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Es una de las poblaciones más antiguas del valle.


El "Acta Relación", Descripción o Padrón de vecinos y encomenderos, hechos por el Cabildo Colimense en 1532 y la "Relación Sumaria”del Lic. Lebrón de Quiñones, fechada en Tajimaroa, Nueva España a 10 de septiembre de 1534, hablan de la encomienda de Tecolapa dada por Hernán Cortés a Joan Batista de Rápalo, con 60 indios tributarios.


Al morir Joan Batista de Rápalo, su viuda Catalina Martínez casó con Joan Martel, a quien pasó la encomienda.


El Lic. Lebrón de Quiñones en 1553 dice que se visitó este pueblo y se hallaron en él ciento veinticinco casados, diez y nueve viudas y gente menuda, y atento esto los tasó y moderó en que den a Joan Martel, persona que los pretende tener en encomienda y mostró título, en cada un año veinte y una mantas de algodón de a tres piernas, que cada pierna tenga dos brazos de largo y cada brazo dos varas de medir, y de ancho cada pierna, de tres cuartas, las cuales han de dar en cada cuatro meses, siete mantas."


Durante el siglo XVII tuvo preponderancia en los aspectos religioso y administrativo, siendo un núcleo importante de habitantes.


Los primeros en evangelizar ese lugar así como Chamila y Comala a partir de 1552, fueron los frailes Martín de Jesús (franciscano) Juan de Padilla y Juan de Bolonia. Se aprecia a simple vista, que la capilla actual se construyó sobre las ruinas del antiguo templo de la época colonial.


"Al llevarse a la práctica la política de los reyes españoles sobre la "congregación”de los pueblos indígenas, consta que para principios de 1566, tanto Caxitlán, como Santiago Tecomán, estaban ya sujetos a san José Tecolapan.


Al venir a la zona el obispo Alonso de Morales, crea la parroquia de san José Tecolapa ( la cual comienza a ser beneficio eclesiástico en enero de 1576 ). A ella pertenecerán en lo sucesivo los pueblos de San Francisco Caxitlán y Santiago Tecomán.


En el retorno de los principales pueblos indígenas anteriormente congregados en Tecolapa, se produce el despoblamiento de este lugar. Eso sucedió hacia 1620.


En esta etapa San Francisco de Caxitlán y Santiago Tecomán quedan convertidos en “Pueblo Visita “como los otros 35 pueblos indígenas que formaban la parroquia de San José Tecolapan.


El obispo de Valladolid Michoacán ordena pase el curato a San Francisco de Caxitlán. Así este pueblo se convierte en cabecera del partido de Tecolapan.


En el cerro de Tecolapa, también llamado de El Alcomún, en el inicio de cuyas faldas está situado el poblado, existe por su lado poniente, un lugar llamado Tepehuacán, donde se encontraba un chical y que según la tradición verbal heredada, en la antigüedad, cuando era congregación de indios, uno de sus caciques vendió ese terreno que pertenecía a Tecolapa.


En esa época, los límites del reinado indígena estaban dados por una línea trazada de Tepehuacán al río Armería, que señalaba los linderos del dominio.


Son pocas las noticias que se tienen del lugar en el siglo XIX, con posterioridad a la Independencia de México.


Antes de 1890, perteneció a don J. Luz García y a partir de entonces, a don Isidoro Barreto. Al fallecer don Isidoro en los primeros años del presente siglo, pasó a ser propiedad de sus hijos Nicasio, Catalina, María, Clotilde, Daniel, Carlos, Isidro, José, Carmen y Josefina Barreto Saucedo.


La finca de la hacienda, que todavía existe, ahora en poder de ejidatarios, es una construcción de madera y techo de teja de barro, con un gran corredor hacia el lado sur, estando situada en un lugar alto, en las estribaciones del cerro Tecolapa o de El Alcomún.


En Tecolapa no ha existido ninguna corriente fluvial cercana ni nunca se extrajo en la antigüedad agua del subsuelo, pese a los repetidos intentos de obtenerla haciendo grandes excavaciones.


Cuando don Isidoro Barreto fue su propietario, se tuvo conocimiento que hizo dos intentos y fracasó en ambos. En el que más esfuerzos costó, se hizo una muy profunda excavación, en la parte baja, en un terreno que estaba situado al oriente de donde pasa la actual carretera, que según contaban las personas que lo presenciaron, llegó a tener una profundidad de “ocho sogas de persogar añadidas “que tenían una longitud aproximada de cinco metros cada soga, cuando se encontró una gran roca que impidió seguir excavando. Ya se tenían hechas las pilas para recibir el agua.


En otra ocasión se escarbó en terrenos más cercanos a la finca y también los sacrificios fueron infructuosos.


En la década de los años treintas, Damacio Aparicio, uno de los fundadores del ejido, hizo una excavación de considerable profundidad en un terreno situado al noreste de donde actualmente es el jardín de la población, y no encontró agua. Solamente se halló alejado de la superficie, un enorme hueso que se pensó perteneció a un animal prehistórico.


Estas circunstancias obligaron a que durante toda la vida de Tecolapa, se cubrieran sus necesidades de agua utilizando varios pequeños manantiales que existen en las partes altas, en las faldas del cerro de El Alcomún, de los cuales se ha traído el vital líquido.


Esos manantiales son cuatro, a saber:


El de mayor caudal que ha existido en todas las épocas, situado al noroeste del poblado y del cual se traía mediante un acueducto, del que aún persiste una arquería de grandes ladrillos y que constituía la principal fuente de aprovisionamiento para uso doméstico, almacenándose los excedentes en un gran tanque y que eran aprovechados para irrigar un terreno ubicado inmediatamente al sur de ese depósito, donde a principios del presente siglo había una huerta con palmas, mangos, aguacates, naranjos, limones y almendros.


Hubo un tiempo en que disminuyó considerablemente el rendimiento de este venero, pero en la temporada de lluvias siguiente a los terremotos de junio 1932, aumentó de tal manera su caudal, que además de cubrir las necesidades de la pequeña población y de irrigar la huerta de la que hablamos, había demasías que formaban un cristalino arroyo que corría hasta donde actualmente se encuentra una tamarindera, cercana a la fracasada planta productora de cal que Petróleos Mexicanos obsequio al Ejido Tecolapa.


Posteriormente, al disminuir el caudal, se dejó de llenar ese tanque y se desvió hacia una pila alargada que en la actualidad la usan las mujeres del lugar para lavar la ropa.


Hay otro ojo de agua, al que se conoce con el nombre de Tío Arroyo, situado a corta distancia del anterior, hacia el poniente, que proporciona un volumen reducido y que se utiliza para el ganado.


Uno más, llamado de La Gloria, con el que se llena una atarjea que se usa como abrevadero.


El manantial de Agua Escondida está al norte de La Gloria y su venero brota de las rocas. Su caudal ha sido considerable y en algunas épocas ha sido usado para abastecer a la población.


En el cerro de San Miguel o Tototlán, cuyo extremo norte está situado frente a Tecolapa, han existido dos pequeños manantiales que desde la antigüedad han sido utilizados para dar a beber al ganado. Uno es el llamado ojo de agua de El Zapote y otro, situado al sur, que se ha conocido con el nombre de Tototlán, que le ha dado el nombre al cerro.


Esta particularidad apuntada, ha hecho que a través de su historia, la Hacienda de Tecolapa, a pesar de contar con extensos terrenos, no tuviera un desarrollo agrícola y ganadero importante como otras de las grandes haciendas del municipio que disponían de agua.


En el cerro de San Miguel hay una eminencia rocosa descubierta, llamada Las Peñas Coloradas, que antiguamente marcaba las colindancias de las Haciendas de Tecolapa y Caleras.


La superficie territorial de la Hacienda de Tecolapa era muy amplia. Se extendía desde la Salada, con pertenencia de las laderas de los cerros cercanos que daban a la cañada, pasando por enfrente de la finca de la hacienda, continuaba hacia el sur lindando con tierras de la Hacienda de Caleras, comprendía todas las tierras situadas al lado poniente del cerro San Miguel, hasta las cercanías del poblado de Tecomán por los lados norte y oriente.


Pertenecieron a la Hacienda de Tecolapa en la antigüedad, los terrenos de El Chaguil, La Cuarta, La Quinta, San Miguel y San Isidro, siendo la superficie total de la propiedad de cinco mil quinientas hectáreas.


Estos predios cercanos a Tecomán, fueron administrados por Don Prisciliano Zepeda, quien vivía en este último lugar.


La familia Barreto, que durante toda la primera mitad del presente siglo fue su propietaria, residía en Colima y la mayor parte de esas tierras las otorgaba en arrendamiento.


En terrenos inmediatos al casco de la hacienda, se fue formando un poblado por muchas personas que se avecindaron y que rentaban pequeñas fracciones de tierras que cultivaban durante el temporal de lluvias, sin que se les hiciera ningún cobro por el piso de sus viviendas.


En el año de 1934, los habitantes del lugar que habían trabajado tierras de la hacienda en arrendamiento, hicieron solicitud ante las autoridades agrarias para formar un ejido. En 1936, se le dio posesión provisional al que se llamó Ejido Tecolapa y en 1938, se expidió resolución presidencial legalizando su dotación, pero quedando la finca de la hacienda y los terrenos de donde está asentado el poblado, en propiedad de la familia Barreto Saucedo.


Al surgir el ejido y la posibilidad de afectación de otras de sus tierras, la familia Barreto vendió los predios cercanos a Tecomán.


En 1955, se formó el Ejido La Salada, que afectó excedentes del reparto anterior.


En 1964, por convenio establecido con sus hermanos Daniel y Ma. del Carmen, queda como único propietario de la Hacienda de Tecolapa el Sr. José I. Barreto Saucedo.


En 1966, al fallecer el Sr. José I. Barreto, hereda su propiedad a sus hijas Ma. Guadalupe y Ma. del Carmen Barreto Ochoa, designando como albacea a la Srita. Ma. Guadalupe.


En octubre de 1966, se da posesión a un nuevo Ejido, el denominado N. C. E. P. “Año del Presidente Carranza”, que se apoderó de la finca de la hacienda y terrenos en donde se encuentra establecida la población, no obstante no haber sido afectados y a pesar de que con apego a la ley, la Srita. Ma. Guadalupe Barreto Ochoa había realizado la venta de esos terrenos al Ayuntamiento de Tecomán, para que se dotara al poblado de fundo legal.


Tecolapa, con antecedentes históricos tan lejanos, es en la actualidad un pintoresco rincón de la geografía colimense, cuyas tierras en épocas remotas, fueron lamidas por la espuma del incesante movimiento de las mareas.


Cobijado en la inmensidad azul que cruzan las golondrinas y custodiado por miles de verdes centinelas de tronco rugoso y rumorosas frondas coronadas por un albo manto de conglomeradas inflorescencias, que por la noche refulgen con brillo de luna y al despuntar la aurora al ser acariciadas por los tenues vientos contra alisios, parecen llorar en una oración sin palabras, cuando sus marchitos pétalos se desgajan formando un tapiz en el arcilloso suelo.


Es la puerta del verde valle, por donde primero llegan los augurios del tiempo benigno, que la costa entera ansiosa espera.


Es el lugar donde en sus quietas noches, resuenan las pisadas de los evangelizadores que con amor y caridad conquistaron a sus primitivos pobladores.


Es la risueña visión que a nuestro raudo paso por sus contornos, nos muestra simbólicamente la cercanía de la blanca navidad y cuyas pinceladas son un hermoso himno a la alegría de vivir. Es el edén de los solocoáhuiles.

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