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Un fierro pa" el eclis Editar

Archivo:Un Fierro Pa' El Eclis1.jpg

- Buenos días, Don Ramón. - Buenos días. - Vengo a ver si le interesan estas piedritas. - Enséñamelas. - Aquí están. - ¿Cuánto quieres por ellas?. - Se las quiero dar a cambio. - ¿Qué necesitas?. - Tengo ganas de colgarme un fierro pa' el eclis. - ¿Cómo te llamas?. .- Pedro Lorenzo. - ¿De dónde vienes?. - De Pómaro. - ¿Nomás esta bolsita traes?. - Sí. - Déjame buscarte uno.

- Mira aquí tengo esta fusca casi nueva, es de ci-lindro, de nueve tiros, calibre 22. Ve nomás las rayas del cañón. Enterita, flamante, está precio-sa. Fíjate cómo le relumbra el pavón. Como ves, tiene las cachas de cuerno de venado. Además te regalo una caja de parque si te la llevas. - Oiga ¿Y no tiene una de esas que sólo le caben seis tiros en la mazorca, más rollizos?. - Te la puedo conseguir, pero esa te cuesta el do-ble de piedritas. - Bueno, me llevo ésta. - Juan, anda a la casa y trae una caja de tiros 22, es de color amarillo y está junto de otras en el pri-mer entrepaño del armario que está cerca de la petaquilla. ¡Vuélale!. - Siéntate Pedro, ahorita vuelve el muchacho. - Oiga Don Ramón, hablando de otra cosa, me die-ron de encargo que vendiera estos dos cueros de mojocuán, ¿me los compra?. - No, eso te lo compra aquí casi enfrente, Jesús Cabezud, en la casa pintada de azul. - ¿Encontraste el parque, Juan?. - Sí, aquí está. - Aquí tienes tu pistola, aquí está tu parque, es del más fino, Super X. Los tiros que te vayan so-

brando los sacas a asolear cada 15 días, para com-batir la humedad. 

- Juan, dale a Pedro un bote de bolas de dulce para que le quite lo amargo al café. - Adiós, Don Ramón. 

- Adiós. 

- Pasaron ocho días y Pedro volvió a la tienda de Don Ramón. 

- Oiga señor, este fierro no me sirve. - No puede ser, yo tenía bien calada esa pistola. Quemaba bien los tiros. - De quemarlos, sí los quema, pero no me sirve. - ¿Traes algunos casquillos?. - Sí, aquí traigo unos. - Muéstramelos. - Aquí los tiene. - Pero si los pica en el mero centro, tiene que es-tar bien esa arma. ¿Por qué no te sirve?. Ya días andaba dándome guerra un puerco Bañero que se mete a mi labor y antier, cuando llegué a la milpa, el animal estaba doblando ca-ñas y tragándose los elotes. Lo alcancé a agarrar cortito y le quemé varios tiros. Estoy seguro que no le jerré, cuando menos le metí dos, pero el puer- co nomás se frunció, bufó, arrancó carrera y no lo hallé. Yo lo que quería era que al prendión, para-ra las patas el camichín. - Bueno, entonces la que tu ocupas es la 38 de ca-ñón largo que te dije. Te la cambio, pero te adver-tí que te costaba más piedritas. - Aquí traigo otra bolsita igual a la que le di. - La pistola que te ofrecí ya se la llevaron. Aquí tengo una igual a aquella, pero nuevecita, que te cuesta tres bolsitas de piedras relumbrosas. Con dos bolsitas te pones a mano. - No traigo más que una. - Bueno te la puedo dar por una más, si me dices donde te encuentras esas piedras alazanas. - Me las hallé en un río. - Pero, ¿dónde está ese río?. - No, mejor me devuelvo y cuando tenga más pie-dras vengo por el cuete de tiros más gruesos.