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Un marrano bilioso Editar

Archivo:El Marrano Bilioso.jpg

Eran los tiempos en que Manuel Muñoz fue presi-dente municipal de Tecomán. Don Federico Moctezuma, vivía en el costado sur del jardín principal en la esquina opuesta al tem-plo de Santo Santiago. Doña Chabela era su es-posa. Ellos tenían una zahúrda en el corral de su casa. Cheto Alemán era mozo de Don Federico. 

La gente se quejó de que en el jardín soplaban vientos pestilentes. Manuel Muñoz ordenó que se enviara un citatorio al propietario de la zahúrda para que se presentara en la presidencia. Fue un policía y se topó con Cheto Alemán . 

- ¿Está Don Federico Moctezuma?. 

- No, no está, se encuentra en Colima. - ¿Está su señora?. - Sí está, déjeme avisarle. Cheto entró a la casa y le dijo a Doña Chabela: - Un policía busca a Don Federico. Yo le dije que no está. Quiere que usted salga. - Dígale que ahorita salgo.

- Ya viene Doña Chabela. - Buenos días señora, busco a Don Federico. - El no está se encuentra enfermo en Colima. - El presidente le manda este citatorio para que se presente en sus oficinas el día de hoy en la mañana. Si él no está, que vaya usted. - Yo creo que la señora no va porque ella no sabe de los asuntos de Don Federico, repuso Cheto. - A usted no le estoy tomando opinión, que ella resuelva. - Bueno, a ver que hacemos. 

- Adiós. - Adiós. - Cuando el policía se retiró, Doña Chabela habló con Don Federico, que se encontraba en el inte-rior de la casa y él le dijo: - Dile a Cheto que vaya en mi lugar, que le infor-men que quieren. Con toda seguridad se va a tra-tar del asunto de los puercos, que si apestan, que si no los aguanta la gente, que si esto, que si lo otro... Se dirigió Cheto a la presidencia y se encontró al presidente muy enojado. 

- ¿Usted es Federico Moctezuma?, le dijo hablan-do en voz muy alta. - No señor, yo me llamo Aniceto Alemán y soy su mozo. 

- Al que necesitamos es a Federico Moctezuma, no a usted. Dígale a ese señor que se presente en este lugar, que hay muchas quejas de sus cerdos. - Pues sólo que lo traiga con todo y cama de don-de está, porque está enfermo y no se encuentra en el pueblo.  

- Si no viene él, que venga su señora. Cheto informó a su patrón de lo ocurrido y le con-tó que la gente se quejaba de que cuando iba a tratar de disfrutar de las brisas del jardín, llega-ba un vientecito hediondo a mortura. Al día siguiente volvió el policía con el citatorio. Ya Cheto había barrido y regado la calle, ya ha-bía aseado las porquerizas. El policía se dirigió a Cheto, pero al preguntarle por Don Federico, al-canzó a ver a éste dentro de la casa y le habló. - Aquí le traigo un citatorio para que se presente hoy en la presidencia. Hay una queja de que us-ted vendió un puerco que tenía pipitilla y Don Manuel el presidente quiere que usted comparez-ca.

- Tanto como admitir que aquí vendimos el puer-co, no lo puedo hacer; puede ser que así sea, no lo sé, pero hay más tiempo que vida. Dile al presi-dente que allá voy. Mesándose la barba, Don Federico volteó y vio a Cheto y le dijo: - Vas a ir otra vez y le vas a decir que me volví a enfermar. iPero Don Federico, el presidente se pone furio-so, lo hubiera visto ayer, ya me pateabal. - No le hace, tu vas y me cuentas enseguida cuál es el argüende. De por sí no me ha gustado andar en mitotes de juzgados y con esas exigencias, me-nos. 

- Ultimadamente, anda y dile al presidente que le diga al que se quejó de que me compró un puerco con pipitilla, que venga y escoja el que le guste, se lo das para reponer el otro y así me los quito de encima. Y soltó la carcajada. Cheto fue y habló con el presidente y el quejoso: - Dice el patrón que lo dispense, que tuvo una re-caída y no pudo asistir. Mandó decir que el puer-co no tenía pipitilla, que lo que sucedió es que era muy corajudo, que se vivía todo el día trompeando a los demás y que si no había maíz, bufaba y ron-caba queriendo comer a todas horas y nunca se rodaba harto como los otros, que por eso se le han 

de haber formado tumores, por la bilis que hacía. Que esa fue la causa por la que lo vendió. Lo en-fadó de tanta lata que le daba, pero que está dis-puesto a darle al que se quejó, un marrano del mismo pelo que el que se llevó, que él lo escoja para reponérselo, pero eso sí: que si sale igual al otro, ai muere. Cheto llevó al comprador del cerdo que dizque resultó con pipitilla. Fueron al corral y don Fede-rico desde una hamaca en el corredor, le dijo: - Escoge uno, el que veas más tranquilo, para que no vaya a salir con tumores como el que te llevas-te y ai te encargo, cuando hagas los chicharro-nes, los cachetes y la panza para regalárselos al presidente. - Y tú Cheto, anda a echar un ojo, si lo matan hoy, para que te cerciores cuando lo destacen, de que no tenga tumores y cuando lo echen al cazo, que te den los cachetes y la panza y se los llevas a Don Manuel para que se calme. Cheto fue a presenciar cuando sacrificaron al cer-do por la tarde y vio que no tenía pipitilla. Volvió otro día por la mañana, recogió los chicha-rrones y se los llevó al presidente junto con una botella de tuxca. 

Ese día todos los empleados de la alcaldía hicie-ron las once y así logró Don Federico retardar los citatorios que le enviaban a causa de su porque-riza.

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