que acariciaba las semente-ras. El milagro se había hecho y así lo afirmaba la fe de los campesinos. Las bondades de sus favores fueron conocidas en Los Asmoles, Turla, Tamala, Jiliotupa e lxtlahuacán. 

La devoción por esta imagen siguió creciendo y fue abarcando lugares más distantes de su resi-dencia. 

Pasó el tiempo y llegó el momento en que fallecie-ron primero, el señor dueño de la imagen y des- pués su esposa. El rústico Cristo quedó a cargo de una de las hijas del matrimonio, pasando a su poder. Ella se volvió disoluta y libertina. Su mala conducta permitía la embriaguez y la música en-tre los visitantes del crucificado. Las autoridades eclesiásticas de Colima tuvieron conocimiento de la situación y decidieron reco-ger el Cristo, que fue llevado al templo de La Mer-ced de Colima. Esto sucedió en los tiempos post revolucionarios. Los creyentes de la zona rural le seguían demos-trando su devoción y acudían a venerarlo, en múltiples pruebas de fervor. La imagen era prestada para ser llevada en pro-cesión a los ranchos. En tiempos de la guerra cristera, unos habitan-tes de Tamala fueron al templo de La Merced a solicitar en préstamo la imagen del Santo Cristo del Tepeguaje. Se dirigieron con el Sr. Pbro. Ma-nuel Ahumada Sánchez y se las prestó. En otra ocasión que volvieron a ir a Colima a ha-cer la misma solicitud, se les informó que el pa-dre Ahumada había fallecido y que el Cristo lo tenían en calidad de préstamo en Piscila. El Sr. Sacerdote encargado del templo de La Merced les ofreció, prestada, la imagen de otro Cristo Cruci-ficado que allí se encontraba, como de un metro de altura, finamente labrado en madera y les dijo: 

pueden llevarse esta imagen que es muy venera-da, es un Cristo Mercedario. Los habitantes de Tamala lo aceptaron y lo llevaron a su pequeño templo. Con el tiempo, les fue obsequiado por las autori-dades eclesiásticas y es el mismo que se venera en la actualidad en la nueva Iglesia de Tamala. Estando la imagen del Santo Cristo del Tepeguaje en el templo de la Merced de Colima, durante los terremotos de los días 3 y 18 de junio de 1932, en los que el Santo Recinto sufrió muy severos da-ños, El Cristo del Tepeguaje quedó semidestruido. Con posterioridad a su virtual destrucción, se pro-paló la noticia de que el Cristo del Tepeguaje se aparecía en el camino que lleva de los Ortices a Acatitán. 

Después de la desaparición del Cristo, el árbol donde fue cortada la imagen, fue convertido en astillas por los habitantes de la región, que fue-ron cuidadosamente guardadas como reliquia. Cuando fue consumido todo el árbol, los creyen-tes excavaron en ese sitio para buscar sus raíces que también conservaron como reliquias, quedan-do en el lugar un socavón.



- iBuenos días lucero, mi hiedra color de rosa, le-vanta la cara para mirar tus ojos!. Por un lado del sendero y pisando el barro rese-co, cerca de su jacal, caminaba Teresa llevando en sus brazos un cabrito recién nacido. Oyó el paso de una bestia, muy cercana a ella, las voces que le dirigía el jinete y apresuró el paso. El jinete se le adelantó, trató de taparle el camino a la vez que inclinaba el cuerpo en ademán de tomarla por el brazo. Ella eludió la acción del que la acosaba, soltó el cabrito y echó a correr a su casa. Hasta allí la siguió el montado. Trinidad, la madre de la muchacha, al oír el galo-pe del caballo, salió a la puerta de la choza y pá-lida de ira y temor, se interpuso. Volvió la cara y llamó a Oso, su fiel perro. El intruso, viendo la actitud decidida de la mujer y la presencia ame-nazadora del perro, detuvo su cabalgadura y dijo: - No importa, si hoy no se pudo, mañana vuelvo y me la llevo. 

- Tiró de la rienda y dio media vuelta.

La zagala, al llegar al jacal, siguió de frente y como cervatillo asustado se internó en el monte recono-ciendo el camino del escondite de su infancia, hasta donde llegaba cuando por sus travesuras o malos comportamientos infantiles, era amenaza-da por el fajo de su padre. Pasado el momento, la mujer buscó a su hija para conocer cómo se encontraba y saber qué le había dicho aquel individuo. Trinidad ya lo conocía porque él transitaba por ese camino con frecuencia. Sabía que vivía del otro lado del río y que se apellidaba Plaza, pero no conocía su nombre. También sabía que era rico y que tenía la mala costumbre de llevarse por la fuerza a muchachas jóvenes. A medio día, cuando Genaro, hermano menor de Teresa, un adolescente de 14 años, volvió con su hato de cabras desde el monte, trayendo un ter-cio de zacate y quelites, su madre le contó lo suce-dido. Ellos eran solos. No había en los alrededo-res ningún rancho cercano. Después de oír el relato de su madre, él le dijo: - Es mejor que llevemos a Teresa mañana en la mañana a Tecomán. La llevaremos con mi tía Amalia. Que se quede allá algún tiempo. - Dices bien-, contestó la madre. — Nos iremos tem-prano. Busca las crías y encierra las chivas. 

Por la tarde, el cielo se volvió plomizo. Del lado del mar, avanzaban nubarrones y comenzó a tro-nar. 

Genaro cenó temprano y se fue a descansar a su camastro, en la casa de paja que estaba atrás de donde dormían su madre y Teresa. El cielo retumbaba y semejaba su ruido grandes piedras rodando por la ladera de un cerro. El es-truendo trazaba surcos sobre el dorso del sueño. La luz incesante y cegadora de los relámpagos, recortaba la silueta del perro aullando. Un ven-tarrón removió la hojarasca. Los ramajes crepi-taron y la tierra sedienta bebió con júbilo tras prolongada sequía. Genaro recordaba el día no muy lejano en que su padre fue fulminado por un rayo cuando regre-saba de sus labores del campo. Vino a su memo-ria la figura de aquel hombre atravesado sobre la montura de una bestia, con la cabeza como badajo, movida por el paso del animal y el cuerpo suelto, inerte, cuando era traído del lugar donde lo sorprendió la muerte. El agudo punzón del subconsciente lo inquietaba y los pensamientos se apilaban golpeando su ce-rebro como un puñado de granizos. I a tormenta cesó. Todo se fue poniendo en paz. El silencio llegó. Se oyeron los grillos, los gallos cantaron.

Apenas si probó el sueño. Ansiaba que aclarara para irse con su madre a llevar a Teresa a Tecomán. Una repentina decisión se apoderó de su mente. Si el osado raptor les diera alcance, defendería con su vida el honor de su hermana, única compañía, consuelo y alegría de su progenitora. En cuanto se comenzaron a disipar las sombras, abandonó su tapeixte. Habló a su madre y a su hermana. Prepararon sus alimentos y el bule con agua. El pastorcillo de cabras tomó el machete mocho que utilizaba para cortar la pastura de sus ani-males y la leña para el consumo de la casa. Se encaminaron por la vereda, bordeando el monte, por el llano barrialoso que separaba la Zanja Prieta de Tecomán, en el camino para Cerro de Ortega. Empujados por la brisa matinal, avanzaban sin hablar, caminando sobre la suave tierra mojada. Las pisadas apenas hollaban la resucitada y ver-de hierba. El monte tomó tonalidades amarillo rojizas cuando el disco de lumbre apareció en el horizonte, atrás de ellos. Inundó el ambiente la algarabía de parvadas de pericos y en la espesu-ra de los árboles se escuchaba el canto de las chachalacas. El pastorcillo ensimismado, silencioso, presentía en su interior que algo malo les pasaría. 

Imaginando lo que podía suceder por la promesa del intruso de volver, llevaba el ánimo resuelto y la resistente determinación de no dejarse arre-batar a su hermana y conservar la unión fami-liar. Obligado por las circunstancias, su pensa-miento casi infantil, adoptaba posturas de adul-to. 

Oyeron pisadas de caballo atrás de ellos en aquél casi solitario camino. Instintivamente volvieron la vista y Teresa exclamó: 

- iEs él! 

El jinete saludó tranquilamente y preguntó hacia dónde iban. Detuvo su marcha y ofreció su cabal-gadura para llevar a la joven. Desconfiados por su actitud del día anterior, rechazaron el ofreci-miento. El recién llegado se apeó de la bestia. Adivinando sus intenciones, el muchacho fijó su vista en él con una fuerza extraña. La furia le tocó las fibras del coraje y una oleada de cólera lo sacudió de pies a cabeza. Como un relámpago, el rapaz se abalanzó sobre él y sin tener tiempo siquiera de bosquejar algún Resto, Plaza recibió un formidable golpe de ma-chete en la cabeza. Cayó de espaldas sobre el sua-ve barro. Llevó su mano derecha al cinto y sacó el revólver. No tuvo ya fuerzas para moverse. Que-dó con la pistola en la mano.

Genaro, con felina agilidad, le golpeó la cabeza varias veces hasta verlo inmóvil. Bajó el brazo con el que blandía el machete. Por su desordenada mente pasó la idea de rematarlo con su propia pistola. Dejó el machete por un lado, se inclinó y tuvo la intención de tomar el arma de Plaza, pero al tratar de quitarle el dedo del gatillo, se produjo un disparo hiriéndolo mortalmente. El muchacho se desplomó por un lado del frustra-do raptor. El estupor enmudeció a la madre y a la hermana del zagal y mordieron su llanto. 

El ladino croar de mil ranas de los charcos cer-canos ocupaba el espacio. Tiempo después, manos piadosas clavaron en el sitio de la tragedia una cruz de fierro a la que los caminantes llamaron por muchos años, la Cruz de Plaza.




Hay alegría en la hacienda, es el 4 de julio, día de nuestra Señora del Refugio. El viento de los lomeríos y de los montes cercanos recoge las voces, las risas, las canciones, los rui-dos y los rumores. La calle principal, frente a la casa grande, está colmada de gente. Sus empedrados están libres de maleza. La fachada de la capilla luce pulimen-tada, como cuando fue construída. El tintineo jubiloso de los bronces llama a los fie-les. Al abandonar el templo, las mocitas del lugar lucen sus caras bonitas, sus andares garbosos, los multicolores vestidos de percal y brillantes listo-nes que anudan su pelo. Aparecen los briosos ca-ballos montados por arrogantes jinetes. Es la fies-ta anual del lugar. Hay visitantes de Comala , El 1,1anito, el Volantín, la Becerrera, San Antonio y de otras congregaciones cercanas. En la casa de Alejo Gutiérrez todo es bullicio. El amo Don Guadalupe Rangel le tiene especial con-sideración. Primero había sido ranchero de Lo de Clemente y por sus buenos servicios lo trajo a la hacienda con su numerosa familia. Él y sus hi- jos varones, los mayores, laboran en la propie-dad del hacendado y es de los pocos que tienen acceso al interior de la gran finca. Allí, donde se asienta el mando del extenso feu-do, el gran zaguán de herrajes encierra al inge-nio y a la casa particular. Las dilatadas estancias de viguería labrada co-municadas a las habitaciones por puertas claveteadas, dejan ver en los rincones el reflejo del pasado: armarios de nogal y cedro, arcones de caoba, finos lechos con dosel y tocadores de importadas lunas. El comedor de pesados y labra-dos muebles, bajo finos candiles de origen euro-peo. En la parte posterior de la gran finca y lindando con la huerta, el murmurante arroyo de cristali-nas linfas, poblado en sus bandas por alta vege-tación que le brinda frescura a la copiosa vertiente natural que más tarde engrosará el caudal del Armería. 

Al norte de la construcción del ingenio, la secular capilla donde tienen lugar los oficios religiosos de la festividad.

Su calle principal está cruzada por lazos, de los que cuelgan policromos adornos de papel de chi-na. 

Las alineadas casas de los mayordomos y peo-nes, encaladas y de encarnados techos, lucen relucientes y sobre ellas se elevan humos que pue-blan el ambiente de gratos aromas de las vian-das que se preparan. Por la ventana de la morada de Don Alejo, José, el más pequeño de sus hijos, contempla extasia-do mirando en el confín del horizonte, la hoy des-nuda y otras veces blanquísima cúspide del Ne-vado, que apuñala las cargadas nubes, y la hu-meante cumbre del Volcán, que con sus inmensas moles de basalto, dominan el Valle y semejan guar-dianes de la región. En el atardecer, el niño se deleita con los cambiantes juegos de luces que bañan las cimas de los dos gigantes. Catalina y Hermelinda, las mayores de las mujer-citas, se ocupan de quitar el blanco atuendo a Juanita, la más pequeña, que hoy a hecho la pri-mera comunión. Doña Ambrosia, la madre, las auxilia. 

Se recorta en la puerta de la casa la figura de Demetrio Onofre, con el rostro congestionado y más corrido que escaso. Lo saluda Don Alejo: - ¿Cómo te va, Demetrio?. 

- iQué tierra pisan los ricos que no la pise yo!-, es su contestación, y sigue su camino. Adolfo, uno de los ocho varones de la familia, se prueba los lustrosos botines de una pieza que hoy estrena.

Salvador, el mayor de los hijos hombres, tiene un caballo retinto, dosalbo, de bonita estampa, cas-trado, muy manso. En ocasiones lo ensilla y se le sube en las ancas, y la bestia tranquila, sin hacer ningún extraño. Hoy lo tiene apersogado en el patio y le dice a Don Alejo: - Padre, voy a ir a darle agua al caballo a la zanja de en medio. - iPara qué vas tan lejos hijo, llévalo a la zanja de aquí cercal. - No padre, allá está el agua más limpia. Salvador monta en pelo y se dirige paso a paso a la entrada del potrero, donde hay una puerta de golpe, llevando la gamarra enrollada en la mano izquierda. Al llegar a la puerta, abre la hoja de encima con la mano derecha, la impulsa, pero al hacer el movimiento se desprende del gozne, gol-pea en el anca al caballo, que se asusta, se dispa-ra, emprende veloz carrera y por lo imprevisto, toma de sorpresa al jinete. Lo derriba, lo arras-tra en su loca carrera a través del escabroso te-rreno, se le remachan las vueltas de la gamarra en la mano al infeliz Salvador y después de ser llevado por el suelo más de 50 metros, ya incons-ciente, se atora por una axila en un tronco seco, se desprende el cabrestante de la muñeca y que-da su cuerpo tendido. Prosigue su carrera la bes-tia y ya libre del jinete, el manso animal se detie-ne y regresa a la casa de quien lo montaba. 

El caballo llega relinchando al umbral de la casa, sudado, con la soga de la gamarra ensangrenta-da. Doña Ambrosia dirige la vista hacia la puer-ta. Su cuerpo se crispa y lanza un grito desgarra-dor. Catalina y Hermelinda acuden a asistirla y gimen de dolor al contemplar la figura del caba-llo. 

Adolfo y Eduardo corren con Don Alejo con rum-bo al potrero. Encuentran la puerta caída y seña-les de un arrastradero. Más adelante, el botín iz-quierdo de Salvador y a distancia, el cuerpo del desventurado muchacho que en vida tuvo la es-beltez de los años mozos, los andares ligeros y las carnes apretadas, ahora desmadejado, con las ropas desgarradas, la piel cubierta de tierra mez-clada con sangre, sin vida. Don Alejo, Adolfo y Eduardo son seguidos por peo-nes de la hacienda y conducen a Salvador a su casa. Atrás de ellos, una multitud que reza que-damente. Las mujeres de la casa de los Gutiérrez se arrodillan y prorrumpen en sollozos al llegar el cuerpo exánime, que es colocado en una cama. 14a fiesta se interrumpe. El luto invade a los habi-tantes. 

Las antes jubilosas esquilas, ahora doblan con sonido triste.  






El viejo iba caminando sobre las redondas y ter-sas piedras de la calle, que abundan unos metros abajo en el arroyo de San Antonio. Sus pisadas resonaban en los muros ennegrecidos y lamosos de aquella cuartería con puertas deshechas por el tiempo, techos desplomados y pisos invadidos por la maleza, que ofrecían una imagen ruinosa de un pasado grandioso no muy lejano. Me lo había encontrado en la Barranca del Agua el día anterior en que las sombras de la noche devoraban los últimos fulgores y la lluvia se pre-cipitaba sobre de mí cuando llegué a caballo bus-cando un refugio. Estaba bajo el techo de un co-rredor y le pregunté: 

- ¿Qué tan lejos queda San Antonio?. 

- No mucho- me contestó. Pero no le conviene se-guir en la oscuridad y bajo la lluvia. ¿Por qué no pasa la noche aquí en mi casa y mañana yo lo acompaño?. Aquí hay pastura para su caballo y dónde descanse usted. 

Pude ver que se trataba de un viejo de cabeza blanca, fuerte y rugoso como una higuera cente-naria, enjuto, erguido y arrogante.

- Pase, no se moje-. - Nieves,- le dijo a su hijo- abre el portón para que pase el señor.-- Puede dejar su caballo en aquel cobertizo. - ¿Usted ya conoce el lugar a donde va?, me pre-guntó. - No, no lo conozco. - ¿Y qué asunto le trae a ese lugar abandonado?. - Vengo en busca de los descendientes de Diego Villalvazo. - Mañana iremos por la mañana me- dijo. Desensillé mi caballo, lo llevé al abrevadero y le di su ración de forraje. Me ofrecieron un cuarto cómodo y allí pasé la no-che. Al día siguiente en la mañana, salimos para San Antonio. - ¿ Cómo me dijo que se llama?- me preguntó en el camino. Nazario Villalvazo-. - Yo me llamo Estanislao Gudiño-. - ¿Qué parentesco le llama con Diego Villalvazo?-. 

- Soy su sobrino-. Ya las hiedras y los tacotes pintan de colores la floresta a los lados del sendero. En el ramaje de la nogalera que sirve de nodriza a la fronda es-meralda de los cafetales, se oye el gorjear alegre de los jilgueros y mirlas que se posan en el follaje perlado por la brisa cristalina que dejó la tormen-ta de la noche anterior. En las faldas de los cerros como un gigantesco vaho, se desprenden ténues nubecillas que forman una niebla casi transpa-rente, en la garganta de las montañas. Al voltear un recodo del cerro, se divisa un case-río. 

- Ahí es San Antonio-, me dijo Estanislao. Al irnos acercando, se tiene la impresión de un lugar muerto, abandonado. Ni cantos de gallos, ni un ladrido, ni un relincho, ni humo de fogones sobre de las casas. Todo silencio, todo estático. A la entrada del caserío se encuentra un gran espacio enmontado que me señala Estanislao y me dice: 

Aquí era el jardín y allá enfrente, vivía yo-. En seguida se encuentra una plaza de grandes dimensiones, empedrada, estando casi en el cen-tro de ella, un añoso salate y más allá una doble hilera de viejos naranjos agrios. Al fondo de la plaza, una gran arquería de piedra, sostén de un acueducto. En una esquina de la plaza, una her-mosa capilla y una enorme araucaria al frente de ella. Formando cuerpo con la capillla, las ruinas de la finca de una gran hacienda, con sus amplios corredores y al centro una artística fuente ador-nada con un ánade como hidrante. Cerrando el cuadro de la plaza, enfrente y en un costado de la gran finca, una cuartería destruida. - Los Villalvazo todos se acabaron. Unos se mu-rieron y otros se fueron huyendo de la revuelta-. El viejo se queda inmóvil y como si sus oídos cap-taran el trajín del lugar en tiempos pasados, con suspiros disimulados dijo: - Todo esto era la hacienda. Ese acueducto que usted ve, nos traía el agua del río desde El Panal, necesaria para mover la turbina con la que fun-cionaba la planta beneficiadora del café, que es-taba atrás de la capilla. En esa cuartería vivían los peones de la hacienda... aquellos tiempos...-. - San Antonio era un rancho alegre y vigoroso. Con actividad constante, lleno de sol y de luz du-rante el día y arropado de noche por el suave ru-mor del arroyo que corre mansamente allá abajo entre grandes riscos. Rancho formado por su majestuosa finca y risueñas casas de adobe, en-jalbegadas, que lucían orgullosas sus rojos techos de teja y que año con año se transfiguraba du-rante las fiestas del Santo Patrono al verse inva-dido por la aristocracia de Colima que en briosos 

caballos o en elegantes carruajes, llegaban a pa-sar el verano. 

- iDesaparecía la quietud del rancho!. - Se remozaba el templo y repicaban las campa-nas. Se limpiaban de zacate los empedrados. Se hacía limpieza de los vidrios de las farolas del alumbrado público. Los rojos pisos de las casas relumbraban. Se oía en todo el rancho el nutrido tortear de manos de las cocineras. Se echaban más tortillas que de costumbre. Olía a humo y al aroma de los guisos. - Después se llenaban las calles de ligeros y multi-colores vestidos de percal, de caras bonitas, de floreadas cabezas, de sombreros de paja ador-nados con brillantes listones, que después de per-forar las anchas alas y acariciar rosadas meji-llas, se anudaban abajo de la barbilla; de precio-sos rebozos de seda, rojos, morados, verdes, ama-rillos, blancos, azules, tornasolados, que después de cruzar los jóvenes pechos, caían en bella cas-cada de brillantes flecos, por la espalda. - Comenzaban los paseos al arroyo. Pordoquiera se escuchaban rasguear las guitarras, notas agu-das de mandolina y alegres canciones que el eco recogía amoroso y las traía apagadas hasta el rancho. 

- Al declinar el día, venían por donde baja el arro-yo, los brillantes atardeceres de fuego.

- Llegaba la noche. Se encendían allá muy altas, las estrellas, y los jacales se impregnaban del sua-ve olor del café y del pan recién horneado. Se can-taba, se reía, con beneplácito de la luna que be-saba con luz blanca y plateada, la escena. - Llegó la revolución. Llegó como llegan todas las revoluciones. Llegó destruyéndolo todo, derribán-dolo todo y sólo por un milagro no rodó el rancho estrepitosamente hasta el arroyo; pero quedó des-trozado y triste, con tristeza del crepúsculo. Huyó la gente. Enmudecieron las campanas. Cesaron las canciones y las risas. Calló la torteadera de manos de las cocineras. Se acabaron los paseos. Ya no apareció más el aroma del café en las me-sas. Quedó tan sólo como implorante y eterna ora-ción, el canto monótono y triste del agua mansa del arroyo, que ha ido carcomiendo la tierra, ha-ciendo más honda su corriente. Allá atrás, en el jardín, se secó el árbol de la canela que Don Arnoldo había traído de una tierra lejana. - Aquí vivía Diego Villalvazo-. Y me señala una de las casas, que como todas, no tiene puerta ni techo. 

- Hace años que no tengo razón de ninguno de sus descendientes. El último Villalvazo que vivió aquí, fue Florentino. Se dedicaba a llevar carga al otro lado del río. En los finales de la revolución, un día que iba con sus mulas cargadas, lo confundieron con un revolucionario; lo lazaron, lo arrastraron 

a cabeza de silla y lo colgaron en una higuera blanca que está enfrente del Panal, donde están las compuertas del agua del acueducto. Allí estu-vo colgado tres días y nadie se atrevió a descol-garlo por temor de que le pasara lo mismo que a él. Por fin, lo descolgaron y lo enterraron allí mis-mo, a un lado del paredón del río, donde lo ha-bían colgado; no alcanzaron ni a llevarlo al pan-teón. Allí, el rastro de los Villalvazo desapareció.

ÍNDICE


Jocoquilla 5 

El rastro del malechor 15

 Los chorros de lumbre 23

El espanta pericos 29 

El avariento 35 

Un repique a deshoras 41 

La cajeta 47 

Cirilo Abundis 53 

El llano de San Bartolo 59 

El canto de mal agüero 65

 ... Y fue por el agua 71 

Un fierro pa" el eclis 77 

Después del borrego 83 

El párpado caído 91

Macuaz 99

 El tartajo 107 

El buscador de chispitas 113 

La casa de tejamanil 121 

La culebra de agua 127 

Arroz amargo 133

 La maldición 139

 Visión satánica 151 

Las alas gigantescas 159 

Las manos ensangrentadas 165 

Las ollas 171 

Consejas  populares 179 

Un marrano bilioso 189 

El Cristo del Tepeguaje 197 

La cruz de plaza 205 

Un día de fiesta en Nogueras 213 

Cuando llegó la revuelta 221







MACUAZ. Cuentos y relatos del género rural de José Salazar Cárdenas, se terminó de imprimir en el mes de abril de 2006, en la Editorial de la Secretaría de 11 Cultura del Gobierno del Estado. Se hizo un tiraje de 1000 ejemplares. Diseño y Coordinación editorial: Víctor wminsiti Uribe Clarín. Edición revisada por el autor.

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