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Un repique a deshoras Editar

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iQué calientitas se ponen las majadas de las va-cas en las madrugadas de estos días de frío!. En el rancho hay un corral en donde ordeñamos, un chiquero para los becerros y atrás del corral, dando al potrero, allí duermen las vacas, pegaditas al corral. Yo soy becerrero. Muy de mañanita, cuando comienzan a cantar alegre los gallos, ya me están jalando los pies. - iÁndale Macedonio, ya es horal. Apenas siento y oigo. Pienso que estoy soñando. Sigo envuelto en mi poncho hasta la cabeza. 

- iMacedonio, ya es horal. Y otro jalón de pies. Entonces me siento, me estiro, me pongo los huaraches, me'paro. Siento que los tengo al revés y me siento otra vez a ponérmelos bien. Me pongo de pie de nuevo y me doy otra estirada, bostezo, me restriego los ojos, me pongo el gábán y me voy al corral. Pero siento que todavía voy dormido. Me dirijo primero a levantar a la vaca Cajeta. Hasta eso que es mi vaca consentida. Es casi, casi, igual que una mujer, porque siempre se hace del rogar, pero es mansita y manejable como ella sola. Tengo que hablarle de buen modo para que al fin me entienda. Llego y le platico: - Ándale chula, ven a ver a tu hijo, ya está impa-ciente. ¿No lo oyes bramar?. Oye cómo te llama. Anda corazón. Ella entorna los ojos, mueve las quijadas, pero sigue echada. -Anda monina, levántate, no seas mala con tu hijo. Ella da un pujido que apenitas la oigo, sigue rumiando y continúa echada. Entonces con una vara que llevo en la mano, le doy un varazo en el lomo y de mala gana se levanta, se sacude con la cola, y la encamino al corral. Como todavía tengo sueño, arriendo a donde la Cajeta estaba echada, siento muy calientita la majada, el estiércol sequesito y bien remolidito. Me acurruco, me tapo con mi gabán y cuando me estoy quedando dormido, llega el ordeñador voci-ferando, me bulle y pajueleándome con un pial, me dice: 

- iYa de a tiro te luces tú Macedonio, levántate a echar el becerro de la Cajetal. Suelto el becerro y me voy a buscar a la vaca Cor-bata. Ésta no es tan mansita como la Cajeta, es retobada. Le hablo de lejos: 

- Corbata, Corbata. 

Para que es más que la verdad, es más volunta-riosa que la otra porque luego, luego, se levanta. Me da envidia lo calientito de la majada, pero si me vuelvo a arrejolar entre las vacas, cuenten con que no dilata en venir otra vez el ordeñador con el pial en la mano. Mejor me voy arreando a la Corbata y luego voy a soltar su becerra, y así sigo dando más vueltas que un malacate. Conforme se les va ordeñando, les voy echando su alimento en los comederos a las vacas. Ya que están contentas, atendidas de todo a todo y cuan-do ya dan pujidos de satisfacción, las echo afuera del corral. 

- A esa vaca de llaves levantadas no te le arrimes, porque es más maldita que las otras- , me dice el ordeñador. 

- No te le acerques por atrás a la barcina porque patea. 

- Macedonio, no dejes ir al becerro de la Guaca porque está engusanado y hay que curarlo. - Hay que ponerle un rifle en el pescuezo a la vaca Mariposa, que es más liviana que un venado y no respeta ningún cercado. Se nos va llenando de luz el corral. Apagamos los mecheros de petróleo. Se juntan los botes de le-che. Se apartan los tarros. Se recogen los piales. Se ordenan los comederos.

Ellos se llevan la leche para el pueblo y yo me que-do en el rancho. Ya no me voy a acostar en las majadas. Me voy a mi cama a completar mi sue-ño.