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Apareció en el horizonte una silueta femenina que caminaba pesadamente bajo el canicular sol del medio día del mes de mayo, en la orilla del mar, por la franja donde la humedad endurece la arena y la marcha se hace menos fatigosa. Al aproximarse a un grupo de chozas de zacate que sobresalían en lo alto de las dunas, se pudo ver que era de mediana estatura, con el rostro sudoroso y jadeante, el pelo en desorden y con un gesto de cansancio, de fatiga extrema. Se acercó a la primera cabaña que encontró y que tenía una enramada para el lado del mar y se desplomó rendida en una rústica banca que allí había. La familia que la habitaba comía en esos momentos agrupada alrededor de un tapeixte de carrizos que les servía de mesa. Era la casita de un pescador y salinero llamado Crescencio García a quien apodaban “Pitarrilla”. Éste, abandonando el plato de comida, se levantó y acudió a donde estaba la inesperada visitante que presentaba un estado lastimoso: sudaba copiosamente, sus labios secos y el gesto anhelante, denotaban la sed y el hambre que padecía aquella desdichada mujer. “Pitarrilla” le dio de beber fresca agua de una tinaja y cuando hubo saciado su sed, la invitó a acompañarlos a comer. Ellos paladeaban un caldo de iguana. Con prisa sorbió a tragos el contenido del plato y después con deleite saboreó una segunda ración. Ella se manifestó satisfecha de la comida y los presentes oyeron que la extraña visita hablaba incoherencias y pronunciaba frases ininteligibles. Enseguida cerró los ojos dando pruebas de su agotamiento y desgaste físico.

La recostaron sobre un camastro y pudieron ver que entró en un sueño profundo. Entonces la observaron detenidamente. Su rostro era blanco y sus mejillas encendidas como las nubes del atardecer. Por entre los párpados entrecerrados se apreciaba el color azul de sus ojos. El eritema de los pies denunciaba el estado congestivo de su piel. Del cuello pendía una áurea cadena que llevaba una medalla con una imagen religiosa. Era joven sin serlo demasiado.

Cuando el sol estaba ya acercándose al horizonte, despertó totalmente lúcida. Pidió agua y sin esfuerzos ni presiones, contó su historia:

Era originaria de Morelia, Mich. donde vivía con sus padres y hermanas, que eran muy religiosas.

Habitaba cerca de un parque a donde solían ir un grupo de oficiales del ejército constitucionalista que pertenecían a un regimiento de caballería acantonado en esa ciudad. Corría el año de 1915, en la época convulsa de la revolución. En una ocasión en que a ella se le cayó de sus manos un devocionario, uno de los oficiales se comidió a levantarlo y se lo entregó. Cruzaron su vista y ella sintió la mirada penetrante de aquel hombre, como una llamarada ardiente que inflamó de pasión su corazón.

Se inició un corto romance que se vio amenazado cuando él, que era capitán de caballería y se llamaba Luis Eguiarte, le comunicó que su regimiento saldría de Morelia y no sabía su destino. Le prometió informarle a donde iría. Ella sintió que la separación perturbaría su tranquilidad por la inmoderada inclinación que hacia él sentía y le pidió a ruegos que se la llevara con él, que se resistía a aceptar por la imposibilidad de viajar juntos. El militar logró saber que iría a Manzanillo. Ella quedó de acuerdo en que viajaría sola hasta donde pudiera tomar el tren, se trasladaría al puerto y lo buscaría en la guarnición de la plaza. Viajó con angustia y fue feliz su encuentro. En Manzanillo estuvieron un mes y la compañía a la que él pertenecía recibió órdenes de cumplir una comisión en la costa de Michoacán. La convenció de que debería quedarse a esperarlo y él marchó con la esperanza de un pronto retorno.

En cuanto él partió, ella sintió la zozobra y el temor de perderlo. Indagó el rumbo que siguió la compañía y supo que salió en dirección de Cuyutlán. Tomó el sendero muy próximo al mar y fue siguiendo los rastros de la caballería, hasta que llegó el manto de las tinieblas; perdió toda huella en su seguimiento y decidió continuar por la orilla del mar.

Al amanecer se encontró en un lugar en donde oyó el silbato de una locomotora y divisó en la lejanía puntos blancos que le parecieron casas. Llegó hasta ese lugar que había visto de manera imprecisa y observó que un grupo de personas se bañaban en el mar. Preguntó el nombre de ese lugar y le informaron que se llamaba Cuyutlán. Siguió caminando por la orilla del mar, hasta que al atardecer llegó a un río y como la noche era muy oscura y ella se encontraba muy fatigada, decidió no seguir hasta la mañana siguiente.

Al despertar, vio una corriente cristalina y poco profunda, que pudo atravesar. Divisó a unos hombres trabajando junto a unos montones blancos que le parecieron de nieve. Siguió caminando y ya con el sol casi en el cenit, desfallecida, llegó a las chozas en donde se encontraba. Fue informada que allí se llamaba El Real. Quiso seguir caminando. La obsesión por alcanzar al hombre amado la dominaba. “Pitarrilla” le hizo ver que no tardaría en oscurecer, que no había luna; que al día siguiente encontraría un río posiblemente caudaloso y después escarpadas montañas y que era imposible que siguiera su viaje en la forma que pretendía. Accedió a quedarse y al siguiente día tuvo disposición de auxiliar en su quehacer a la familia que la había protegido y brindado sus atenciones.

Sintió placer por su estancia en ese lugar y después de varios días, solicitó ayuda a los salineros para levantar una casa de zacate, recargada en el médano, con la entrada por el lado contrario al mar y con una puerta de palos cubierta con unas ramas de mezquite.

Pronto se le vió auxiliar a los hombres en sus extenuantes labores y comenzó a tener amistad con los propietarios de los pozos de sal y los trabajadores encargados de las labores de la producción de los cristalinos granos.

Tuvo amistad y fue vista con simpatía por Don Luis Venegas y su hijo Rafael, que poseían una troje de sal en las salinas y recibió el encargo, por parte de ellos de cuidarla. Ellos le llevaban provisiones de Tecomán, mientras transcurría la temporada de producción. Al terminar la temporada, en el mes de junio, trataron de convencerla de que viniera a vivir al pueblo y nunca aceptó. Se encariñó tanto con el lugar, que decidió pasar el temporal de lluvias en su casa de zacate, al amparo de las dunas. Para entonces ya había demostrado su inclinación por los animales domésticos y ya tenía gallinas, perros y gatos. Aprendió las labores de la gente de mar y de dedicaba por las tardes a pescar para obtener alimento para ella y sus irracionales acompañantes. Sus perros aprendieron a cazar animales silvestres como conejos y tesmos, y los gatos, ratas y lagartijas.

En la época de lluvias recorría la playa en las noches, por la orilla del mar, acompañada de sus perros. Ellos sabían encontrar los nidos de las tortugas y descubrir las huevadas, que les servían de alimento a todos.

Durante los meses del temporal de lluvias, abundaban en la playa, en la orilla del mar, enterrados en la arena, simulando piedras de poco tamaño, pequeños moluscos llamados chocolopas que aprendió a encontrar y a preparar ricos caldos con ellos.

Transcurrieron los años y siempre llevó la misma vida. Durante la época de salinas emprendió un negocio consistente en que vendía comida a los salineros que vivían solos, encargándose ellos mismos de llevarle provisiones cada 8 días, de la población. También seguía con el encargo del cuidado de la troje de sal.

Al terminar la temporada de producción de sal, volvía a quedarse sola con su mancha de perros y gatos. En el temporal de lluvias venía a pie a Tecomán los domingos. Asistía a misa y después adquiría víveres para llevar a su choza. Esto era posible por la ayuda que recibía de Don Rafael Venegas, Don Pedro Gutiérrez y Don Pedro Virgen Arias, propietarios de pozos de sal. Compraba maíz, frijol, manteca, café, azúcar y galletas. Llenaba un costal. Don Rafael Venegas le prestaba un macho ensillado, muy manso, en el que se regresaba a las salinas. Al llegar a El Real, ella colocaba la rienda en la cabeza de la silla, le daba media vuelta al animal y el macho solo volvía a la casa de Don Rafael. Para el domingo siguiente, se repetía la rutina.

Era una imagen muy familiar a las personas que con frecuencia iban a esas salinas, la figura de esa mujer con sombrero y un machete en la mano, recorriendo la playa, buscando alimento y leña en la mezquitera. A veces se le veía rezando sus oraciones. Pero a la vez que familiar, les parecía a los observadores, extraña su forma de vida.

¿Qué le impulsaba a ese aislamiento, a esa segregación voluntaria, a vivir íngrima en ese paraje solitario?.

¿Era que deseaba estar sola con el recuerdo de su amado Luis?.

¿Quería tener como únicos testigos el silencio, el viento, la lluvia, el firmamento y el enorme espejo del mar?.

¿Cumplía una penitencia, llevaba una vida contemplativa?.

¿Su vida de ermitaño era una existencia entregada a Dios?.

Cuando se registró el maremoto del día 22 de junio de 1932, ella estaba sola en las salinas. Su casa, como hemos dicho, estaba sostenida por el médano. Precediendo a la salida del mar, hubo un temblor de tierra de regular intensidad. A las primeras noticias que se tuvieron del suceso, el Padre José María Arreguín, Párroco de Tecomán, salió en un pequeño carro con rumbo a El Real, acompañado por el Sr. José Sandoval. Cuando iban a medio camino, encontraron a Simona que venía de rodillas, al pueblo. Al verla, detuvieron su marcha y el Sr. Cura le dijo:

¡ Ponte de pie mujer !. ¿Cómo vas a seguir así?.

Ya tenía destrozadas las rodillas. Ella obedeció y siguió con rumbo a Tecomán.

El Padre y Don José siguieron en dirección a El Real. Cuando llegaron a las cercanías del mar, vieron el agua encharcada en el estero, pero todo en calma y volvieron a la población. Cuando venían de regreso, ya Simonita venía llegando a Tecomán.

Llegó al templo a dar gracias a la Virgen por el milagro que había hecho con su persona y narró como fue.

Contó que oyó un rumor muy grande y al salir a la puerta de su choza, en el lado contrario al mar, vio como un inmenso tumbo rebasaba el médano y milagrosamente se abrió, pasando a los lados de su casa, sin causarles ningún daño ni a la choza ni a ella.

Relató qué, en ese momento, en medio de su asombro, apareció la Virgen de la Candelaria, que de pie, frente a ella, le colocaba una mano en el hombro y le decía:

¡No temas, nada te pasará¡

Después de esa visión sobrenatural, la Virgen desapareció.

Se quedó quieta un momento y presenció como aquella inmensidad de agua derramada del mar, se disgregaba, dispersándose en la llanura de las salitreras. Una vez que vio todo en calma, buscó en donde el agua tenía menos profundidad para dirigirse al pueblo a dar gracias a la Imagen de la Virgen.

A las personas que la oían, les decía:

¡La Virgen estuvo en el mar y quien lo dude, que vea los pies de la Imagen y los encontrará húmedos, impregnados de arena!.

Los atónitos ojos de los presentes pudieron comprobar la veracidad de lo que Simona decía. Pronto una multitud daba fe de lo que había sido narrado por Simonita, elevaban plegarias y cantaban alabanzas en demostración de agradecimiento porque la Virgen detuvo al mar.

Después de eso, Simona regresó a su cabaña y siguió haciendo la vida de siempre.

Durante 26 años, su vida intrigó a todos los que la conocían.

La permanencia de su firme determinación, su fortaleza física, la indudable protección divina que recibía, eran causa de admiración.

Sin embargo, todos los seres vivientes cumplen su ciclo vital y el deterioro físico se hizo presente. Con ella el tiempo era implacable, envejeciendo aquel organismo privilegiado, pero nunca venció su obstinación.

Aparecieron las enfermedades. Cuando se sintió falta de fuerzas, aceptó la invitación de la familia de Don Rafael Venegas y se quedó en Tecomán. Su estado de salud empeoraba. Dio el nombre de sus hermanas, así como su domicilio, del lejano tiempo en que abandonó su solar nativo. Informó que en esa época ellas acostumbraban asistir con frecuencia a la Catedral. En su gravedad, Don Rafael Venegas escribió al domicilio dado por Simona y al Sr. Obispo de Morelia, pero nunca nadie vino a acompañarla.

Una mañana de un caluroso día del año de 1942, con un crucifijo asido por sus pálidos dedos, con el rostro sereno, desapareció de su cuerpo todo signo de vida.

Aquellos que la protegieron y trataron de facilitarle la extraña vida por ella escogida, le dieron cristiana sepultura, desapareciendo de El Real, aquella leyenda viva llamada Simona Chávez García, mejor conocida por todos como SIMONITA LA DE EL REAL.

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