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El general José Angel Martínez, nacido en Arandas, Jal. En 1832, bravo defensor de la República, con meritorias acciones durante la intervención francesa y en campañas de pacificación interna, como la del Yaqui, donde sometió a tribus beligerantes de esa zona, después de permanecer 40 años en el ejército, al que ingresó como soldado raso siendo un adolescente, cerró su brillante hoja de servicios en 1892 al solicitar licencia para dedicarse a la vida privada. Habiendo conocido antes el Estado de Colima en las campañas contra el Imperio, se radicó en la ciudad capital de esta entidad federativa.


Adquirió en 80,000 pesos “oro” la enorme extensión de tierra conocida como Hacienda del Paso del Río.


“En sus nuevas actividades puso de manifiesto sus virtudes de organización y audacia que tanto lo hicieron destacar en el transcurso de su azarosa vida de soldado. De una madriguera de bandoleros que siempre había sido Paso del Río, hizo un sitio amable y seguro. Su manera de conducirse le valió la confianza y el temeroso respeto de toda esa dilatada comarca desde la cual ejercía el control político del Estado”.


Se dedicaba principalmente a la cría de ganado y se llegó a saber que durante el temporal de agua tenía siete ordeñas en sitios diferentes y con la leche se hacían grandes quesos que se dejaban secar. Rentaba una parte de las tierras y otra parte las cultivaba.


La finca de la hacienda estaba situada al sur y a corta distancia del puente del ferrocarril sobre el río Armería y a un lado de la margen oriental. Era una construcción de grandes proporciones con corredores hacia el camino de herradura por donde pasaban las conductas y los hatajos de mulas conducidas por arrieros, entre Colima y Manzanillo.


Así como era atrevido y audaz, era hábil y conciliador cuando el caso lo ameritaba, en el ambiente hostil en el que convivió con toda clase de gente, acostumbrada la mayoría a la falta de respeto al orden.


Se conocen anécdotas en las que afloran esas dos facetas de su carácter. Una de ellas fue ésta:


“Dícese que en cierta ocasión en que el general recorría sus campos a caballo y solo, advirtió a un costeño que bebía con fruición del contenido de un “bule”.


Pásamelo para tomar yo, le pidió el viejo militar, pero como el otro se opusiera, el general acabó por imponerse, pues la sed lo devoraba, pero al llevarse el bule a la boca, se dio cuenta de que contenía agua de coco, producto de una indudable ratería y después de gustar del sabroso líquido, comentó muy serio:


Yo creía que traías agua del amial, pero de esta no toma ni el Presidente de la República.. Sin embargo, si el general pensó en castigar el abuso, no tuvo tiempo de hacerlo, porque el individuo, tal ven anticipándose a su intención, se puso de un ágil brinco en las ancas del caballo y rodeándolo con un brazo, armado de filoso cuchillo, le preguntó:


¿Verdad que es agua del amial, mi general?. - ¡Claro hombre, nomás que yo tenía tanta sed, que me pareció de coco....Anda vete... y llena tu bule en otra parte.


“Otra vez, un grupo de numerosos arrieros provenientes de Manzanillo, pernoctó en Paso del Río y al levantarse muy de mañana el general y advertir que frente a su casa los intrusos habían improvisado sus vivacs y colocado en fila, como era costumbre, los aparejos de la recua, experimentó disgusto no tanto por la estancia de los arrieros, como por su falta de cortesía al no haber solicitado permiso. De un puntapié derribó un aparejo, que al caer sobre el siguiente, provocó una especie de reacción en cadena, lo que, naturalmente, disgustó a los arrieros y uno de ellos, armado de una escopeta, la dirigió al pecho del general a tiempo que le decía iracundo: - ¡ Ya hizo su chiste!. ¿Quién es usted, que tiene tan mal genio?..


¡ Soy el General Martínez, dueño de este lugar y ahora mismo se me largan!.


¿Con que usted es el dueño?, preguntó el arriero amartillando el arma. – Pues se me hace que va a dejar de serlo.


Eso no puede ser-, recapacitó el general, conciliador. –Pero tampoco es necesario que se vayan ustedes. Yo creía que eran otras gentes.”


Era muy enérgico para mandar y no le importaba la hora que fuera, tenía que ser obedecido. En una ocasión el arriero que se encargaba de las mulas de aparejo y que se llamaba Antonio Tene, llegó a desaparejar ya muy tarde y al general le urgía que le trajeran unas cargas de panocha de la Fundición, que distaba como ocho leguas del casco de la hacienda, lugar en la que tenía una “tachica” en la que hacían panocha y vino. Al verlo, el general le dijo:


- Mira Antonio, deja dos mulas aparejadas y te vas a la Fundición a traer unas cargas de panocha. Don Antonio volteó disimuladamente para mirar el sol que ya estaba por ocultarse. El general que lo estaba observando le dijo: - No mire para allá, acá atrás viene la luna. Don Antonio no contestó nada y se fue e esa hora a cumplir la orden.


“Y así entre enérgico y hábil, colgando cuatreros y ensayando medidas políticas, logró el general imponer su autoridad en Paso del Río, donde pasó los últimos años de su vida y, según el mismo se ufanaba en ponderar, los más hermosos.”


La propiedad de esa hacienda, por el lado oriental del río Armería, llegaba hasta lo que se llamaba La Cruz del Coyunque, que estaba cerca de lo que hoy es el rancho Casablanca, pertenencia que fue de don Carlos Alcaraz Ahumada. De allí hacia el poniente, era llamada toda esa extensión de tierra hasta el río, Llanos de San Bartolo. A tres kilómetros al sur de donde hoy se encuentra una subestación de la Comisión Federal de Electricidad, cerca de la estación del Ferrocarril en Tecomán, se encontraba la Hacienda del Casco, que fue de don Ignacio Michel, que estaba casado con Adelina Martínez, hija del general. Las tierras de Paso del Río comprendían a la huerta de Santa Rosa y lo que después fue La Báscula, cerca del puente del ferrocarril. Del río hacia el poniente y al norte, los terrenos de esa propiedad, se perdían entre los cerros hasta lindar con el municipio de Coquimatlán.


El general Martínez murió en Colima en 1904. Antes de morir, efectuó la venta de la hacienda a un ciudadano norteamericano llamado Alberto Oshner, renombrado Médico Cirujano que residía en Nueva York, que invitado por la doctora Luisa Oldembourg, originaria de Colima, que trabajaba en su clínica, vino a pasar unas vacaciones a las playas colimenses que lo cautivaron y decidió adquirir una propiedad.


El Dr. Oshner pasaba temporadas en la hacienda en donde era acompañado por un gran número de invitados. En esa época mandó construir en el Llano de San Bartolo, cerca de la hacienda del Casco, una casa donde se hospedaban las visitas, a la que llamaban solamente “La Finca”. Allí los invitados montaban a caballo, admiraban el ganado y tomaban fotografías. En esta finca existió una noria que tuvo fama por la buena calidad de agua de bebida que de ella se extraía. Cuando el doctor estaba de vacaciones en la hacienda, ofrecía consulta gratuita a las personas que lo solicitaban.


A la venta de los terrenos de la Hacienda de Paso del Río, se respetó la propiedad de don Ignacio Michel, quedando él en posesión de la finca.


El primer administrador que nombró Oshner, fue el Sr. Schudi. Después estuvo el Sr. Otto. En seguida fue administrador el Sr. Fanton, quien fue muerto por un costeño en el camino de las huertas de Santa Rosa, hecho que se suscitó cuando un perro se le abalanzó y al defenderse de él, el Sr. Fanton le dio muerte. El dueño del perro, que se encontraba cerca, a su vez, quitó la vida al Sr. Fanton.


Durante estos primeros tiempos del cambio de propietario, se incrementó la ganadería.


En 1906, ocurrió una gran lluvia provocada por un ciclón, que causó una inmensa creciente del río Armería que destruyó el puente de la vía angosta del ferrocarril y devastó el edificio de la hacienda de Paso del Río.


Cuando sucedió esa gran creciente, el puente metálico del ferrocarril de vía angosta estaba formado por tres grandes arcos y la vía estaba a menor altura que la actual. La impetuosa avenida del río destruyó una parte del puente y devastó la finca de la hacienda que estaba situada a muy corta distancia del lecho del río.


Fue reconstruido el puente a mayor altura que el anterior y se amplió su extensión a seis grandes arcos, tal como se encuentra actualmente. En 1908 se inauguró el ferrocarril de vía ancha hasta Manzanillo.


En ese tiempo, en la margen poniente del río solamente existían unas cuantas casitas donde en la actualidad es el poblado de Periquillo.


Después de los daños que sufrió el edificio de la hacienda, el Sr. Albino Seppi, en ese entonces administrador, comenzó a edificar una casa de teja en el cerro, frente al río, en la parte alta de Periquillo. A los lados de esa casa, destinada a dar alojo a todo lo relacionado con la conducción de esa propiedad, se construyeron otras casas de madera y techo de lámina de zinc, que posteriormente desaparecieron y en su lugar se edificó una larga construcción de habitaciones unidas, de madera y teja de barro, cercana y en el lado poniente de la casa de la hacienda, en donde vivían los administradores y otra parte era dedicada a las visitas.


Cuando se verificó el cambio de la hacienda a Periquillo, el Sr. Oshner venía solamente cada dos o tres años y su estancia casi siempre transcurría en la construcción levantada en El Llano frente a la estación del Ferrocarril de Tecomán, a la que llamaban La Finca.


Cabe hacer el comentario, que todos los administradores fueron de nacionalidad italiana.


El Sr. Seppi era de carácter violento, cosa frecuente en los de su origen, y fue asesinado en las tierras del potrero de Moreno, cerca de El Naranjal. Este predio estaba ubicado hacia el poniente del río, como a dos kilómetros al norte de Periquillo.


En esa época, se construyó una escuela para los hijos de los trabajadores y se edificó una sencilla capilla en terrenos de La Báscula, al oriente del río.


Antes de la muerte del Sr. Seppi, llegó a la hacienda el Sr. Stephano Gherzi a practicar trabajos de ingeniería, siendo el que quedó al frente de la negociación por esa circunstancia.


Alrededor de 1910, llegaron los señores Juan Mantellero y Santiago Antoniotti.


En 1917, el Sr. Mantellero fue muerto por unos salteadores que tomaban el nombre de la revolución y que asaltaron el tren en que viajaba procedente de Guadalajara, en el trayecto comprendido entre las estaciones de Jala y Madrid.


A la muerte del Sr. Mantellero, Don Santiago Antoniotti se ausentó de Periquillo. El Sr. Gherzi siempre permaneció en la hacienda todo el tiempo.


Vinieron después los señores Eugenio Balleano y Octavio Machetto, contratados para administrar los predios y hacer plantaciones de palma de coco y también volvió el Sr. Antoniotti.


La señora Emilia Demarta era esposa del Sr. Juan Mantellero y hermana de la esposa del Sr. Antoniotti. Cuando éste regresó a la hacienda, también volvió la viuda del Sr. Mantellero y estuvo encargada de la contaduría de la propiedad.


Después llegó el Sr. Reynaldo Gualino.


Los nombres de los predios de la Hacienda de Paso del Río a principios de siglo eran:


Por el lado de Tecomán, es decir, al oriente del río Armería: Santa Rosa y Ponciano, en los terrenos húmedos, en la vega del río, siendo los primeros lugares en donde se hicieron siembras de palma de coco de agua. A la entrada de la huerta de Ponciano, existía la que se conocía con el nombre de "palma cuata", pues eran dos palmas que estaban unidas en su base y separaban sus troncos en la altura. Servían de punto de referencia.


Los terrenos de El Tasajillo, San Antonio y Texpan, cercanos al río.


El Llano de San Bartolo, que rodeaba al poblado de Tecomán por el norte y poniente. En estas tierras existía gran cantidad de ganado y su control se llevaba en una construcción contigua a la Hacienda del Casco, de Don Ignacio Michel. En esa casa vivía el caporal encargado de dirigir su atención a través de vaqueros. A principios de siglo fue Gregorio Rodríguez el que allí habitó. Después fue Don Santiago Alvarez y sus hijos Pedro, Macario y Santiago. Ahí había una noria, atarjeas y corrales.


El predio que lindaba con la población de Tecomán por el lado norte, era el conocido con el nombre de Cofradía, donde por muchos años su encargado fue Don Jesús Gómez. Allí existían una gran noria, atarjeas y un corral de ordeña.


Por el lado poniente del pueblo, estaban situados los terrenos de Camichines, donde también existía un pozo de agua, atarjeas y corral de ordeña.


Careciendo El Llano de agua, estos lugares estaban racionalmente ubicados como abrevaderos para el ganado. Cerca del pozo de Camichines estaba el predio de El Cahuilotal.


En los terrenos cercanos a la Hacienda de El Casco, había un potrero conocido como El Hospital, en donde se confinaba el ganado enfermo, para su atención. Existía otro potrero al que se le nombraba "La Estaca del Judío", en donde se encerraban todos los animales ajenos que se encontraban pastando en esos terrenos.


La Báscula estaba situada cerca del puente del ferrocarril y allí se concentraban los productos agrícolas de Santa Rosa y Ponciano.


En el lado poniente del río, la porción más grande de tierras de la propiedad, los predios eran:


El Naranjal, el Potrero de Moreno, Cocinitas, La Higuerita, El Tecuán, La Peña, La Cañita, Coatán, Texcaltitlán, La Atravesada, La Fundición, Martín Alonso, El Pelillo, La Mata de Sandía y La Coliguana.


Santiago Antoniotti, Reynaldo Gualino y Octavio Machetto vivieron en Cocinitas en diferentes épocas. La casa de esta huerta estaba situada en terrenos que actualmente ocupa la Escuela Técnica Agrícola de Cofradía de Juárez.


Santiago Antoniotti también vivió en el Naranjal.


La Cañita estaba ubicada cerca de donde hoy es Rincón de López. Allí vivió Eugenio Balleano y posteriormente Luis Milán.


Enfrente de la Cañita estaba La Peña.


Coatán estaba ubicado en un lugar cercano a donde actualmente es Coalatilla.


Texcaltitlán estaba cerca de lo que hoy es Rincón de López.


De las tierras de la Hacienda de Paso del Río, las situadas al oriente del río pertenecían al municipio de Tecomán y las que estaban en el lado poniente, al municipio de Manzanillo, que al crearse el municipio de Armería e n 1967, pasaron a jurisdicción de éste último.


Después del cambio de la finca al lado de Periquillo, se incrementó la siembra de huertas de palma de coco de agua para el lado poniente del río.


Había en esa época enormes extensiones cubiertas por palmas de coco de aceite, llamadas cayacos, que crecían en forma silvestre y que paulatinamente fueron sustituidas por palmas de coco de agua, debido a las dificultades que ofrecía la recolección de su fruto, que era hecha casi exclusivamente por mujeres.


Los numerosos italianos que administraron la negociación, se fueron retirando. Los últimos en llegar fueron los señores Luis Milán y Ricardo Sirri a fines de los años veintes.


A la muerte de Don Alberto Oshner, sus herederos prestaban muy poca atención a la propiedad y se dijo que el Sr. Stephano Gherzi había adquirido todos los derechos.


El Sr. Ricardo Sirri se retiró de Periquillo aproximadamente en 1929.


En ese tiempo el Sr. Gherzhi contrajo nupcias con la viuda del Sr. Juan Mantellero, Sra. Emilia Demarta.


Durante la guerra cristera, los insurrectos secuestraron al Sr. Gherzi, a quien tuvieron recluido en Coatán. Ellos exigían una determinada cantidad de dinero y tuvieron al parecer el acuerdo de que si él entregaba la tercera parte de lo requerido y lo demás a un plazo, se le dejaría en libertad. Fue liberado y como se llegó el plazo pactado y no hizo entrega de la cantidad convenida, los cristeros tomaron venganza a incendiaron las bodegas de La Báscula.


Coincidiendo con el final de la insurrección cristera, el Sr. Luis Milán abandonó Periquillo, quedando únicamente el Sr. Gherzi al frente de la propiedad.


A partir de entonces, la hacienda tuvo un desarrollo notable, llegando a ser por mucho tiempo, hasta su entrega a los ejidatarios, la negociación agrícola ganadera más grande e importante del Estado.


En este desenvolvimiento tuvieron que ver varios factores:


La paz social y la seguridad en el campo.


Desaparecieron todos los arrendamientos de tierras y el movimiento se concentró en Periquillo.


La presencia continua de su propietario.


En esa época inician sus producciones gran cantidad de palmares creadas en la década anterior.


Aunque todo el tiempo la inmensa propiedad despertó la codicia de muchos y hubo pequeños brotes de invasión, que eran ejecutados en forma individual, el propietario actuaba de manera rápida y definitiva, expulsando a los invasores.


En ese entonces, había en la hacienda una tienda de comestibles, matanza de reses y cerdos, venta de leche y molino de nixtamal.


La raya se hacía cada 15 días y en la única calle plana de Periquillo, existía en esos días un comercio callejero semejante a los actuales tianguis.


Hubo un momento en que en Periquillo trabajaban más de 500 personas entre sacadores de copra, jimadores, recolectores de coquito de aceite, caporales, vaqueros y ordeñadores.


La hacienda contaba con dos cambios en la vía del ferrocarril. Uno estaba situado en La Báscula y otro frente a lo que actualmente es el rastro de Armería, al que le llamaban "el escape". Tenía dos furgones del tren propios, que al ser completada la carga de productos agrícolas, principalmente coco jimado y copra, eran canjeados por otros y la hacienda únicamente erogaba el arrastre.


Siendo tan grande la cantidad de palmas de coco de aceite diseminadas por toda la propiedad, se instaló en sus bodegas una quebradora de coquito de aceite.


Había un molino arrocero, un molino de maíz para hacer polvillo, que se utilizaba como alimento para el ganado. Había también un molino para extraer aceite de coco, que era vendido en la fábrica de jabón La Casa Blanca, de Colima, de Doña Amalia G. Vda. De Aguilar.


La producción de coco jimado se enviaba a Guadalajara, a la Sra. Andrea Cruz, quien tenía en propiedad grandes negocios de expendios de coco y una fábrica de dulces de la misma fruta. Ella llevó mucha amistad con la familia Gherzi y visitaba con mucha frecuencia la hacienda.


En Periquillo se construyeron grandes bodegas, que impresionaban por su extensión y seguramente las de mayor tamaño de negociación alguna en el Estado.


Hasta antes de 1950, la propiedad contaba con una superficie de aproximadamente 30,000 hectáreas.


Existía línea telefónica entre Periquillo, Cocinitas, La Cañita y El Naranjal.


Los molinos estaban instalados aprovechando una planicie del terreno, al norte de la finca, en la parte baja de lo que fue Cocinitas y que ahora es el poblado de Cofradía de Juárez. En un gran patio contiguo a estas bodegas, estaba situada la noria que abastecía a las casas de la Hacienda de agua potable que se llevaba mediante bombeo y una larga tubería metálica, a través de cientos de metros de distancia.


En la actualidad todavía se conserva la primera bodega edificada a principios de siglo en ese lugar, que es una construcción en su totalidad de madera, con techos de lámina de zinc, sentada sobre pilotes.


También existen aún, otras grandes bodegas construidas en la década de los años cuarentas, que son usadas por los ejidatarios de Cofradía de Juárez.


La Familia Gherzi no procreó hijos, pero eran acompañados por varios sobrinos pequeños que vivieron en la hacienda durante muchos años, por temporadas.


En Periquillo era frecuente que las construcciones pertenecientes a la propiedad, estuvieran ocupadas por visitas. Era habitual ver la presencia del Sr. Obispo de Guadalajara, el Sr. Cónsul de Italia y de otras personalidades de aquella ciudad.


El Sr. Gherzi tenía una amistad muy estrecha con el Sr. Pbro. Juan Spada Grossi, nacido en Lenola, Italia, que fue un sacerdote muy querido en la población de San Marcos, Jal., cercana a Tonila, donde construyó un hermoso templo de mármol. Murió en Guadalajara y fue sepultado en ese templo. Con mucha frecuencia visitaba Periquillo.


Existían en los corredores de la finca de la hacienda unos equipales de respaldo muy alto a los que se conocía con el nombre de "chimotales", que eran los preferidos por el Sr. Gherzi.


Don Stephano poseía una residencia en Colima y otra en Guadalajara.


En el renglón de la ganadería, todo el tiempo desde su creación, en la época en que fue adquirida por el Dr. Oshner, fue muy importante la propiedad.


Al venir los primeros administradores, se trajo a la hacienda un ganado bermejo, manchado, cara blanca, probablemente Herford, que con el tiempo llegó a ser el más abundante y representativo de la zona. Esa raza se fue cruzando y abundaron los ejemplares de barcino y prieto, pero siempre con la característica de tener la frente blanca, aunque dominaban los de color bermejo. A estos animales el pueblo les llamaba ganado "guaco".


En la década de los años 30, llegó a estimarse que existían diez mil cabezas de ganado en los terrenos situados al oriente del río y quince mil en las tierras ubicadas al poniente del mismo río de Armería.


Vino la Reforma Agraria, a la que dio tanto impulso el Presidente Cárdenas, y el Sr. Gherzi en su defensa, creó lo que llamó Compañía Fraccionadora de Terrenos S.C.P.A., de la que poseía todas las acciones y en la que supuestamente figuraban varios propietarios.


Se hicieron 26 fracciones de tierras bajas, las mejor dotadas para la agricultura y la hacienda obtuvo certificados de inafectabilidad agrícola y para las tierras altas, sin posibilidad de riego, certificados de inafectabilidad ganadera entre 1940 y 1949.



Por decreto de fecha 6 de diciembre de 1960, fueron canceladas todas las concesiones por el Gobierno Federal, por violaciones a la Constitución, para formar una comunidad agraria colectiva, siendo el latifundio de 18,502 hectáreas, ya que habían sido vendidos algunos de los predios originales.


En julio de 1961, fue entregado a los ejidatarios.

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